Señoras indignadas por el final de ‘La señora’, por Yago Portillo
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Se pelean por los caramelos en las cabalgatas, cantan en alto en misa, compran los plátanos en el Lidl, comentan indignadas sin conocerse lo que tarda el autobús, llaman kibis a los kiwis, pegan con el bolso a Llamazares creyendo que es Bin Laden, saben perfectamente cómo acabará ‘Perdidos’, se caen ante las cámaras, pueden contar a sus nietos los consejos de ‘Saber Vivir’ y están enamoradas locamente de Jaime Bores, Cantizano, y Juan Imedio. Millones de personas ya las conocen y las ‘admiran’, no sólo por lo que representan, sino por lo que son: accesibles, entrañables, divertidas… Pero, ante todo, señoras.

Y es que ellas, con la ayuda desinteresada de los usuarios, se han convertido en el gran fenómeno de moda de la mayor red social del mundo, Facebook. Los más de 5.000 grupos y páginas de ‘fans’ creados en su honor lo corroboran y dentro de ellos, la televisión ocupa un lugar especial. No obstante, la actualidad de la pequeña pantalla se ve reflejada, día tras día, en las últimas muestras que van apareciendo de este movimiento. ¿Un ejemplo? Basta su reacción con el desenlace de su serie por antonomasia: ‘Señoras que se indignan por el final de ‘La Señora”.

Sólo así se entiende cómo son capaces de “pegar a los participantes de ‘Generación Ni-Ni’”, lanzarle sutiles indirectas a ‘la Milá’ por su trato a Arturo (“señoras que le odian y se les nota al entrevistarle”), “hacer un piquete en Las Pías (tierra de Saray) para que no entre Gerardo”, “tocar sus partes a Beckham”, o jactarse del infortunio ‘eurovisivo’ de Karmele: “Señoras que se presentan a Eurovisión y son expulsadas a los pocos días”, y “Señoras que se preocupan del terremoto de Haití y pasan del Tsunami”. Aunque, para ser sinceros, el rencor hacia TVE viene de antes: “Señoras que se hacen pis porque en TVE ya no hay pausas publicitarias”.

Páginas y grupos para todos los gustos
No es la única prueba de su éxito. Éste también se fragua entre el público de los programas, hábitat natural en el que nunca pasan desapercibidas. Algunas “se ríen escandalosamente”, “se dan codazos para decirse que están saliendo en televisión”, “dicen ‘¿puedo saludar?’”, o “se duermen” y “vomitan en ‘Saber Vivir’” para luego “darlo todo bailando los politonos en Telecinco” o “cantando ‘A por el bote’ en ‘La Ruleta’”. A otras les basta con ser “expulsadas de la gala de ‘GH’”, “tirarse 10 horas de bus para ver a Belén Esteban” (se “emocionan con su nuevo rostro”) y “de rebote llevarse un jamón”, o llevar “comida para besuquear a Jorge Javier”.

En pos de aumentar su estatus, las señoras aparecen incluso “concursando en ‘GH’”, “bailando salsa acrobática”, o “yendo muy confiadas a ‘El juego de tu vida’” para volver “a casa sin marido”. Sin embargo, la palma se la llevan las que se atreven a participar en su programa fetiche, ‘El Diario’: “Señoras que se desmayan”, “van engañadas”, “se pierden por los pasillos”, “se emocionan”, siguen “llamando a la presentadora Patricia”, “señalan un sillón diciendo: ‘¿aquí?’” o “hablan al techo cuando entra una llamada”.

Todo vale para convertir su versatilidad delante y detrás de las cámaras en nuevos grupos y páginas. Imágenes tan cotidianas como las de “señoras que dicen en las noticias que su vecino asesino ’siempre les saludaba’”, “que no les ha tocado la lotería, pero lo celebran para salir en la tele” o “que mezclan personajes y tramas de series”. O surrealistas, fruto de la imaginación del usuario (“Señoras que tienen de médico de cabecera a ‘House’”, “que pueden resumir la trama de ‘Perdidos’ en una frase”, o “que se lesionan imitando ‘Fama’”). Ideas no les faltan: “Señoras, señores y viceversa”, “Señoras desesperadas”, “Señoras, el ‘reality’” y, por qué no, “que una pareja de señoras vaya a ‘Pekín Express’”.

Origen del fenómeno
Ahora bien, ¿cómo surge esta corriente? Una página creada meses atrás sirve de prólogo: “Señoras con la bolsa en la cabeza cuando llueve”, el primer gran grupo de ‘fans de esta temática’. “Lo vi un día y me hice ‘fan’ enseguida, la foto era espectacular, me reí mucho. Se lo comenté a una amiga y le dije: ‘Es como las del pelo lila, ¿no? Nos volvimos a reír y decidimos hacerles una página, recuerda Rebeca Yanke, redactora del suplemento ‘Campus’ de EL MUNDO y una de las pioneras de este fenómeno, con su “Señoras con el pelo lila”: “A partir de ahí, comenzaron a salir páginas sin parar”.

‘Con el pelo lila’, algunas de las primeras ’señoras’.
No estaba sola. Junto a ella, dos amigos, jóvenes y prometedores escritores, utilizaron su ingenio y su pasión por la rareza para contribuir a esta expansión. Por un lado, Juan Soto, quien, al igual que Yanke, empezó con las señoras “a raíz de los de las bolsas en la cabeza”. “Poco después, muchos compañeros empezaron a crear páginas también”, afirma Soto, que ya ha creado más de 300 páginas. Entre ellas, “Señoras que agreden a Berlusconi”, con la que consiguió 5.000 ‘fans’ a los tres días, hasta que “Facebook la suprimió por ‘incitar a la xenofobia’”.

Por el otro, Jordi Corominas, que vio cómo, un buen día, el muro de su cuenta “empezó a llenarse de señoras”. “Me entraron ataques de risa espectaculares y ‘clické’ mil veces para hacerme admirador”, asegura Corominas, el cual, pasado un tiempo y durante uno de los festivales poéticos que organiza, quiso reunir a doce señoras en un escenario para que “contaran cosas cotidianas de su existencia a un público joven”. No las encontró, pero “salieron más de 200 grupos nuevos”. ¿El último de su cosecha? Hace unos minutos: “Despertar borracho en una cuneta con señoras que tararean ‘Indurain, Indurain’”.

