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“El talento de los demás”. Alberto Olmos. Lengua de trapo, 2007. 318 páginas.

Alberto Olmos (1975) ha publicado cuatro novelas que son una escalera firme que va subiendo. “A bordo del naufragio”, que en 1998 fue finalista en el Premio Herralde, el año que ganó Bolaño, fue una novela de despunte, ambiciosa en la forma y desastrosa en todo lo demás. La segunda, “Así de loco te puedes volver”, apareció un par de años después y desapareció al poco tiempo en la desidia de la editorial de la Caja de Ahorros que le dio un premio. Pasó tiempo, Alberto Olmos creció y viajó a Japón, donde escribió un blog que luego se convertiría en “Trenes hacia Tokio”, su tercera novela, y curiosamente, dado el proceso de escritura yuxtapuesta, su libro quizás más correcto. “El talento de los demás”, su última novela publicada, recorre ese largo camino, su estilo es ambicioso y distinto en las tres partes que la componen, y en esta ocasión funciona perfectamente. Estamos, sin duda, ante su novela más interesante.

Alberto Olmos persigue el talento entre los personajes de la novela, lo atrapa, lo disecciona. ¿Quién tiene talento? ¿Quién tiene talento para asegurar que otro lo tiene? El padre de Mario Sut, el protagonista, se tiró por la ventana delante de él. El niño se convirtió en un violinista prodigio, viajó por hoteles y auditorios por todas partes sin otro objetivo que ganar, que estar lejos de casa. Pero cuando crece, todo cambia y, como si le cambiase la voz al niño cantor, su talento para las cuerdas desaparece. El protagonista se convierte en un don nadie ante nuestros ojos, se disuelve irreversiblemente en un charco de ácidos, pero la manía del talento persiste. Mario Sut, que buscaba y describía el talento de su interior, buscará y estudiará el talento de los demás. El talento es una lucha interna, una capacidad para hacer bien algo, que se devora a sí misma y exige hacer las cosas mejor que los demás. El talento propio y el talento de los demás siempre están en guerra, siempre en la íntima tensión de la competitividad. Esta novela responde a un sentimiento muy peligroso y antiguo: la sensación generalizada de que todo, y especialmente el arte, estriba en la necesidad de ser un genio indiscutible.

Los mecanismos que mueven a los personajes de la novela están fuertemente hilvanados a esta exigencia humana de escalar a la cima o morir en el intento. Nadie está suficientemente arriba si no puede ver las cabezas de los demás. En “El malogrado”, Thomas Bernhard escribe sobre la influencia del genio en los demás, temática con la que esta novela puede encontrar firmes conexiones.

El dominio de la psicología del artista contemporáneo que hay en el libro me parece un verdadero hallazgo. Olmos no huye de los tópicos, sino que se recrea en ellos, con una mirada sarcástica y un tratamiento despiadado de los personajes, en un juego interesante al estilo Faulkner en “Mientras agonizo”, en que los personajes desarrollan sus monólogos contestado y sumando su voz a la de los demás. Tenemos delante, así, una novela que está hablando, como tantas otras de los autores de su generación, sobre las aspiraciones de personas de esa edad, con una variante importantísima: Olmos tiene una prosa precisa y creativa, y unas metas que saltan mucho más allá del costumbrismo en que se quedan muchos otros, y en el que él mismo torció sus primeros pasos.

La segunda parte sirve para explicar todo esto. Radicalmente distinta a la primera, que giraba en torno a Mario Sut, es un mosaico que se aleja de él, convertido en telefonista, y se centra en el rodaje de un corto donde coinciden jóvenes cuyo talento se escabulle en distintas direcciones. Escritores de novelas inéditos, cantautores petardos, actores y actrices de poca monta, acróbatas en una sociedad que los reclama para otra cosa, pequeñas llamas flameando bajo la lluvia. Sus voces están bien diferenciadas pero quizás a veces excesivamente situadas en la naturalidad oral, en un trabajo discutible como planteamiento literario: entre reflexiones importantes e incluso audaces, la impostación de la lengua resulta un poco manierista. Sin embargo, la parte más generacional del libro, en la que personas corrientes que tenían un sueño de talento son absorbidas a la vida corriente por el irremediable paso de los años, no cae. Mantiene un vuelo alto, mantiene esa búsqueda desesperada del genio en la aceptación de Mario Sut. La presencia del exviolinista en este grupo de ansiosos, rodeada un poco místicamente de un halo de genio abatido (y el genio abatido es quien ha estado más alto, quien de más alto ha caído, un dios, un astronauta), hace reaccionar a los personajes, a sus voces, a sus talentos. Y esto es un acierto. Por otra parte, la estructura es ingeniosa, y descansa en una paradoja: es como si los personajes, una vez que aportan su voz al libro, pudieran ser leídos por el siguiente que va a narrar.

