Los gozos y las sobras: noticias absurdas

Mayo 23, 2009

Noticias raras, noticias curiosas, noticias inverosímiles. El blog del doble de Arnold Schwarzenegger, con las cosas más raras que pasan, todo en español. Se llama Los gozos y las sobras.


El terror inerte y el terror animado

Marzo 28, 2009

JON BILBAO, Como una historia de terror, Ed. Salto de Página, 248 páginas

Sobre Jon Bilbao ya escribió Álex García Ingrisano aquí una extensa y elogiosa crítica acerca de su novela El hermano de las moscas, de manera que este segundo libro, “Como una historia de terror”, publicado poco después del primero bajo el mismo sello editorial, necesitará poca referencia a la indiscutible genialidad el autor asturiano para contagiar al lector de una inquietud creciente y desoladora.

Lo que me anima a dar pábulo a su libro de relatos es que en esta ocasión, Jon Bilbao se ha concentrado, más si cabe que en su novela, en utilizar la narración como arma psicológica. En estos momentos, la literatura española tiene abierta todavía la brecha entre los narradores descendientes del rancio realismo de mitad del siglo XX, heredado a su vez de los avergonzados maestros del XIX, y los que tras los pasos de Vila-Matas se lanzaron a la nueva novela de ideas, donde el narrador es una voz pensante desinteresada en gran medida de la anécdota o el detalle. Tras Vila-Matas la literatura llamada posmoderna ha revitalizado el panorama, con autores como Alberto Olmos a la cabeza de la renovación.

Pero ha habido que esperar a Jon Bilbao para que la narrativa pura tuviera verdadero lustre, a no ser que algún rapaz se me haya escapado por completo todo este tiempo.

La narrativa de Bilbao es meticulosa, fría, casi cinematográfica. El estilo es tentador y ha llevado a multitud de autores anteriores a la mediocridad de historias con cierta gracia que llegan al lector encerradas en voces salidas de la factoría Carver. Una larga lista de aspirantes a los que en opinión de este crítico ha arrebatado el puesto el autor en que nos centramos hoy.

La colección está compuesta por ocho relatos de los que sólo extirparía quirúrgicamente el primero: Prolegómenos. Jon Bilbao es tan violento a la hora de introducir de un jeringuillazo el terror psicológico que conduce al centro oscuro de sus narraciones, que la mera presencia de un prolegómeno resulta inoportuna. Sin embargo, el primer relato, más alejado de la literatura que los siguientes, no es malo. Contiene suficiente materia invisible como para seguir leyendo. Dos ciegos homosexuales, las muñecas de uno adornadas con el sarcoma de Kaposi, cenan en el mismo restaurante que una pareja que viene de adquirir un juguete sexual tan misterioso como un antiguo mecanismo de tortura. Así es la literatura de Jon Bilbao.

Podría ponerme referencial y traer al estrado a David Lynch, con cuya cinematografía seguramente resulte exagerado comparar al autor, pero que explota exactamente la misma inquietud inerte en que Bilbao ha encontrado su rasgo diferencial. En el capítulo primero de Twin Peaks, cuando el agente visita la comisaría del pueblo, una cabeza de ciervo disecado está, por alguna razón patética, puesta encima de la mesa de interrogatorios.

Las apariciones animales en los relatos herméticos de “Como una historia de terror” son constantes. Un coche abandonado en medio del desierto, un turista que se acerca y un mexicano que le advierte de que el vehículo está lleno de tarántulas. Jon Bilbao emplea sin piedad la amenaza de criaturas cuya voluntad es permanentemente ajena al personaje. Arañas, ardillas u hombres, presencias que hacen totalmente imposible el curso normal de los acontecimientos.

El suspense de sus narraciones me inhibe por completo de comentar cualquiera de los relatos. Basta estudiar su influjo, Bilbao no es un escritor de estrategias sino de armas, nada que ver, por ejemplo, con la amenaza del “Nadie se va a reír” de Kundera, donde los actos crean el cerco. En estos relatos el cerco se genera siempre desde dentro. Los recursos narrativos de estructura al estilo de las novelas de detectives son aquí la herramienta para concluir historias, mientras la sensación desoladora sigue creciendo encripatada en los detalles.

El segundo libro de este autor confirma la opinión de que también para la narración pura hay nuevas voces. La originalidad vistosa y las conclusiones elaboradas del otro lado del ring pueden descansar los puños: Jon Bilbao nos da una buena razón para pasar una tarde entera encerrados en su prisión psicológica de alta seguridad.


Escribir por escribir

Enero 18, 2009

La novela luminosa, de Mario Levrero. Editorial Mondadori, 2008. 550 páginas

Algo extraño pasa cuando nos importa más lo que le pasa a un escritor que la luz que pueda arrojar sobre las tinieblas del pensamiento. Pero el caso es que está pasando.