El final de ‘las señoras’
Ninguno esperaba tal repercusión, pero todos saben qué las hace tan especiales. “Lo que reflejan es fácilmente reconocible, pero son cosas de las que nadie habla normalmente. Aluden a la cotidianeidad, tienen un toque de humor tierno y mordaz, provocan la media sonrisa y proliferan porque cualquiera puede inventarse uno”, concluye Yanke. Corominas lo confirma: “Es auténtico, de la calle, lo puedes ver, tocar… Es algo espontáneo e hispano, puro humor ibérico: coger el detalle de lo cotidiano y reírse de, o con ello”. Y para Soto, “cuantas más páginas de señoras ves, más te apetece seguir creándolas”. Señoras con un hábito extraño es algo con lo que te ríes o te ríes. Mira: ’señoras que responden a preguntas sobre Facebook para EL MUNDO’”, bromea.

De igual modo, el trío coincide en la importancia de la televisión para estas creaciones y sus protagonistas. “Una señora en televisión es como un pulpo en un garaje. Si quieres que una situación televisiva sea estrambótica, mete en el estudio a una señora que la ve con devoción”, señala Soto. Lo mismo piensa Corominas: “Es una fuente energética demasiado fuerte para ellas, es como su bálsamo de soledad, y ya si forman parte del público, es inenarrable, viven la emisión como si les fuera la vida”. Yanke, en cambio, da otro punto de vista: Es importante porque se identifica a este tipo de señoras que ve la televisión”.

Eso sí, a pesar del ‘boom’, es irremediable pensar que algún día todo llegará a su final. Mientras improvisa nuevos grupos televisivos en su cabeza (“Señoras que sustituyen los somníferos por documentales de La 2″ o “que titubean y hacen perder a su marido el comodín de la llamada del ‘50×15′), Soto tiene una alternativa: “cambiar la palabra señora por cualquier otra. ‘Patatas que se ponen bolsas en la cabeza cuando llueve’”. Ajena a esta idea, Yanke se cuestiona: “Seguramente, ya hay un grupo que dice ‘Yo puedo decir con orgullo que viví la época de las señoras’”.

Aductos al “Me gusta”, por Pablo León
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Señoras, series, chonis o rarezas. Grupos y páginas de Facebook encumbran la insolencia y el humor ácido. A divertirse.

Nos dijeron que las redes sociales nos iban a hacer la vida más fácil, que íbamos a poder mantener el contacto con nuestros amigos, que podríamos encontrar a los compis del colegio —esos que en el fondo detestábamos y que no nos importa absolutamente nada lo que están haciendo ahora con su vida— y que si teníamos cientos de seguidores, seríamos los más populares. Pero, además de todo lo anterior, Facebook se ha convertido en lugar de reunión de freakies, comprometidos o simplemente fans. “Los grupos en Facebook son herramientas de adhesión. Esa adhesión no supone aporte, no supone esfuerzo, no implica contribuir; sólo mostrar simpatía o antipatía. Es primario y superficial, casi frívolo”, sentencia David de Ugarte, ciberpunk experto en redes sociales y autor del libro El poder de las redes.

Aunque surgieron con un fin publicitario y promocional, el surrealismo y el humor han acabado por dominar los perfiles sociales, los grupos y las páginas temáticas. “No queremos que nos vendan nada, ni ONG, ni causas; queremos reírnos de todos”, explica Manu González, de 35 años, perteneciente a 298 grupos (el límite son 300) y fan de más de 1.500 páginas. No hay parafilia que no tenga representación en Facebook, desde los plátanos del Lidl hasta la nariz de Belén Esteban, sin olvidar el activismo político. Seleccionamos grupos por los que merece la pena hacer click.

AL FILO DE LA LEY

“No insultar, ni amenazar, ni abusar”. Ésas son las condiciones para que Facebook no cierre una página. A partir de ahí, todo vale. Nadie se va a hacer fan de un hipermercado, pero sí de las Señoras que van a comprar plátanos al Lidl y acaban de after (a principios de enero se descubrió que una partida de bananas escondía cocaína; hoy existen más de 20 perfiles dedicados al tema). También se dice por ahí que El 94% de los billetes tiene trazas de los plátanos del Lidl. Jugar al límite de la ley incrementa el atractivo del usuario, que puede desde buscar 50 millones de españoles que piratean de todo menos a Ramoncín hasta jalear a Señoras desequilibradas que empujan al Papa. Craig Lynch, un raterillo que se fugó de una prisión inglesa, actualizaba su muro mientras la policía le buscaba. Sigue huído; su perfil, censurado, pero sus más de 42.000 fans siguen su día a día en el grupo de amigos de Craig.

SEÑORAS: UN NUEVO UNIVERSO

Si hay una categoría indiscutible entre estos grupos, es Señoras que. Las que se hacen pis porque en TVE ya no hay publicidad; las que se pelean por los caramelos en la cabalgata de Reyes; las que se golpean las tetas al abanicarse, o las que guardan las mejores bragas para cuando van al médico. La lista es interminable. Todo comenzó con las que se ponían una bolsa en la cabeza cuando llovía y con las noticias falsas del periódico online El Garrofer, que dedica una sección a las peripecias de ellas y sus maridos. No tiene sentido, pero una vez se entra en este universo de supermercados y palillos en la boca, no se sale. Hay un perfil que lo resume todo: Miro el nombre del grupo, me río, me uno y jamás vuelvo a mirarlo. Click. “Me gusta”.

EL PODER CATÓDICO

Mientras los picos de audiencia frente al televisor descienden cada año, la Red ya acapara un tercio del tiempo libre de los españoles. Los que tienen perfil en Facebook invierten una media de 55 minutos al día para reseñar filias, fobias o ver pedazos de programas que acaban encumbrando. Así, las nuevas estrellas catódicas, vía red social, son la joven que la lió parda al verter ácido clorhídrico en una piscina; dos desequilibradas vecinas de Valencia que aireaban sus peleas en Callejeros al grito de “me dice puta, puta, puta, sin ser nada de eso yo”, o la señora que vomita en el plató de Saber vivir. Todo con permiso de Los Simpson, que lideran el share y la Red con grupos como ¿Qué m**** esconde Marge en su pelo?