La búsqueda del talento es un camino doloroso y necesario. “Todos tenemos talento, pero sólo unos pocos consiguen saber en qué”, aforismo insignia de esta novela, provoca, en el libro y fuera del libro, una reflexión detrás de otra. Vivimos en una época en la que a los jóvenes nos han permitido elegir, nos han permitido hacernos ilusiones, leer a Kafka a los quince años debería estar prohibido porque uno piensa que es Kafka, leer a Bernhard a los veinte también, porque a los veinticinco, a los veintiséis, cuando el talento de los demás sí ha emergido, nadie es Bernhard ni ha sido Kafka, nadie es nadie, o en el mejor de los casos, uno es uno. Pero creemos en cosas durante años, hacerse un descreído necesita el descrédito de los demás. No creo que todos tengamos talento y sólo unos pocos consigan saber en qué. Muchos de los personajes de la segunda parte de la novela no tienen talento. Mario Sut ha perdido el talento. En los personajes de la novela, la obsesión es ser el mejor en algo. Reafirmar que si están en el mundo es por algo, dar sentido al mundo con el resplandor que uno mismo desprende.

Poca gente tiene talento, pero muchos se arrastran para buscar el suyo. Alberto Olmos, por ejemplo, se arrastró al principio y ahora, un poco embarrado todavía por su búsqueda, lo muestra. Esta novela es un acto de talento, como la anterior. Como todo acto de talento, da la sensación de que hay partes poco pulidas. Algo en el estilo busca padres en la literatura española, galantea con la crudeza y la sensibilidad del retrato del primer Cela, con la verborrea hábil de Umbral, con la acumulación inteligente de Marías, sin llegar a definirse por completo. Es una pena especialmente el final, las últimas treinta páginas en las que un japonés coloquial irrumpe en el tono sublime y muy literario de la última narradora de la novela (una de las de la segunda parte, una de las que buscaban el talento de los demás y el propio, y quizás uno de los personajes con un talento más real y una ambición menor). Pero concluir una obra de arte cerrándola en su perfección significa no escribir una obra de arte mejor o andar haciendo siempre la misma obra de arte. Olmos se da una oportunidad fastidiando el final por el tono. Un japonés viene en ayuda de la carrera del autor cargándose el final de una novela buenísima. No pasa nada. Mejor así. Ser el mejor no es solamente imposible. Ser el mejor es convertirse en el peor cayendo por una escalera al siguiente paso. Todo huele a Wilde y a Bernhard en el talento de los personajes de esta novela, porque la búsqueda del talento es vanidosa y vital, y está regida por una misteriosa fuerza sobrehumana, e íntimamente relacionada con la autodestrucción, con la construcción equivocada del yo.

Llegados a un punto, Mario Sut se pregunta: si no tengo talento ¿entonces quién soy yo? ¿Soy algo entonces? Elegir entre la vida y el talento es el vía crucis que plantea esta novela. Mario Sut y todos los demás, están solos hasta que dejan de estarlo. Tienen talento o pueden tenerlo hasta que lo pierden o dejan de pensar que lo tienen. La vida o el talento gana, nunca los dos. Así, Alberto Olmos firma su novela más audaz, una búsqueda en la psicología del talento, en la arquitectura del talento, que es sincera y encuentra, porque respira dentro de la literatura y permite a las palabras que digan lo que tienen que decir.

Aunque a ratos nos parezca que algunas palabras han hablado más por obligación que por necesidad, no importa. Hay buenas noticias para la siempre inminente literatura española.

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