Mario Levrero recibió una beca de la Fundación Guggenheim para dedicarse a un proyecto en el que ya había fracasado veinte años antes: la escritura de La novela luminosa. Alberto Olmos me regaló el libro y tenerlo entre las manos me produjo pereza: seiscientas páginas con una contraportada donde el editor dice que Levero, finalmente, fracasó de nuevo en su proyecto. La novela luminosa es, tal como llega al lector, el diario de un año en la vida del escritor que intenta escribir y no puede. Seiscientas páginas de narración sobre las cosas mínimas del día. Levantarse pasado el medio día, jugar al ordenador, crear programitas para Windows, observar los ritos funerarios de las palomas en torno a una compañera muerta en la azotea de enfrente, quejas sobre la mala salud, la abulia, el fracaso amoroso con una mujer oculta bajo el apodo Chl.

El libro estuvo esperando, me hubiera gustado regalárselo a alguien que fuera a viajar a Montevideo pronto, quitármelo de encima. Pero antes decidí hojearlo un poco, ver, al menos, el estilo. Y La novela luminosa está en la estantería, leída y anotada. Y es un libro que arroja verdadera luz sobre el lector.

Es un libro mucho más que interesante: no hay datos de interés en ninguna de sus páginas. Mario Levrero no quería escribir, pero se obligó a sí mismo a hacerlo cada día. Escribir, aunque fuera, “no me apetece escribir hoy”. Y lo hace. Generalmente cuenta mucho más: he fregado los platos, he leído dos novelas policiales de la colección Rastros, he llamado a los técnicos para que me instalen calefacción. Lo que cuenta uno mismo de su vida y lo que, después de leer su versión, tiene que creer el lector. Se diría que en la autobiografía es donde está el narrador menos creíble, seguida de las cartas y los diarios si otra verdad que no sea la que le importa a quien la escribe tuviera la más mínima importancia. Porque sabemos, deducimos, que Mario Levrero no era un seductor, pero seguimos con pasión su historia con Chl. Y sabemos que Mario Levrero era un gran escritor, pero nos preocupamos por la marcha fracasada de su escritura. Y de su atención constante a sus pequeños achaques, arrancamos la información de que Mario Levrero es un hipocondríaco, pero le quedaban sólo dos o tres años de vida.

La novela luminosa llega al final de un diario que ocupa cuatro quintas partes del libro. Y la novela luminosa no es más que un nuevo ángulo en la sempiterna oscuridad del escritor. Mario Levrero debía ser un hombre simpático. Habla de los alumnos de su curso de escritura con devoción, y lee humildemente a Rosa Chacel y un millón de autores policiales totalmente olvidados. En su autocompasión no hay patetismo.

Tampoco es lo que hace Enrique Vila-Matas en Dietario voluble. El intento de Levrero no pretende enseñar nada a nadie, ni siquiera dejar grabado en el tronco de su bibliografía el testimonio de su aprendizaje.

Es momento de reivindicar como género de escritura escribir sobre la ausencia de la palabra. Pocas veces se atrevería un autor a dar al editor un texto como éste. Las pequeñas cosas de la vida de alguien no interesan a nadie, porque Levrero no sube a una montaña ni prende fuego a una aldea, ni lanza, como Barón Biza, ácido en la cara de su mujer. Sin embargo leer el paso de las horas de un escritor acerca a la escritura.

El mismo Alberto Olmos está siguiendo esta senda, por fin algo nuevo en la literatura del siglo. En su blog Hikikomori sus lectores pueden acompañarlo todos los días en la escritura de su sexta novela. Y como Levrero, habla más de lo que no es la escritura que de la escritura misma, porque como Nietzsche supo, siendo precursor, en Mi hermana y yo, la escritura es lo contrario que la vida. Y la escritura de la vida luchando contra la escritura es, quizás, el camino al que llevaban los desnortados últimos pasos de la tradición y el canon. Mi hermana y yo es la lucha del silencio contra la palabra y La novela luminosa es la batalla entre la pereza y el trabajo de escribir.

Escribir no es bonito, no es un placer. Quizás sí lo es la actividad, porque cuando Levrero consigue escribir sus tormentos cotidianos deja de ser el Levrero que los sufría. Pero ponerse, ponerse a escribir es lo duro.

La novela luminosa es la novela que Mario Levrero se puso a escribir. No es fácil dar con un libro tan espontáneo, claro y luminoso como éste.


Antiabortistas

Noviembre 9, 2008

Una carta que me sacaron en El País (las cartas al país, un vicio sano)

“Llamar a los fundamentalistas religiosos que se niegan violentamente a que las mujeres tengan la posibilidad de abortar “grupos pro vida” es un error semántico y político. Los grupos antiabortistas se hacen llamar “pro vida” porque defienden la idea de que las mujeres que deciden el aborto y los médicos que lo llevan a cabo son homicidas, y se ensalzan como salvadores de futuras vidas.

Sin embargo, si se les llama antiabortistas no se les ofende, porque están en contra del aborto, y se dice la verdad: que son personas en contra de que otras actúen, en uno de los momentos más íntimos y dolorosos de su vida, según su sentido común. A personas empeñadas en interferir con la vida de mujeres que no conocen es mejor no elevarles la categoría con un nombre que no les corresponde.”