ACTIVISTAS UNIDOS

Mucha gente pasa de los partidos, pero escribe en el muro de Odio a Esperanza Aguirre o comenta en Zapatos para Bush. “Facebook ha aportado a los cínicos una manera de expresión con el placer añadido de ser políticamente incorrectos”, continúa Juan Soto, que ha creado más de 300 páginas. La insolencia triunfa con iniciativas como Invitemos a tapas a Aminatu Haidar o los casi 40.000 seguidores de la Miniatura del Duomo de Milán (la estatuilla con la que fue golpeado Berlusconi). Pero también hay política real. El Manifiesto de Internet paralizó una ley que se saltaba la orden judicial para cerrar webs P2P mientras que el grupo De Cospedal debe ser demandada ha colocado a la secretaria del PP ante el juez.

LA CULTURA ES POP

“Las redes sociales han pasado de ser una herramienta para conectarnos a una infraestructura más compleja en la que se comparten afinidades e inquietudes”, explica el gurú de la web Mike Walsh en su libro Futuretainment (Phaidon). Así, cuando un moderno se une al grupo de Modernos que miran mal a otros modernos porque son más modernos que ellos, el resto va detrás. Lo mismo ocurre con los más de cuatro millones que echan de menos a Michael Jackson o con los seguidores de la princesa choni que no dudan en afirmar que A Belén Estebán le va a durar su nariz lo que a mí la batería… 4 rayitas. “Las empresas intentan usar estas inercias para colocar publi, pero si se rompe el estilo underground de los grupos, no funciona”, explica el publicista de medios online Juan Soto.

El desgarro de nuestra última Guerra Civil ha producido infinidad de literatura, pero quizás “La noche de los tiempos”, la nueva novela de Antonio Muñoz Molina, haya sido una de las más audaces en su búsqueda de preguntas.

Queda muy lejos la Guerra. En la casa madrileña de Muñoz Molina, donde tiene lugar nuestra entrevista, el sosiego es absoluto. Las formas del mobiliario son sencillas, contundentes. La narración arranca en una estación de Nueva York donde Ignacio Abel, el protagonista, examina los objetos que abultan sus bolsillos despojado de todas las pertenencias de su vida burguesa. Durante todo el libro, la observación de los objetos crea un preciso tapiz de aquella época.

PREGUNTA: “¿Hemos perdido nosotros cierta reverencia por los objetos?”

RESPUESTA: “No lo creo. Son cosas tangibles, nos acompañan y cuentan nuestra historia. No somos en eso tan distintos de Ignacio Abel, también nos ocurre que encontramos las llaves de una casa en la que ya no vivimos y nos conectamos a nuestro pasado. Lo que uno lleva en los bolsillos, los objetos más usados, están embebidos de la vida de la gente. Si piensas en el momento actual quizás los objetos tengan una vida más corta, nos acompañen menos a lo largo de la vida, pero seguimos conservando algunos con inmenso cariño.”

La novela
Con la Guerra Civil como telón de fondo, la minuciosa forma de ver el mundo del autor respira en la lectura de un libro de 950 páginas al que no sobra nada. En narrador lo advierte en las primeras páginas: “Importa la precisión extrema, nada real es vago.”

P: “¿Ha sido también una frase importante para usted durante la escritura?”

R: “Sí. Hablo de un mundo que no conocí de primera mano, y un escritor siempre necesita conocer y respetar aquello de lo que escribe, debe recrear el mundo con detalles exactos. Yo quería ser muy respetuoso con ese pasado que es nuestro sólo en cierta forma, contar cómo vive la gente normal algo monstruoso sobre lo que no puede elegir y que desbarata toda su vida. Ahí entra la complejidad de la novela, que no busca que los personajes se comporten bien sino que persigue al ser humano tal y como es.”

P: “Usted ha dicho en alguna ocasión que la escritura de este libro ha sido especialmente ardua. ¿Sirvió este estado de ánimo para sentirse en la piel del viajero obligado Ignacio Abel?”

R: “Sí, yo creo que se filtra una parte de ese cansancio. Escribir un libro tan complicado y largo es en cierta forma un viaje: requiere muy buena suerte, tienes que encontrar la documentación, las ideas argumentales, pero también debes mantener una obstinación, pelear contra el desaliento diario, sostener el tono y el pulso. Es un proceso de búsqueda para encontrar los hilos que funcionan en medio una maraña muy complicada.”

P: “¿Requiere mucha experiencia ese proceso?”

R: “No creo que la experiencia de una novela sirva para otra. Cada libro es una cosa tan específica… el propósito de una novela va exigiendo las herramientas.”

Aquella España
Realidad y ficción se entrelazan en la novela, se mezcla la Historia con el desgarro de los personajes. El arquitecto Ignacio Abel es un socialista moderado casado con una mujer de familia monárquica, que asiste con un impávido terror al derrumbe de su sociedad en medio de una relación amorosa apasionada. Como Pedro Salinas, sale de España en 1936 huyendo del enconamiento, alentado por una plaza en Estados Unidos. La amante Judith Biely, una mujer que despierta en él la llama de la juventud perdida, estructura el conflicto interior del personaje.

Los recuerdos de quien se ve arrancado de su vida narran los tránsitos del protagonista por un Madrid muy vívido y tamizado por personajes reales (Juan Ramón Jiménez, Alberti, Negrín, Moreno Villa…)

P: “¿Cómo fue su búsqueda de la vida de la gente por encima de las posturas ideológicas?”

R: “Encontré muchos testimonios. Periódicos, diarios, libros, pero también orales: un señor mayor al que conocí me contó que en la calle de la Magdalena había un cabaret cuya entrada era la cara de un demonio rojo, y se bajaba por las fauces abiertas al sótano donde cantaban y bailaban señoritas desnudas. Madrid era una ciudad muy moderna, España tenía un contraste enorme entre zonas de extremada pobreza, de pobreza rural y urbana, y otras de enorme modernidad.”

P: “Modernidad que encuentra su carga simbólica en el proyecto de Ciudad Universitaria, en que trabaja como arquitecto Ignacio Abel.”

R: “Ciudad Universitaria nace para reunir estudiando e investigando a lo mejor de un pueblo, hombres y mujeres. No me hizo falta subrayar el simbolismo porque fue así: comenzó en 1927 alentada por Alfonso XIII, la II República la continúa, y es un proyecto que, aunque se basa en otros europeos y americanos, es muy original. Un campus enorme y verde, pero conectado a una cuidad. Cercano, accesible.”

