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“Cuentos completos”, Leopoldo María Panero. Edición de Túa Blesa. Páginas de Espuma, 362 páginas.

Leopoldo María Panero es nuestro poeta maldito, y por eso tenemos que cuidar y odiar a Leopoldo María Panero. Parece una tarea de los deberes del colegio. Aburrida e indiscutible. Rutinaria y antigua. Es difícil sostener un criterio frente a un poeta que además está loco, y que es una estrella del cine, casi del pop. No va a ganar el Oscar ni el Nobel. No va a sentarse en la Academia del Cine ni de la Lengua. Pero existe la posibilidad de acceder a sus obras completas, sin más anotaciones que los prólogos de Túa Blesa, y aislar el ruido que ha rodeado la vida maltrecha del autor. Como si hubiera muerto o hiciera ya cien años de su muerte. Vale la pena, y la editorial especializada en cuentos Páginas de Espuma ha juntado toda la narrativa publicada del hijo de Leopoldo Panero, en la que no hay nada nuevo salvo el hecho luminoso de la reunión en una zona de penumbra de su obra. 

Aunque la vida de Leopoldo María Panero no ha terminado, y aunque se resiste a la desaparición en los jardines del sanatorio que se llevó también a Robert Walser (todos los sanatorios son el mismo sanatorio, dijo en una ocasión alguno de los dos), sus obras completas ya están editadas. Un popular fotograma de “Después de tantos años”, documental póstumo de Ricardo Franco, que olía a muerte por todas partes y no precisamente a la del cineasta, muestra a Leopoldo al otro lado de unas rejas. Mira con una mueca hastiada, ya sin ese tragicómico umor sin hache que dijera en la de Chávarri. El agotamiento que expresa esa mueca es la misma que encuentro en el último relato del libro, el cansacio infinito de una mente extenuada por la literatura. El cerebro se rompe, la ficción destruye la vida. En “El desencanto”, Leopoldo María Panero dice que como el lenguaje no existe, necesita de una casta de sacerdotes que lo mantenga y vele por su pureza, y acusa a su familia de haber renunciado a la vida por el lenguaje, y de odiarlo a él por todo lo contrario. Qué mentiroso. Como todas las demás mentiras de esos narradores de sus propias vidas en la película, esa de Leopoldo María es parte de la misma ficción fagocitadora. El yo literario ha engullido al yo. Nadie comprende cómo Leopoldo María sigue con vida. Cuando se deja ver en pequeños recitales, fuma y bebe cocacola sin parar. Dice cosas raras y pone muecas. Sánchez-Dragó protagonizó uno de los últimos encuentros televisados con este irreductible maleducado en su programa de literatura, que podría servir como epitafio al discurso de una vida. Sánchez-Dragó, tengo que decir ya que lo menciono, no me gusta. Debe hacer diez años de aquello, y de pronto, como ahora, el poeta se ríe con las carcajadas de un ser infantil o infernal. Conejillo de indias de su propio impulso para la literatura, ha llegado a un lugar del que no puede escapar. El Libro de Panero, por lo que parece, tiene ya sus últimas palabras escritas:

“Hace mucho tiempo que llegué aquí: a este lugar en donde termina la vida del hombre. Dicen que me trajo un ciervo… un ciervo enloquecido golpeando la página, golpeando la página hasta morir”. El encierro y la literatura son la misma cosa. Los Panero quedaron envenenados desde su nacimiento por la literatura que fue toda la vida de su madre, Felicidad Blanc, esposa de poeta, como hijos de una enferma de sida. También en el alcohol hubo algo de veneno. “España es un país aburrido, y yo espero no serlo”, decía Michi. Pero en España, lo que pasa, es que falta valentía. La cultura en España está sembrada de poltronas y de hombres con amigos e hígado. Las universidades y los escritores se van de whiskerías, los grandes actos de comercio de las letras se celebran a puerta cerrada (de un bar). Y en un bar, o tienes buenos amigos o estás solo. España es un inmenso bar donde los escritores toman la decisión más importante, la de la ruina o la del triunfo. En España son valientes los toreros, los mineros y los pescadores, pero nuestra burguesía ha sido siempre desastrosamente cobarde y poco osada, porque la historia patria se ha encargado de encumbrar a los cobardes y de hundir a los valientes. Un poeta puede llegar a ministro de cultura. Poeta para referirnos a nuestro ministro y a Leopoldo María Panero es algo que genera tal confusión y malestar, que los tristes y abrumados académicos aplican la coletilla “maldito”.