Lección de buen ingenio

Noviembre 1, 2008

Abadía Pesadilla, de Thomas Love Peacock. Traducción y notas de María Cuenca Ramón. Editorial El Olivo Azul, 2008. 145 páginas

Abadía Pesadilla, de Thomas Love Peacock, pertenece a un tipo de novela al que estamos poco acostumbrados, o al que más bien nos tienen poco acostumbrados los últimos cincuenta años de la literatura española: la sátira. Empecemos por el autor, sigamos con la novela y terminemos en el lodazal de siempre: nuestra incurable visión de la cultura.

Thomas Love Peacock fue un escritor de segunda fila coetáneo y amigo de Wordsworth, Shelley y Byron, es decir, un romántico inglés. Fue, como todo inglés, muy analítico, y como todo romántico muy sentencioso, y a él debemos un ensayo capital llamado “Las cuatro edades de la poesía”. Y pese a esas dos características, sorprenderá al pagano que el autor goce de un humor bastante sano. Que no sea lúgubre ni trágico, sino risueño como una calavera.

Abadía Pesadilla es su novela más conocida, incluso aquí, en la que aparecen caricaturizados (o eso nos dicen sus editores). Todo británico romántico pretendía poner acertijos al lector, y para acabar con ellos los editores llenaron sus libros de notas al pie explicando dónde podíamos encontrar sus referencias a Rey Lear de Shakespeare o a la omnipresente Biblia. Omnipresente en las notas al pie más que en las obras, me temo. Love Peacock pone los suyos tanto en la literatura inglesa (una larguísima ristra de poetas, algunos de ellos olvidados, llenan las notas al pie que cuelgan de las brillantes bromas de la novela) como en su propia vida. Porque Abadía Pesadilla es una fiesta de disfraces a la que todos sus amigos estuvieron invitados, y donde todos lo pasaron bastante bien.

La novela está escrita con un estilo irónico totalmente recrudecido, y el tratamiento de los personajes y los elementos de la abadía es implacable. En las manos de Peacock, el carácter oscuro y triste de los personajes oscuros y tristes se convierte en un agudo patetismo, y el de los personajes académicos o sabihondos queda reducido en masacre a la pedantería. Respecto a los personajes femeninos hay que repetir que Love Peacock era inglés y romántico, y que Abadía Pesadilla es una novela satírica.

Había prometido hablar de la novela antes de pasar al siguiente tema que puede y debe abarcar esta crítica. Veamos: En una destartalada abadía situada en el bucólico paisaje de un pantano hediondo y embarrado, vive un padre y un hijo. Vienen invitados y conviven con ellos y los sirvientes. Todos los personajes tienen nombres como Señor Ceñudo, Lugubrino (su hijo), Languídez, a excepción del antipático Hilarántez y el algo debussiano Señor Asterias, oceanógrafo que pronuncia hermosos parlamentos sobre sirenas, a las que ve en cualquier camino peatonal.

Abadía Pesadilla es un mundo quijotesco encerrado en un castillo decrépito, hay elementos de novela de enredo y un bienintencionado juego de caricaturas, favores y venganzas del escritor. Es una novela escrita para divertirse y divertir, y no tanto para hacer rabiar como haría Rabelais o Aristófanes, a los que acertadamente cita la contraportada de la edición Olivo Azul. Digamos que Love Peacock sería Aristófanes si éste no hubiera tenido que aguantar el fenómeno Sócrates.

Es imposible dejar de pensar en el romanticismo español cuando uno lee una caricatura tan simpática de las oscuridades, desvelos y spleen del romanticismo inglés, escrita por un romántico. Nuestro vicio por la broma lo abanderó (dicen) en el romanticismo fernandino el pobre Larra, que tuvo que vivir y morir en un país demasiado horrible para dedicarse a la queja graciosa al cien por cien. Encima era periodista, y Larra, quien parió algunos de los textos satíricos más brillantes del periodismo, quedaba un poco en luz de gas. Sería injusto decir que en España no ha habido satíricos mayores (y a la inglesa) durante el aburrido romanticismo patrio, pero lo contrario requeriría haber leído a Primo F. Martínez de Ballesteros, quien escribió en Logroño las “Memorias de la insignie Academia Asnal”. Habiéndolo hecho, Love Peacock es alguien a quien nuestras letras no tienen mucho que envidiar. El problema es que para la cultura española el romanticismo sigue siendo Bécquer.

Vamos a lo interesante de Abadía Pesadilla y del desconocimiento de la obra de Martínez de Ballesteros por parte de nuestra Academia Asnal, es decir, la facción de nuestra cultura que pretende ingresar a golpe de presuntuosidad en la Real Academia, escribiendo en El Mundo o El País, etc…

Vivimos en un país de cachondos mentales. Cualquier Manolo en cualquier Bar de Manolo de nuestra geografía puede darle a Eduardo Mendoza una lección sobre lo que requiere hacer reír a un lector inteligente. Desde lo chabacano a lo exquisito, vivimos en un país en que, como dice Arguiñano, hay que aprender a hacer reír antes que a cocinar. El humor es uno de nuestros puntos fuertes, y relegamos la tierra de Machado al papel de Rigoletto.