P: “Pero el apasionamiento ideológico destruye la paz necesaria para la construcción. ¿Convierte eso a Ignacio Abel en un idealista?”

R: “Idealista práctico. En aquel momento la destrucción tuvo hasta un atractivo estético. Naturalmente, ni Ignacio Abel ni quienes crearon aquello pudieron imaginar que los campus recién inaugurados servirían como campo de batalla. Ignacio Abel quiere que haya árboles, pero el crecimiento vegetal es lento. Y está la impaciencia de lograr, pero está la impaciencia también por destruir, el progreso y el cambio se percibían de formas diferentes. Hay que tener en cuenta fue un proyecto burgués y respondía a ese desahogo, mientras que España era un país muy pobre. ¿Cómo le pides a quien tiene hambre que sea paciente porque las cosas avanzan lentamente? La democracia se percibía como un parlamento tedioso que no había sabido ni evitar la I Guerra Mundial ni estaba haciendo nada por evitar el crack del 29. Por otra parte, el conflicto dialéctico era violentísimo, para la mayor parte de los protagonistas de la política española la democracia era simplemente un tránsito hacia otra cosa.”

Intelectuales en tránsito
Estados Unidos fue uno de los países de recepción más importantes, donde se fraguó una comunidad internacional de exiliados de toda Europa que representa una de las mejores generaciones del pensamiento occidental. Actualmente, aunque el viaje y el exilio sean incomparables, la comunidad española de Nueva York es una buena muestra de este pasado.

P: “¿Sigue siendo Nueva York un buen puerto al que llegar?”

R: “Es extraordinario el modo en que acoge ese país a la gente. Si lees los libros de historia, te das cuenta de que el país que expulsa a su gente sale perdiendo. A comienzos del siglo XX, Alemania era una potencia mundial en intelectualidad, pero decidió destruirse. España perdió a tanta gente que había hecho editoriales, que investigó, que creó fundaciones… América Latina está llena de estos proyectos que empezaron en España, y si ves el cine norteamericano, te das cuenta que es también en parte una invención de emigrados europeos. Mi barrio, el Upper West Side, muy cerca de la Universidad de Columbia, estuvo integrado en gran medida por exiliados, y esta lejanía del hogar dio una comunidad muy unida. Sigue teniendo ese sabor. Europa se suicidó y Estados Unidos, con muy buen juicio, acogió a los que no querían morir allí. Nueva York es una ciudad en la que no se trata peor por ser extranjero.”

P: “¿Tiene contacto la comunidad de escritores hispanohablantes actual?”

R: “Sí, conozco allí a mucha gente. Pero ahora es una ciudad demasiado cara para que prolifere el estamento artístico. Quizás ahora hace falta más suerte para desenvolverse, o quizás mayor planificación, no estoy seguro. Pero siguen existiendo las oportunidades.”

El Instituto Cervantes, que dirigió en aquella ciudad Muñoz Molina, es uno de los centros de la vida hispánica neoyorkina. Eduardo Lago, que dirige ahora el centro, sostiene que su labor es un deber con la lengua española, nuestro mayor tesoro. Un cargo que, como también dice Muñoz Molina, exige todo el tiempo disponible. Dice Eduardo Lago que “si quisiera continuar ahora mi obra literaria tendría que dejar el cargo, pero es una responsabilidad que he elegido yo. Este proyecto vale la pena y requiere mucha honestidad.”

María del Mar Gómez, dramaturga española afincada en Manhatthan, dice que “escribir en español en Nueva York te introduce en un círculo panhispánico, y ves que los países latinoamericanos están produciendo una literatura de mucha calidad. Eso te da una visión más humilde de tu origen y te ayuda a trabajar mejor.”

A 6.000 kilómetros de Madrid, la ciudad que acogió a tantas víctimas del radicalismo político mantiene las manos abiertas a la cultura hispánica.

La noche de los tiempos
Con todo, “La noche de los tiempos” ha nacido con el propósito de ser el testimonio de una realidad que acalló a quien no gritase.

P: “¿Se dieron cuenta demasiado tarde los intelectuales de lo que estaba pasando?”

R: “Muchos se dieron cuenta, como el personaje del profesor Rossman, pero nadie los quería escuchar. Ocurrió a mucha gente que escapaba de Alemania o de Rusia y descubría que la gente no quería escuchar ni entender. Está el ejemplo de Stefan Zweig: explicaba lo que había visto, pero nadie lo quería creer. Que un estado emprendiera un genocidio que nadie había conocido en la historia y encima en pos de una idea de mejorar el mundo siempre será difícil de creer.”

Esta entrevista de JSI fue publicada en la revista Tiempo en diciembre de 2009

Original publicado en Más que Palabras.

Hace unas semanas se publicó Nocilla Lab, novela con que Agustín Fernández Mallo cierra la trilogía Nocilla. En aquel momento el autor concedió una entrevista digital a los lectores del diario El País, en la que formulé la siguiente pregunta: ¿Cuál es la crítica que más le ha dolido? (No vale ser humilde). El autor, quizás con excesiva elegancia, respondió: Hola Juan. Eso, prefiero no contestarlo. Gracias por tu comentario.

La pregunta quizás pareció demasiado fría o incluso mal encarada, pero no era esa mi intención. Leídos los tres volúmenes de la obra, mi interés era conocer la opinión de Fernández Mallo sobre sí mismo a través de su opinión sobre la peor crítica recibida. Convertido en figura pública desde que en 2006 publicase Nocilla Dream en Candaya, el salto en brazos de la crítica ha transportado a Fernández Mallo al ojo del huracán. Sobre cada una de sus novelas corre un río de tinta: tinta buena y tinta envenenada.

Por tanto, aceptando que Nocilla sea más que una obra y más que un producto de Nutrexpa, afrontar la crítica del mejunje requiere navegar esos ríos de tinta.

Se puede leer en los neones que nos encontramos ante el fenómeno literario del momento (aunque las tres palabras merecen recapitulación, especialmente quizás la segunda). En los callejones más oscuros, se percibe el murmullo que avisa de que todo es una absurda campaña de marketing de la editorial Alfagurara, que ha apadrinado el proyecto.

