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“Camino a campo abierto”, de Arthur Schnitzler. Traducción de Paula Sánchez de Muniain. Prólogo de Salvador Gutiérrez Solís. Editorial El olivo azul, Sevilla, 2007. 400 páginas.

La muerte repentina del padre del barón Georg von Wergenthin, mientras paseaba apaciblemente por el campo abre, filtrada por los recuerdos del hijo, la narración de un año de cambio en la vida del joven barón en la novela “Camino a campo abierto”. Como todo en la literatura de Schnitzler, esta muerte está cargada de un profundo simbolismo. Entre las obras del autor, ésta es la novela quizás más cercana a la monumentalidad canónica del limbo romántico-realista del cambio de siglo. Presenta una tríada de escenarios humanos superpuestos que conforman un ambicioso retrablo: la vida de Georg, el círculo de la alta sociedad vienesa en el que habita y el colapso del imperio.

Así, la muerte del padre no debe entenderse solamente como la desaparición de un personaje y la génesis de un terreno de penumbra en la vida del hijo. La sombra de esta defunción abarca los tres aspectos de la novela: evoca la degradación completa de una sociedad, del hundimiento tranquilo y diletante de una forma de vida que dio paso, como sabemos ahora y Schnitzler intuía oscuramente, a la barbarie europea. A una nueva sociedad que sería un hijo que nace muerto.

El estilo de la novela es profundamente otoñal y decadente. Casi todas las descripciones ambientales evocan la oscuridad que se cierne y que no ha llegado todavía, a la manera de los símbolos poéticos románticos. “Después propuso que deberían tumbarse en el prado durante media hora al sol, aprovechando su presencia que a buen seguro no iba a durar mucho. Todos estuvieron de acuerdo.” Schnitzler consiguió que su literatura fotografiase a los que se convertían en fantasmas y se ocultaban de las sombras. “El esplendor amarillo rojizo del otoño se extendía sobre las colinas. Había poca gente sentada al aire libre, la mayoría estaba en la terraza acristalada, como si no confiaran demasiado en el calor engañoso de un día de finales de octubre en el que de vez en cuando corría un viento peligrosamente fresco”. Las referencias a un final oscuro y advenedizo son constantes, y especialmente perturbadoras en el tema judío. Después de conversar largo rato con dos judíos sobre la conveniencia o no del sionismo y los asentamientos en Palestina, y despedirse de ellos, “Georg tuvo de pronto la sensación de que ese joven que se alejaba con el abrigo agitándose por el viento y la cabeza ligeramente caída de ninguna manera se dirigía hacia “su casa”, sino a algún lugar desconocido al que nadie pudiera seguirlo.”

Quiero decir que resulta extremadamente interesante esta novela porque capta con la precisión de “El mundo de ayer” de Stefan Zweig el fin del “estado de la seguridad” de aquella sociedad tranquila, que no fue sucesivo al caos que sobrevendría después. La paz murió sin que muchos se dieran cuenta, y al barbarie encontró su cadáver; la sociedad burguesa austríaca se había condenado por sus propios vicios, pero la existencia continuó en el mismo terreno en que estaba ya sembrado el terror. En aquella sociedad desnaturalizada, ceñida por el corsé burgués de las buenas costumbres pero traidora a sí misma y corrupta, los hijos desafiaban a los padres. El antisemitismo se expresa en cada página (como en otras obras de Schnitzler, a las que hay continuas referencias). La muerte del padre de Georg es la muerte de todos los padres, de la patria conocida hasta el momento. “No existen las nuevas ideas. Nuevas intensidades, eso sí”, dice acertadamente uno de los padres a uno de los hijos en esta novela, y creo que es esa una de las sentencias que explican el tema central. Y la respuesta de los hijos, o más bien la respuesta de los tiempos (la condena al pasado), es la siguiente: “Leo opinó que el mundo iría mejor si los padres aprendieran más a menudo de las experiencias de sus hijos en lugar de exigir que éstos se adaptaran sin más a la sabiduría de la vejez.” Pero esta juventud rebelde era también pasiva. La sociedad está retratada bajo los parámetros una parálisis (en el sentido queJames Joyce intuyó para esta palabra en su casi coetánea colección “Dublineses”) en la que se habla de un cambio que nadie se atreve a forzar.

Sin embargo, la explicación a estos hechos irrefrenables viene dada en este fabuloso libro por medio del estudio de la psicología humana, tan audaz y precisa en Schnitzler que Sigmund Freud llegó a considerarlo su “doble literario”. El retrato humano de Georg es de una profundidad abisal. Los mecanismos de su ánimo y de su voluntad son meridianos. No debe olvidarse que Schnitzler había escrito en 1900 “El teniente Gustl”, primer modelo de flujo de conciencia en lengua alemana, y que en 1923 llegaría a una posición muy avanzada de esta técnica con “La señorita Else”. Schnitzler convirtió en literatura los espacios vacíos del conocimiento humano. El joven Georg, que reacciona sensiblemente a la sutileza de los comportamientos de los demás personajes, se convierte en una especie de cuerda de arpa que registra cualquier vibración y la amplifica sonoramente.

Su vida acomodada y fácil provoca en el protagonista una grave crisis existencial. La muerte del padre, que regresa a él en las palabras de pésame de sus conocidos y se transforma en su psique en un sentimiento de culpa vago y desagradable, conduce también al incómodo terreno de las expectativas. “¡Padre!… La palabra, casi sombría, se hundió pesadamente en su alma.” El deseo de Georg es convertirse en un célebre compositor, tener aventuras amorosas, pero las circunstancias condenan estos afanes, la estela decidida de su hermano Felician y la causticidad wildiana de su amigo Heinrich, lo sitúan frente a complicadas tesituras de decisión. Y en el terreno subcutáneo, siempre la memoria emocional, uno de los grandes hallazgos de “Camino a campo abierto”, que encuentra curiosamente el mismo hilo de la madeja que años después emplearía Marcel Proust. Pero la escena de la memoria recobrada por medio de un estímulo sensorial, casi análoga a la de la magdalena, no provoca en el protagonista de esta novela ninguna sensación sublime. Y esta frialdad tan cargada de simbolismo, conduce a la angustia.

Arthur Schitzler, judío acomodado, amigo de Hugo von Hofmannsthal yHermann Bahr (con ellos fundaría el Círculo Joven de Viena), que cosechó importantes éxitos con sus provocativas obras teatrales y sus narraciones, tuvo experiencias parecidas a las de su personaje. Tuvo un hijo extramatrimonial con la mujer que amaba. Convivió con el antisemitismo embrionario del nazismo (sus libros se quemarían, años después, en el famoso espectáculo de Goebbles). Un paso atrás hacia el pasado en que tiene su lugar la paradigmática “Adiós a Berlín” de Isherwood, y un paso hacia dentro, hacia el verdadero útero, Austria, para demostrar que el origen de la descomposición era éste.

Pero por encima de todo, Schnitzler supo mirar a Austria con la frialdad necesaria, y encontrar los canales subterráneos por los que corría la historia de Europa. La tierra en que después germinarían las literaturas de Thomas Bernhard y Elfriede Jelinek es la que Schnitzler retrató en esta novela, que advierte que ninguna paz es perpetua; y aún más, que en la paz, en el silencio, el hombre sigue condenado a mirar de frente a lo desconocido: a sí mismo.

La reciente editora “El olivo azul” certifica con la publicación de este libro que su línea editorial será enriquecedora para el panorama de publicaciones en España. Con un buen hacer y un catálogo que recuerda a El Acantilado, se da a sí misma una calurosa bienvenida.

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