Problema: España, con su extraña atracción inmemorial por la chabacanería, identifica el humor con los instintos bajos, y lo relega al bar, a la televisión o a los tebeos de Ibáñez. No hemos entendido a Quevedo ni a Cervantes, ni siquiera a Camilo José Cela o la sombra saltarina con la que pasó por el Umbral del Nobel, porque en España reír es gratis y la cultura es carísima.

Desde Quevedo nuestra literatura sarcástica es humorística. A los escritores que nos nos han hecho reír desde la narrativa en todo este tiempo los desacreditamos frente a gente como Javier Marías. La narrativa es un buen sitio para el humor, y somos desagradecidos. A los que nos han hecho reír desde la poesía, como el difundo Ángel González, les atribuimos un halo de sabinismo o cretinismo que los invalida como artistas. La poesía es terreno para la chanza y el chiste, donde el humor es algo más difícil de lo que parece. A los dramaturgos que nos han hecho reír, tenemos que acusarlos públicamente de haber inventado la teleserie y haber perdido el Nobel uno tras otro. El teatro es un caos.

España castiga al sentido del humor. No entendemos que no sirve para reír, que es una forma de ver las cosas a través del ingenio. Es peligroso el ingenio. Thomas Love Peacock convierte Abadía Pesadilla en un arma de ingenio, y nos deja una visión autocrítica del romanticismo. Lo que haría después con la caza de brujas John Kennedy Toole; lo que había hecho Voltaire con el optimismo de la Ilustración, lo hizo Thomas Love Peacock con el romanticismo.

Vale la pena leer su novela, y pensar después por qué razón la cultura, particularmente la nuestra, ha relegado a la risa al grupo de las cosas que no son serias. Y preguntarnos si Eduardo Mendoza sería capaz de hacer una caricatura así de sus propios amigos y la época en la que escriben sin que sonase a compadreo. Una caricatura de verdad.

Algunos fragmentos de Abadía Pesadilla:

“La fortuna de la dama había desaparecido el primer año; el amor, por razones lógicas, había desparecido el segundo; el propio irlandés, por razones más lógicas aún, había desaparecido el tercero.”

“El señor Ceñudo regresó de Londres tras haber perdido un juicio. La justicia estaba con él, pero la ley estaba en contra suya.”

“Cuando Lugubrino creció, su padre lo envió, como era costumbre, a una escuela pública donde le inculcaron de forma dolorosa unos cuantos conocimientos, y de ahí pasó a la universidad donde se los extrajeron cuidadosamente; y luego lo mandaron de vuelta a casa como una espiga de trigo bien trillada, sin nada en la cabeza, habiendo terminado su educación para gran satisfacción del maestro y de sus compañeros de universidad, que le habían entregado, en prueba de su aprobación, una paleta para el pescado de plata.”

“¿Y qué es el amor comparado con un molino?”

“Últimamente parece que lo que caracteriza a la conducta moderna son un aspecto lúgubre y una voz trágica.”


La muñeca que enseña a delinquir

Octubre 19, 2008

Un grupo de padres ingleses ha denunciado a una muñeca de Fisher Price porque entre los gimoteos y lloriqueos que hace, han entreoído la frase: “Islam Is The Light“. Esta muñeca tan fundamentalista pretendía destruir de una manera totalmente ladina la unidad británica induciendo el radicalismo islámico a las niñas, que a los once años ya llevarían velo y supongo que a los catorce tendrían una tupida barba negra.

Los de Fisher Price deben haberse quedado de plástico. Una cosa es que un niño se trague una pieza pequeña y acabe bajo tierra en una tumba pequeñita. A esas cosas, más o menos, puede acostumbrarse un fabricante de juguetes. Pero cuando la centralita Fisher Price, con sus teléfonos y operadoras de juguete, recogió de pronto este tipo de llamada, alguien debió pensar: joder, se están pasando los putos padres. Porque los fabricantes de juguetes y los padres, aunque parezca lo contrario, son enemigos.

Supongo que lo primero que harían los peritos Fisher Price fue poner a hablar a la muñeca para ver si de verdad proponía esa criaturita destruir con un avión el Big Ben. Islam is the light, Islam is the light. Me imagino a Bin Laden infiltrado en la cabina de grabación de los lloriqueos, poniendo voz infantil y gimoteando mensajes subliminales.

En fin. Fisher Price se defiende diciendo que el parecido de los gimoteos con las frases islámicas es puramente casual. Un rollo fonético.

Lo que demuestra esto es que nos vamos tener que joder con nuevas películas sobre el miedo a lo Bowling for Columbine.