Pero sea un fenómeno literario o marketiniano, lo cierto es que abordar el acercamiento crítico a los últimos trabajos de Fernández Mallo requiere armarse de paciencia y drenar mucha tinta de los abarrotados depósitos de la máquina; leer cuanto se ha dicho del autor y su obra. Esta visión desde el aire, en lugar de la deseable microvisión de los libros, se debe a que, en mi opinión, la trilogía no es ningún evento literario, ni siquiera en el quebradizo panorama español, ni en la algo más vetusta actualidad hispanoamericana.

Las novedades que ofrece Agustín Fernández Mallo en sus novelas beben directamente de lo que erróneamente se simplifica bajo el epíteto de posmodernidad literaria, algo que de ningún modo nos pertenece a los de hoy puesto que perteneció a los que escribían cuando Mallo iba en pañales y yo no había nacido.

De todas maneras, y se abre turno de preguntas, ¿qué novedades? Comparado al Tristram Shandy que iluminó el siglo XVIII británico, ¿qué novedad real ofrece este libro que nos ocupa hoy? Puesto su valor literario y su audacia junto a la de Juan Benet o Juan Goytisolo, ¿cuánto se revaloriza la moneda literaria española? En el espejo del mismo Enrique Vila-Matas, que aparece retratado en el cómic que cierra heterodoxa narración ¿qué gana en su observación de su realidad Fernández Mallo que no haya fijado en el cristal antes su maestro u otros maestros contemporáneos de las cosas en apariencia insignificantes como Mario Levrero?

No me hago estas preguntas con la negación implícita ni con mirada soberbia sobre lo que he leído, no sé si la respuesta favorece a los detractores de Nocilla o a los que la untan en una rebanada de pan y disfrutan de ella en estas tardes de noviembre. El punto al que me llevan quizás deja la balanza del lado de los segundos: ¿acaso debe aportar una obra literaria algo tangible a lo que se ha hecho? ¿No ha habido ya demasiados genios como para poner una piedra más encima del rascacielos?

De esta forma, con estas preguntas, de ruido en ruido la lectura de la obra de Fernández Mallo deja de ser eso de lo que todos hablan y aboca a una soledad más tranquila. En tejado de nadie la pelota, encuentro en Nocilla Lab (por ir a lo concreto) talento y sensibilidad en una página y desperdicio de palabras en el siguiente. Fallos de principiante y aciertos de maestro. Pero hay que aclarar algo: esto es quizás muy bueno y valioso. Alguien dijo que tras la larga carrera de la literatura, en el siglo XXI el valor del talento está en el error. ¿Talento en Fernández Mallo? No creo que sea discutible leídas cosas como ésta: “la muerte, esa combustión que genera dos realidades, el humo que se va y la ceniza que se queda.”

Hallazgos así son numerosos en este laboratorio de la condición literaria que ha montado el físico metido a escritor y que abre sus puertas en las páginas de Nocilla Lab. También, y esto no debe hacer que cerremos el libro, las tonterías, los momentos bajos de expresión son numerosos. No creo que en conjunto sea la trilogía una obra de arte ni su autor un genio. Su expresividad pasa por numerosos momentos de angustia y la estructura, muy llamativa, no está enteramente justificada más que como evocación de un mundo fragmentario: el nuestro. Fernández Mallo debe más a la literatura que la literatura a Fernández Mallo, pero sigamos.

Una obra literaria de formas caprichosas y una nueva pregunta: ¿importa que el itinerario sea caprichoso para reconocer los encuentros casi constantes de este explorador? Sobre la escritura caprichosa nos dio la mayor lección el Finnegans Wake de James Joyce, sobre el que se montó también un andamio de acusaciones que aseguraban que era un mero divertimento del dublinés, y por tanto una obra despreciable.

Pero el lenguaje también es más grande que el hombre y lo lleva por lugares inesperados.

Terminemos. Como novela, Nocilla Lab no está a la altura de las precedentes, Experience y Dream. La ambición temática no concuerda con la deriva estética, son dientes muy pequeños para un filete muy grueso. Sin destripar nada a futuros lectores, el dilema humano que plantea Fernández Mallo triplica en peso al dilema literario, pero parece que es lo segundo lo que más le interesa, de manera que lo humano queda con aspecto de globo viejo y deshinchado.

Dicho todo esto: ¿por qué hay que leer Nocilla Lab? Por la misma razón que debe leerse la crítica sobre Fernández Mallo. Arrancado de la literatura en aras del ruido de los suplementos culturales, Fernández Mallo ha sido secuestrado por Fernández Mallo. Si la tarea de desandar estos caminos es más propia de un antropólogo que de un filólogo, será algo que decida cada cual. Pero en esta sociedad caprichosa y superficial, tan fragmentaria y escurridiza, ¿no será Nocilla una de las pequeñas Biblias portátiles de la nada?

Quizás estemos con Agustín Fernández Mallo, sus defensores y sus detractores, esperando a lo que viene de la incertidumbre en la misma plataforma petrolífera.

El 2 de noviembre organicé dentro de la empresa de publicidad online donde trabajo (Addoor) una convocatoria para bloggers de viaje, que consistía en que un pequeño grupo de invitados recibieran una charla de Javier Reverte. Lo hicimos en Hotel Kafka y la verdad es que no pudo salir mejor: Javier consiguió que sus palabras interesasen a todo el mundo y casi tuve que arrancarle de allí para que pudiéramos tomarnos los vinos que habíamos preparado, porque no paraban de preguntar. Al día siguiente todos publicaron una crónica en sus blogs.

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Dejo aquí la lista de blogs con link a la crónica, que estoy muy perezoso para contar más.

El rincón de Sele

A salto de mata

Aines en ruta

Cumplir un sueño

Desde Saigón

Diarios de un fotógrafo de viajes

Edu y Eri viajes

Expatriada

Miss Viajes

Sergi Bellver

Un mundo en la mochila

Viaje al atardecer

Intentando recorrer el mundo

Vagamundos

Publicado originalmente en la Revista Tiempo de Hoy

En Europa acogemos a los represaliados del islam que escribieron obras de arte y tuvieron que huir por no ser suficientemente cuidadosos. El arte de ser cuidadoso ha acompañado a los europeos en distintas épocas oscuras, pero siempre hubo valientes que dijeron lo que tenían que decir pesase a quien pesase. El héroe ruso Bulgakov, que desafió a Stalin dando su verdad sobre la URSS con su novela Corazón de perro y más tarde le escribió una carta suplicándole el exilio, es quizás uno de los ejemplos que más emocionan. O Stefan Zweig, que tuvo que alejarse de los que habían sido sus amigos intelectuales por decir que la I Guerra Mundial era un acto de inconsciencia. Acogemos en París al afgano Atiq Rahimi, un novelista de estilo descarnado que tiene en España otro hogar literario gracias a las traducciones de Siruela y Lengua de Trapo. Cuidamos de la seguridad de Salman Rushdie, condenado a muerte por los ayatolás por su novela Los versos satánicos. Escuchamos al hombre que, tras el velo de Yasmina Khadra, disecciona con novelas naturalistas la realidad podrida de Argelia. Y a lo largo de la historia, ¿cuántos no habrán venido aquí y a EEUU buscando el derecho de hablar sin encontrar la muerte o el ostracismo?

La moral reinante siempre vence al escritor con el arma más peligrosa: el silencio. Pero la moral islámica ortodoxa no es la única que ha silenciado, porque no sólo los que entran en nuestro esquema moral han quedado mudos en la historia de la literatura. Hay tantos esquemas morales… Mikel Azurmendi y Fernando Savater viven fuera de su patria chica por hablar claro sobre el nacionalismo radical. La diferencia con los anteriores es que estos dos son ensayistas y su escritura es vecina de la política. ¿Qué hay de Ayaan Hirsi Ali, la somalí que denuncia la situación de la mujer en los países islámicos, o el difunto Samir Kassir, brutalmente asesinado por preferir un islam moderado y defender la idea de que los árabes tuvieron su ilustración en momentos en que el monstruo fanático dormía? Los ejemplos de arte acallado o denostado por una mala decisión, a veces una decisión abyecta, son numerosos y dispares. El factor común es la muralla que separa los lectores y las obras: la red de desconocimiento, la ignorancia, el prejuicio. Hay personas que dedican la última parte de su vida a enmendarse y buscar la redención por sus actos equivocados.

Hay otros que cometen el error en sus últimos momentos y van a la tumba con un cortejo fúnebre de hostilidad. Para hablar de ejemplos dolientes es necesaria una gradación, porque los crímenes de los escritores son como los del resto, desiguales: Raúl Barón Biza, autor de El desierto y su semilla (Ed. Fahrenheit 451), destruyó la cara de su mujer con ácido antes de suicidarse. Knut Hamsun, premio Nobel en 1920, hirió al país que lo consideraba su hijo predilecto cuando apoyó la invasión nazi de Noruega. El francés Céline fue condenado a muerte por su colaboración con los hitlerianos. Mircea Eliade lloraba cuando el Eje se desmoronaba. Cuando las ideas o los actos son nefastos, como en estos casos, escritor y obra se escinden. La vida está hecha de leyes que castigan al criminal y, mientras el corazón palpita, la ley es buena. Si Barón Biza se adelantó a la ley pegándose un tiro, haciéndose esa fotografía del perfecto monstruo, y a Hamsun lo hundieron en la miseria los tribunales médicos de la renaciente Noruega, ¿no fue suficiente castigo? El caso de Barón Biza y su crimen es algo sobre lo que nadie pondrá la defensa, pero su obra no deja de ser magnífica por ello, pese a compartir el trasfondo vil del escritor.

La obra continúa con vida después de la existencia benigna o maligna del autor, pero frecuentemente el juicio moral sobre él (la persona) hace metástasis en la obra. No tenemos por qué comulgar con las ideas de escritores que amamos. ¿Debe García Márquez condenar el castrismo? ¿Fue más inteligente que el resto Albert Camus al alejarse del estalinismo cuando sus coetáneos hablaban del asesinato masivo con la boca pequeña? ¿Es el giro al liberalismo de Vargas Llosa algo más o menos malo que la comodidad en el viejo socialismo de José Saramago? Hay quien piensa que defender a un escritor que apoyó a los nazis es inmoral. Quizá es un acto de justicia artística.

Knut Hamsun
Se cumplen 150 años del nacimiento de Hamsun, al que algunos llaman nazi. Cuando el rey de Noruega viajó a su antigua casa en 1992 y dio la mano al hijo de Hamsun, uno de los diarios de mayor tirada escribió: “Harald V da la mano al hijo de un traidor”. Camilo José Cela hizo de Hamsun una emocionante defensa: “Se equivocó con su apoyo a Vidkun Quisling y su gozo ante el invasor alemán no fue un prodigio de oportunidad, pero su fallo fue dejarse arrastrar por los engañosos y melodiosos cantos de sirena de la política”. Knut Hamsun nació en Noruega en 1859 y murió en 1952. Pasó hambre, buscó fortuna en EEUU sin encontrarla, publicó 37 obras y ganó el premio Nobel de Literatura en 1920. Veinticinco años después quedó fascinado por el III Reich y apoyó al nazismo que invadía su país, regaló su medalla del Nobel a Goebbels y dijo que Hitler había sido un “luchador por la humanidad y el derecho de todas las naciones”, palabras de las que no se desdijo jamás hasta su muerte en 1952.

Quien toma partido por la idea equivocada tiene muy mala fortuna, pero es peor si esa idea resulta además derrotada y maldita. Diego Moreno, editor de Nórdica, que sacará antes de fin de año la primera biografía sobre Hamsun en español, llama la atención sobre una curiosa paradoja: si el nazismo hubiera triunfado en Europa, la obra de Hamsun seguiría teniendo exactamente la misma calidad, aunque él fuera un héroe. Kirsti Baggethun vive en España y se ha convertido en una promotora de la obra literaria de Knut Hamsun. Sus traducciones son las primeras directas del noruego en nuestro país y abren una brecha de conocimiento en la ignorancia. Hasta los años sesenta la publicación española de Hamsun fue bastante sólida (y mediocre, con traducciones del alemán y un aspecto de novela romántica en la mayor parte de los libros) pero con la Transición y la necesidad de publicar a quienes habían sido censurados la estrella distante declinó.