Por cierto: En Almería, un grupo de padres ha denunciado a Famosa porque Guturina, su muñeca cagona, defecaba mierdas que les recordaban también a los moros de los invernaderos. Cuando los padres sienten amenazada la salud mental de sus hijos, reaccionan perdiendo apresuradamente la suya. Famosa se defiende diciendo que el parecido de esa mierda con los moros es puramente casual.

Fuente: El País


Censura a la ninfomanía

Octubre 16, 2008

Los responsables de la moral madrileña han impedido que se anuncie “Diario de una ninfómana”. En el cartel se ve el vientre, los muslos y las bragas de una mujer. Demos gracias al Señor (que corresponda). Las marquesinas nos hubieran distraído de las prostitutas muertas de frío que bordean la comisaría de calle Montera haciendo su trabajo de forma rayana a la esclavitud, sin regulación, seguro médico y ni siquiera protección de los polizontes que las miran de reojo. También hubieran molestado a la hora de ver el anuncio de un perfume en el que se ve a una mujer totalmente desnuda cubriéndose un pecho con la mano. El anuncio de un perfume es menos indecoroso que el de una película. ¿Será tan mala? No es lo que preocupa a las autoridades. Parece que la palabra “ninfómana” ha molestado especialmente a la Iglesia (Cadena COPE incluida), de la misma forma que les incomoda la palabra “pederastia”, “preservativo” o la obra “Me cago en Dios”, también proscrita en Madrid.

En fin, está visto que tapaba más que mostraba. Este provocativo anuncio me hubiera impedido ver también el grado de moral paleta de los responsables de esta censura, de manera que ¡gracias por abrirnos más los ojos!

Por si acaso, aquí tenéis el cartel:


Editoriales sin juicio

Octubre 7, 2008

ARTÍCULO DE “JUAN”, AUTOR DEL LECTOR MALHERIDO, SOBRE MARÍA FOLGUERA, LA LITERATURA JÓVEN Y LA ACTITUD CONSERVADORA DE LAS EDITORIALES, QUE HE TENIDO QUE PEGAR AQUÍ POR LO COJONUDO QUE ME PARECE.

Nobody can believe que me gusta esta novela.

todobody: sólo te quieres tirar a la autora.
juan: no no, ¿no te das cuenta de que ya no tiene 16 años? Qué poco me conocéis, joder.

16 años tenía María Folguera cuando escribió Sin juicio. 17 cuando le dieron el premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid. 19 cuando se publicó el libro y Care Santos le dijo que podría dar que hablar “si trabaja y sabe esperar“. 24 tiene ahora y seguramente todavía tiene que trabajar y saber esperar…

¿Saber esperar qué cojones tiene que esperar, joder? ¿El advenimiento de Cristo, la inspiración, el estilo, la madurez (¿la madurez de qué?), que en su DNI figure una edad que para una panda de soplapollas críticos sea equivalente a “solidez“? Aquí no trabaja ni Dios, y menos los críticos, ¿y por qué tiene que trabajar un escritor? Un escritor escribe lo primero que le sale de la polla y es genial y os jodéis y punto.

O no lo es y punto también.

Trabajar. Esperar. Qué estupidez.

Sin juicio. Sinopsis. Una panda de niñatos (pero de niñatos de darles dos hostias) en un pueblo manchego se dedican a lo que se dedican: a hacer el gilipollas. Tontean unos con otros, se enojan, se sienten incomprendidos, beben, fuman, se enrollan. Hacen juicios sobre asuntos tan sub iure como robo de bocadillos y juran decir la verdad, toda la verdad y solo la verdad sobre la revista Superpop. Olé.

Eso es todo, y olé.

Primero quiero decir una cosa. Nadie en toda la Historia de la Literatura (el trozo que yo conozco) ha escrito nunca con 16 años algo así. Desde ese imbécil punto de vista (edad del autor) Sin juicio es genial. Es, de hecho, increíble. El dominio de la narración, de la elipsis y, sobre todo, de los diálogos, resulta sobrecogedor.

Dos. Poniendo el índice sobre el año de nacimiento de la autora, Sin juicio sigue siendo, de lejos, mil veces mejor novela que cualquier cosa que ha publicado, no sé, la primera zorra que os venga a la cabeza.

Entre Menos que cero, de Bret Easton Ellis, y la narración pura de Jim Thompson, esta novela (que como somos como somos y la chica es española, os parecerá a todos los que la leais movidos por el innegable poder de seducción que tiene este blog desde que su genialidad ha sido reconocida por el periódico más rancio de España, una gilipolllez) viene a ser como el Historias del Kronen de la generación nacida en los años 80. O sea, es un libro importante.

Importante porque de la diarrea editorial con los nacidos en los 70, que publicaba cualquer gilipollas así fuera de Segovia o analfabeto o no supiera ni dónde quedaba la biblioteca de su puto barrio, hemos pasado a un conservadurismo despreciable y, así a ojo, no soy capaz de citar un solo autor nacido en los 80 que haya recibido el apoyo de ninguno de los sellos habitualmente más respetables. ¿Qué cojones hacéis que no publicáis más niños? ¿Dónde cojones tenéis puesta la puta cabeza, joder? Dadle un premiazo a un chaval de 22 años de una puta vez aunque su novela sea una mierda. ¿No veis que eso es lo que está esperando esta generación para explotaros en la cara?

Alucino con los idiotas que son los editores.

Lees Sin juicio y dices: es otra puta generación. Joder, juran sobre la Superpop, dicen cosas como “me voy a comer a todo el que pueda en las fiestas”, tienen en mente Titanic y La oreja de van Gogh… Son otra habitación de la gran casa de la vida y no les están dejando publicar como Dios manda. (La edición en Visor, perdóname Chus, es una puta mierda.)

María Folguera me parece la hostia.

By: Lector-Malherido


Enormes cuentos misóginos

Octubre 4, 2008
“Pequeños cuentos misóginos”, de Patricia Highsmith. Alfaguara, Madrid, 1983. Traducción de Maribel de Juan. 144 páginas.

Aunque este libro se editó en 1983, merece la pena que quede reseñado en El Crítico. Como no tengo internet ahora, antes de enviarlo a la revista consultaré si hay alguna edición más nueva y accesible. Si no, tendrás que buscar una biblioteca donde lo tengan.

¿Por qué una crítica sobre un libro editado hace tanto?, pregunta la pila de libros que amablemente nos envían las editoriales para que valoremos su tergiversación desde nuestra importancia capital en el panorama. ¿Por qué escribir sobre una autora como Patricia Highsmith?, pregunta algo ofendido Joseph Roth, cuya crítica debemos a la editorial Libros del Asteroide desde hace más de dos meses.

Porque éste es el mejor libro de relatos que este crítico ha leído en mucho tiempo.

Resulta que Patricia Highsmith publicó con unos sesenta años este manojo de odio. Ya era una vieja que vivía seguramente de las rentas de sus novelas negras y de los derechos de las películas de Hitchcock y Wim Wenders. Estaba amargada podando sus setos y debió mirarse al espejo con rabia, o tal vez ya tenía todo bien atado y simplemente esperaba el momento de sacarlo.

Estos relatos, como suponéis, van de mujeres malas. Y es al feminismo lo que una bala de cañón a la larva de una mosca.

Eso, al menos, piensa uno cuando lleva un par de cuentos leídos. La mandíbula se desencaja tanto de risa como debieron apretarse las de las feministas cuando se publicó.

Después de leer una crítica en “Lector Malherido” sobre la “Teoría King Kong” de Virginie Despentes, me sentí animado para dar cuartelillo al tema. Aburrido por lo políticamente correcto que ha sido el feminismo desde que dejó de ser transgresor hace más de ochenta años, me preguntaba si Virginie Desdepentes habría hecho algo realmente valiente.

Ella dice que es fea y que las mujeres feas son tan válidas como las que, maquillándose y siendo guapas, se matan por follar. Y tan poco válidas. No estuvo mal la lectura, especialmente a la altura del prólogo, pero el libro adolecía de lo de siempre: cuando una mujer escribe sobre la mujer siempre tiene uno la sensación de que le importa demasiado. Esto se debe a que hay mujeres que escriben sobre mujeres cuando todavía son jóvenes, y a que las viejas que escriben feminismo suelen ser verdaderos sacos de prejuicios, como monjas de una secta cargadas de razón.

Despentes, aunque simpática por pesimista, y en cierta forma transgresora, peca de lo que todas: se nota que le importa demasiado el tema. Está volcándose a sí misma en el papel, y lo que sale son ideas. Nuevas o viejas, no es literatura.

Algunos hombres misóginos han sabido sacar del concepto mujer algo valioso, y no necesariamente negativo. El mismo Schopenhauer, o el mediocre Sade, o Sófocles Entre las mujeres que hablan de mujeres no quedan más que las pobres Brontë o Virginia Wolf entre la montaña de cenizas que enterró el ingenio (Doris Lessing, la corte sudamericana de perfectas Allendes, las horrendas españolas contemporáneas…).

Y de pronto un puesto de viejo tiene lo que todAs andábamos buscando: este libro.
Patricia Highsmith era una mujer, evidentemente, que de una forma nada rebuscada había dejado de ser mujer. No le importaba ser una mujer, le importaba más escribir cuentos, y parió este pequeño libro que más se parece a una talla prehistórica que a un verdadero bebé.

Los relatos destrozan a una mujer tras otra. En la edición, valiente pero cobarde, de Alfaguara, el editor se disculpa de la siguiente forma: “Con frases escuetas y precisas y una feroz ironía, esta pluma pone de relieve y acentúa sus aspectos más ridículos (de las mujeres), cuidando al mismo tiempo de no distorsionarlos demasiado (…) Sin embargo, la autora no muestra la menor parcialidad; la verdad es que los hombres que en ellos aparecen no salen mejor parados.”

Dos son las mentiras (comprensibles) que el editor tuvo que poner en esa nota.