El incoherente nazismo
Dice Kirsti Baggethun que “escritores por encima de toda sospecha defienden a Hamsun como autor”. ¿Ocurrió esto antes o después de su resbalón político? Thomas Mann dijo que “nunca antes alguien mereció tanto recibir el premio Nobel”, homenaje al que se sumó Maxim Gorki, pero esto ocurrió en el 29. Franz Kafka se refirió a La bendición de la tierra con palabras muy elogiosas, también antes de que el noruego cometiera su crimen. Walter Benjamin demostró su admiración por Vagabundos, pero el autor murió en 1940, de forma que se fue a la tumba sin saber lo que deparaba a los admiradores de Hamsun. Saltando en el tiempo, encontramos palabras elogiosas de Paul Auster, quien dice que “en Hambre se plantea un pensamiento nuevo sobre la naturaleza del arte”. Pero, ¿qué pasó cuando todos le dieron la espalda? Esta indefinición ha sido la constante en todo lector relacionado con Knut Hamsun. Kirsti Baggethun cuenta que a la muerte de Hamsun los periódicos dedicaron escuetas necrológicas al que había sido el paladín de las letras junto a Ibsen. “Precisamente porque estaba en lo más alto, su caída fue terrible –explica–, pero nadie entiende por qué hizo lo que hizo, el país se quedó absorto y se ha mantenido así, entre la ira y la reflexión, durante cincuenta años”.

Poco después de su muerte, mientras los periódicos bogaban entre el desprecio y la discreción, se editaron sus obras completas y la edición tardó muy poco en agotarse. Frases como “no digas a nadie que estoy leyendo a Hamsun” comenzaron a escucharse en voz baja: la obra de Hamsun se estudiaba en la escuela, se emitía en forma de radionovela por la emisora estatal, pero toda mención al autor era… incómoda. Esta incoherencia dolorosa, mezcla de admiración por una obra y dolor por el ángel caído, fue atenuándose con los años. En 2009, año del sesquicentenario de su nacimiento, se ha construido en Hamaroy, donde tuvo su última residencia, una espectacular torre diseñada por Holl, torcida y negra: el Centro Hamsun, homenaje y recuerdo de una vida con doble sentido. Se han celebrado festivales y conferencias, se ha reeditado, ha vuelto a los medios de forma más positiva.

Eso sí, sigue habiendo voces disonantes: colectivos de memoria sobre el Holocausto, políticos de ambas tendencias ideológicas. En la plaza de Grimstad, donde los tribunales lo condenaron, se erige hoy un monumento en su honor que alguien decoró después con esvásticas. La reina de Noruega respondió entonces a la indignación diciendo que los homenajes a Hamsun serían una lección contra el totalitarismo. Repasando su última obra, La senda por la que crece la hierba, Kirsti Baggethun nos dice que Hamsun no se defiende de forma escandalosa. Sencillamente espera a que la tormenta pase, habla de lo que fue su amor por la vida rústica, su creencia en el individuo libre, y espera que “dentro de 100 años todo se haya olvidado”. El tiempo pasa mientras su genialidad sigue brillando en los libros. Europa, la que acoge a las víctimas de todas las ideologías, comienza a perdonar a los que más daño le hicieron. Porque toda obra de arte es un bien indispensable.

Noticias raras, noticias curiosas, noticias inverosímiles. El blog del doble de Arnold Schwarzenegger, con las cosas más raras que pasan, todo en español. Se llama Los gozos y las sobras.

JON BILBAO, Como una historia de terror, Ed. Salto de Página, 248 páginas

Sobre Jon Bilbao ya escribió Álex García Ingrisano aquí una extensa y elogiosa crítica acerca de su novela El hermano de las moscas, de manera que este segundo libro, “Como una historia de terror”, publicado poco después del primero bajo el mismo sello editorial, necesitará poca referencia a la indiscutible genialidad el autor asturiano para contagiar al lector de una inquietud creciente y desoladora.

Lo que me anima a dar pábulo a su libro de relatos es que en esta ocasión, Jon Bilbao se ha concentrado, más si cabe que en su novela, en utilizar la narración como arma psicológica. En estos momentos, la literatura española tiene abierta todavía la brecha entre los narradores descendientes del rancio realismo de mitad del siglo XX, heredado a su vez de los avergonzados maestros del XIX, y los que tras los pasos de Vila-Matas se lanzaron a la nueva novela de ideas, donde el narrador es una voz pensante desinteresada en gran medida de la anécdota o el detalle. Tras Vila-Matas la literatura llamada posmoderna ha revitalizado el panorama, con autores como Alberto Olmos a la cabeza de la renovación.

Pero ha habido que esperar a Jon Bilbao para que la narrativa pura tuviera verdadero lustre, a no ser que algún rapaz se me haya escapado por completo todo este tiempo.

La narrativa de Bilbao es meticulosa, fría, casi cinematográfica. El estilo es tentador y ha llevado a multitud de autores anteriores a la mediocridad de historias con cierta gracia que llegan al lector encerradas en voces salidas de la factoría Carver. Una larga lista de aspirantes a los que en opinión de este crítico ha arrebatado el puesto el autor en que nos centramos hoy.

La colección está compuesta por ocho relatos de los que sólo extirparía quirúrgicamente el primero: Prolegómenos. Jon Bilbao es tan violento a la hora de introducir de un jeringuillazo el terror psicológico que conduce al centro oscuro de sus narraciones, que la mera presencia de un prolegómeno resulta inoportuna. Sin embargo, el primer relato, más alejado de la literatura que los siguientes, no es malo. Contiene suficiente materia invisible como para seguir leyendo. Dos ciegos homosexuales, las muñecas de uno adornadas con el sarcoma de Kaposi, cenan en el mismo restaurante que una pareja que viene de adquirir un juguete sexual tan misterioso como un antiguo mecanismo de tortura. Así es la literatura de Jon Bilbao.

Podría ponerme referencial y traer al estrado a David Lynch, con cuya cinematografía seguramente resulte exagerado comparar al autor, pero que explota exactamente la misma inquietud inerte en que Bilbao ha encontrado su rasgo diferencial. En el capítulo primero de Twin Peaks, cuando el agente visita la comisaría del pueblo, una cabeza de ciervo disecado está, por alguna razón patética, puesta encima de la mesa de interrogatorios.

Las apariciones animales en los relatos herméticos de “Como una historia de terror” son constantes. Un coche abandonado en medio del desierto, un turista que se acerca y un mexicano que le advierte de que el vehículo está lleno de tarántulas. Jon Bilbao emplea sin piedad la amenaza de criaturas cuya voluntad es permanentemente ajena al personaje. Arañas, ardillas u hombres, presencias que hacen totalmente imposible el curso normal de los acontecimientos.