La de forma: la palabra ironía. La ironía es decir lo contrario de lo que se está diciendo. Ironía es la que tiene Cervantes, Sterne o Erasmo de Rotterdam. Patricia Highsmith, ya es hora de que lo admita el editor, es sarcástica. Tampoco veo caricatura, sino otra deformación más elaborada.

La segunda mentira es de fondo: los hombres no salen mal parados. O sí, pero siempre o casi siempre por culpa de las mujeres.

Este libro habla de mujeres malas, y ninguna feminista convencida debería leerlo. O todas. Es pura rabia, puro sentido del humor. Un humor amargo de mujeres muertas, algunas de ellas maltratadas o violadas, y el factor magia, la literatura mayor, es que casi todas se lo han buscado.

La autora muestra con algo que no es valor (valor es el del editor), porque es despecio, los aspectos más oscuros de mujeres concretas. Cada una de las historias habla de una mujer distinta, unas son víctimas y otras verdugos, y todas son ambas cosas de la misma forma.

No hay ningún epílogo que justifique, precisamente, la reacción contraria. La que uno tiene cuando termina el libro. La que uno tiene cuando al acabar el último relato (y ya venía persiguiéndolo la mosca desde la página 90 más o menos), y descubre que siente verdadero cariño y apego por todas esas mujeres desgraciadas.

Descubre, asombrado, que finalmente este libro es tan feminista como machista. Mejor dicho: este libro es feminismo porque es machismo, y es machismo porque es feminismo. Mejor dicho: dejemos a un lado conceptos tan estúpidos. Este libro lo dice todo sobre las mujeres porque llega hasta ellas sin derramarse en una sola idea. Es la catedral literaria erigida a la mujer, y no hay un sólo signo de admiración que la exagere. En ningún momento el dedo de la autora señala una llaga. Los dedos hacen lo que tienen que hacer: escribir, escribir, escribir…

No puede citarse nada si no se cita el libro entero, pero quiero acabar, volver a leerlo, y no me gustaría que pensarais que soy un puñetero machista por decir lo que digo.

Recalco una vez más mi sorpresa: he leído un libro cuya temática podría ser el género, y me ha gustado. Me ha gustado muchísimo. Esta mujer triste, harta de sus semejantes, parece querer decir: ¿queréis que hablemos de los problemas de las mujeres? ¡Pues yo os daré problemas de las mujeres! Y con una demoledora exactitud destroza, como Pío Baroja, una de las viejas preocupaciones que en la vejez se vuelven ridículas.

“Sarah siempre se había dedicado a eso en plan de aficionada, y a los veinte años se casó, con lo que obtuvo la licencia. Para remate, el matrimonio se celebró en una iglesia en presencia de familia, amigos y vecinos, puede que incluso tuviera a Dios como testigo, ya que, desde luego, Él estaba invitado. Iba toda de blanco, aunque ciertamente no era virgen, dado que estaba embarazada de dos meses y no del hombre con quien se casaba, el cual se llama Sylvester. Ya podía convertirse en una profesional, contando con la protección de la ley, la aprobación de la sociedad , la bendición de los clérigos y el apoyo económico garantizado por su marido.

Sarah no perdió el tiempo. Primero fue el hombre del contador del gas, como ejercicio de precalentamiento; luego, el limpiaventanas, cuyo trabajo le llevaba un número variable de horas, dependiendo de lo sucias que le hubiera dicho a Sylvester que estaban las ventanas. A veces Sylvester tenía que pagarle ocho horas de trabajo y un poco más por horas extra. En ocasiones, el limpiaventanas estaba allí cuando Sylvester salía para el trabajo y seguía estando allí cuando volvía a casa por la tarde.”

“-¿No podríamos volver a intentarlo? -fue la sugerencia de Sylvester.

Sarah contraatacó con una docena de batallones con los cañones listos para disparar durante años.”
De “La prostituta autorizada o la esposa”

“…después un amigo (posible amante)…”
De “La novelista”

“Pamela Thorpe consideraba que el Nomen”s Lib de la Mujer era uno de esos estúpidos movimientos de protesta sobre los cuales les gusta escribir a los periodistas para llenar las páginas. Las del Women”s Lib afirmaban que “querían independencia” para las mujeres, mientras que Pamela pensaba que, de todas formas, las mujeres dominaban a los hombres.”
De “El ama de casa de clase media”

“El padre de Margot Fleming, a quien ella había admirado mucho, siempre le había dicho: “Cualquier cosa que valga la pena hacer, vale la pena hacerla bien.” Margot creía que cualquier cosa que valiera la pena hacer bien, valía la pena hacerla perfecta.”
De “La perfeccionista”

“Elaine corrió hacia él con un seno desnudo y el pequeño Charles pegado a él como una lamprea.”

“Hasta las bromas se habían agotado.”
De “La paridora”

La editorial Anagrama publicó estos cuentos en la colección COMPACTOS, de manera que debe ser fácil de encontrar. Misma traducción.