El suspense de sus narraciones me inhibe por completo de comentar cualquiera de los relatos. Basta estudiar su influjo, Bilbao no es un escritor de estrategias sino de armas, nada que ver, por ejemplo, con la amenaza del “Nadie se va a reír” de Kundera, donde los actos crean el cerco. En estos relatos el cerco se genera siempre desde dentro. Los recursos narrativos de estructura al estilo de las novelas de detectives son aquí la herramienta para concluir historias, mientras la sensación desoladora sigue creciendo encripatada en los detalles.

El segundo libro de este autor confirma la opinión de que también para la narración pura hay nuevas voces. La originalidad vistosa y las conclusiones elaboradas del otro lado del ring pueden descansar los puños: Jon Bilbao nos da una buena razón para pasar una tarde entera encerrados en su prisión psicológica de alta seguridad.

Escribir por escribir

Enero 18, 2009

La novela luminosa, de Mario Levrero. Editorial Mondadori, 2008. 550 páginas

Algo extraño pasa cuando nos importa más lo que le pasa a un escritor que la luz que pueda arrojar sobre las tinieblas del pensamiento. Pero el caso es que está pasando.

Mario Levrero recibió una beca de la Fundación Guggenheim para dedicarse a un proyecto en el que ya había fracasado veinte años antes: la escritura de La novela luminosa. Alberto Olmos me regaló el libro y tenerlo entre las manos me produjo pereza: seiscientas páginas con una contraportada donde el editor dice que Levero, finalmente, fracasó de nuevo en su proyecto. La novela luminosa es, tal como llega al lector, el diario de un año en la vida del escritor que intenta escribir y no puede. Seiscientas páginas de narración sobre las cosas mínimas del día. Levantarse pasado el medio día, jugar al ordenador, crear programitas para Windows, observar los ritos funerarios de las palomas en torno a una compañera muerta en la azotea de enfrente, quejas sobre la mala salud, la abulia, el fracaso amoroso con una mujer oculta bajo el apodo Chl.

El libro estuvo esperando, me hubiera gustado regalárselo a alguien que fuera a viajar a Montevideo pronto, quitármelo de encima. Pero antes decidí hojearlo un poco, ver, al menos, el estilo. Y La novela luminosa está en la estantería, leída y anotada. Y es un libro que arroja verdadera luz sobre el lector.

Es un libro mucho más que interesante: no hay datos de interés en ninguna de sus páginas. Mario Levrero no quería escribir, pero se obligó a sí mismo a hacerlo cada día. Escribir, aunque fuera, “no me apetece escribir hoy”. Y lo hace. Generalmente cuenta mucho más: he fregado los platos, he leído dos novelas policiales de la colección Rastros, he llamado a los técnicos para que me instalen calefacción. Lo que cuenta uno mismo de su vida y lo que, después de leer su versión, tiene que creer el lector. Se diría que en la autobiografía es donde está el narrador menos creíble, seguida de las cartas y los diarios si otra verdad que no sea la que le importa a quien la escribe tuviera la más mínima importancia. Porque sabemos, deducimos, que Mario Levrero no era un seductor, pero seguimos con pasión su historia con Chl. Y sabemos que Mario Levrero era un gran escritor, pero nos preocupamos por la marcha fracasada de su escritura. Y de su atención constante a sus pequeños achaques, arrancamos la información de que Mario Levrero es un hipocondríaco, pero le quedaban sólo dos o tres años de vida.

La novela luminosa llega al final de un diario que ocupa cuatro quintas partes del libro. Y la novela luminosa no es más que un nuevo ángulo en la sempiterna oscuridad del escritor. Mario Levrero debía ser un hombre simpático. Habla de los alumnos de su curso de escritura con devoción, y lee humildemente a Rosa Chacel y un millón de autores policiales totalmente olvidados. En su autocompasión no hay patetismo.

Tampoco es lo que hace Enrique Vila-Matas en Dietario voluble. El intento de Levrero no pretende enseñar nada a nadie, ni siquiera dejar grabado en el tronco de su bibliografía el testimonio de su aprendizaje.

Es momento de reivindicar como género de escritura escribir sobre la ausencia de la palabra. Pocas veces se atrevería un autor a dar al editor un texto como éste. Las pequeñas cosas de la vida de alguien no interesan a nadie, porque Levrero no sube a una montaña ni prende fuego a una aldea, ni lanza, como Barón Biza, ácido en la cara de su mujer. Sin embargo leer el paso de las horas de un escritor acerca a la escritura.

El mismo Alberto Olmos está siguiendo esta senda, por fin algo nuevo en la literatura del siglo. En su blog Hikikomori sus lectores pueden acompañarlo todos los días en la escritura de su sexta novela. Y como Levrero, habla más de lo que no es la escritura que de la escritura misma, porque como Nietzsche supo, siendo precursor, en Mi hermana y yo, la escritura es lo contrario que la vida. Y la escritura de la vida luchando contra la escritura es, quizás, el camino al que llevaban los desnortados últimos pasos de la tradición y el canon. Mi hermana y yo es la lucha del silencio contra la palabra y La novela luminosa es la batalla entre la pereza y el trabajo de escribir.

Escribir no es bonito, no es un placer. Quizás sí lo es la actividad, porque cuando Levrero consigue escribir sus tormentos cotidianos deja de ser el Levrero que los sufría. Pero ponerse, ponerse a escribir es lo duro.

La novela luminosa es la novela que Mario Levrero se puso a escribir. No es fácil dar con un libro tan espontáneo, claro y luminoso como éste.

Antiabortistas

Noviembre 9, 2008

Una carta que me sacaron en El País (las cartas al país, un vicio sano)

“Llamar a los fundamentalistas religiosos que se niegan violentamente a que las mujeres tengan la posibilidad de abortar “grupos pro vida” es un error semántico y político. Los grupos antiabortistas se hacen llamar “pro vida” porque defienden la idea de que las mujeres que deciden el aborto y los médicos que lo llevan a cabo son homicidas, y se ensalzan como salvadores de futuras vidas.

Sin embargo, si se les llama antiabortistas no se les ofende, porque están en contra del aborto, y se dice la verdad: que son personas en contra de que otras actúen, en uno de los momentos más íntimos y dolorosos de su vida, según su sentido común. A personas empeñadas en interferir con la vida de mujeres que no conocen es mejor no elevarles la categoría con un nombre que no les corresponde.”