Sencillez enciclopédica

Septiembre 29, 2008

La enciclopedia de los muertos, Danilo Kis, Acantilado, 2008, 202 páginas

Danilo Kis es un autor serbio. Esto provoca curiosidad, y que el libro venga editado por Acantilado, provoca cierta confianza. “La enciclopedia de los muertos” es un volumen de relatos relativamente escueto que contiene, sin embargo, el libro más largo jamás escrito: la enciclopedia que recoge la vida de todas las personas que no han sido célebres, que han muerto solamente para sus conocidos más inmediatos. En ese libro interminable están todas las personas, los paisajes, las sensaciones que no hacen la historia: el cimiento de la historia.

Los relatos de Danilo Kis son la versión serbia del realismo mágico, que provoca reminiscencias más allá de la forma. Con un fuerte ensamblaje bíblico, las historias de los muertos saltan de una época a otra y están plagadas de imágenes potentes y recursos imaginativos. Danilo Kis, ¿quién es ese señor?, nos preguntamos. Es sencillamente un escritor menor frente a los europeos, que viene de una región de la que conocemos poca literatura. Un escritor de la región de los infartos de la vieja Europa que presenta la vitalista enciclopedia, donde la muerte iguala el destino de todos los hombres. Es por eso que resulta tan interesante esta enciclopedia.

Los relatos adolecen una ingenuidad que solamente puede perdonarse por la forma hiperbólica de los personajes, que se mueven con asombro dentro de la parábola y la fábula. El afán mítico, la tendencia a darnos una moraleja o juicios sobre la muerte entre historia e historia es algo a lo que la literatura contemporánea nos desacostumbra, y es por eso que frente a la enciclopedia de los muertos se relaja la exigencia y uno se siente lector advenedizo.

La primera historia narra el enfrentamiento de un mago coetáneo a Jesucristocon los discípulos de éste. Para el mago, Jesús es otro más de los embaucadores, que promete la vida después de la muerte cuando lo que hay que hacer es aprender de la vida y transitarla lo mejor posible. Estas sencillísimas conclusiones del mago funcionan porque Danilo Kis, por medio de una estudiada imaginería, nos evoca la tierra de Jerusalén del siglo 0, la tosquedad del razonamiento de sus asombrados habitantes. No puede negarse a “La enciclopedia de los muertos” un encanto evocador parecido al de un escritor que eligió el humor para hacer algo parecido veinte años después:David Maine, en su novela “El ecologista.”

El segundo relato narra el entierro más multitudinario de Hamburgo: el de una prostituta a la que todos los marineros despiden como a una reina. Una prostituta que ha hecho felices a muchos más hombres que cualquier otra mujer, porque no sólo les daba el sexo, sino que también los comprendía. Otra narración con un fondo tópico, que sin embargo sale a flote a fuerza de imágenes.

Quizás el tercer relato, que da nombre al libro, sea el que contiene más claramente lo que todos los demás van dando a picotazos: La enciclopedia de los muertos está narrado por una mujer que va a Suecia y entra en una biblioteca enorme. Allí, los volúmenes están sujetos por cadenas, hay una excesiva oscuridad que dificulta la lectura, y un conserje semejante a Cancerbero. Desde el momento en que el narrador entra en ese lugar, tenemos la sensación de haber abandonado el mundo de los vivos. Símbolos tan claros como Cancerbero, la oscuridad o las cadenas, que quedan totalmente explicados cuando la mujer descubre qué contienen los miles de volúmenes que se pudren en el polvo. Una enciclopedia faraónica donde está la vida de todas las personas no célebres, incluido su padre.

Ahí radica el mensaje que nos lanza Danilo Kis: Cada muerto es distinto a todos los demás. Cada vida común, aunque haya acontecido entre hechos iguales, ha sido distinta. La biblioteca de los muertos es una celebración de la vida, un libro con un sentido humano que está a la vista y es la intención.

Muchos han sido los que han querido seguir escribiendo la Biblia, los que han tomado los mitos para seguir explicado el mundo. Como en La divina comedia de Dante, pero con una sencillez que casi provoca pudor, Danilo Kis abre la enciclopedia de los muertos y da ejemplos a través de sus relatos de que cada vida, única en sí misma, sirve para leer el futuro de los vivos. Un afán de comprensión ingenuo y poco común a estas alturas (el libro se escribió en 1983, seis años antes de la muerte del autor).

Con una profusión de datos que roza lo anecdótico, Danilo Kis nos avisa en su enciclopedia que es precisamente esa montaña inmensa de datos enciclopédicos sin aparente interés que son la vida de cualquiera, los que verdaderamente reflejan la historia de la humanidad.

Terminarlo, con cierto desdén, con una desconfianza hacia la imaginación que persiste durante todos los relatos, y encontrar una explicación final del autor en forma de post-scriptum, da idea de hasta qué punto está el libro fuera de los márgenes de la literatura. Hasta qué punto el autor sintió que para hablar de la muerte, el enciclopedismo era la herramienta más adecuada. Y así, Danilo Kis transforma en cuentos las entradas de su enciclopedia y consigue que la leamos de la A a la Z sin saber si valió la pena. Una lectura desconcertante en sí misma.