Max Estrella, trasunto de Alejandro Sawa en la mente sin igual de Valle-Inclán, en la mejor novela que se ha escrito nunca en España, que se llama “Luces de Bohemia” y alguien dirá que no es una novela, dice al preso catalán: “Soy poeta, y tengo derecho al alfabeto. Yo te bautizo Saulo”. Los académicos no son poetas, y han robado ese derecho. ¿Cómo se llamaría Panero a sí mismo? Lo sabemos. Está en la poesía y en los relatos, no voy a desvelarlo, compra los libros. 

En una carta a Rubén Darío escrita tras el funeral de su amigo, Valle-Inclán dice que Sawa tuvo el final de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso. Bien, pues cuando en un país de “mastodontes y hormigas” Leopoldo María Panero se enfrentó al resto de los novísimos, y aún más, al resto de los poetas, se le rebautizó. Es verdad que una paranoia ya estaba presente y ruidosa en sus discursos públicos, y que invitarlo a un cóctel o a una conversación en el café Gijón no era una decisión inteligente. De manera que se le perdonó la vida, se le rió la gracia, se le cambiaban los pañales y se le permitía interrumpir de cuando en cuando. “Ya morirá, pensarían, y lo haremos nuestro con homenajes”. Pero el homenaje llega antes que la muerte.

Esa locura le permitió seguir siendo el poeta maldito de las letras españolas, “el último poeta”, tal y como lo ha llamado Túa Blesa. Este derecho a la supervivencia y su consiguiente antídoto contra la invisibilidad que sufren otros no menos buenos poetas, se sustenta en el odio. Pero alguien menos loco es odiado de otra forma. Al verdadero enfermo mental, como el que nos ocupa, se le pone la mano en el hombro, pero al digno enloquecido -y aquí el matiz separa a Panero-Sawa de la figura del héroe Estrella- se le da la espalda. Gracias a esta verdadera enfermedad, Panero no ha preocupado demasiado el ego de los delfines y tiburones, se le ha observado como a un cometa, se le ha esperado como a un astronauta. La mascota de la poesía española, algo menos gracioso que Fernando Arrabal, emblema de la movida junto a Alaska y Nacho Vegas, y que empieza a aparecer en camisetas de las chicas Nasti. En fin, dejemos a un lado la vida íntima, las miserias personales, no de Panero, sino de la cultura española.

Antes de empezar con el libro en sí, una única apostilla a esta atractiva edición: los cuentos podían tener algunas correcciones más en aspectos de puntuación. Sin embargo esta carencia no llega a molestar la lectura, y quizás ayuda a mantener el tono pomposamente academicista de algunos narradores.

Para los profanos, los cuentos de Leopoldo María Panero se estremecen entre líneas porque allí están los versos, y los versos siempre dicen la verdad: “Entre paréntesis una paloma, o un animal sin tierra en que posarse jamás.” La temática es siempre una sorpresa. Algunos recuerdan a los de Edgar Alan Poe. El autor es pretendidamente clasicista en el aspecto externo de sus libros “El lugar del hijo” y “Palabras de un asesino”, pese a que los desenlaces de sus narraciones llegan muchas veces a extremos de absoluta perversión y de terror. Los relatos son tan irregulares que no merece la pena ahondar en descripciones concretas. Una explicación general: de la misma forma que los poetas de la experiencia venden la ocurrencia y la canción de autor como poesía, no debemos comprar estos relatos como otra cosa que no sean poemas. La narración tiene poco o ningún sentido, el relato puede arrancar de una forma y acabar de otra, mientras que la expresión puede resultar por momentos incluso tediosa. Pero una y otra vez, entre líneas, los versos.

Hay terror en todos los cuentos, incluso en los que el lector podría interpretar como un arranque desordenado y superficial de locura. El terror es una constante en la vida del esquizofrénico y el miedo que respira en estos cuentos tiene la forma del silencio blanco de la noche. El néctar insípido y agotador de la demencia, la deformación de las cosas, la presencia inexplicable de un objeto donde no debería estar, la existencia o cercanía de un elemento inofensivo percibida como una amenaza mortal, como un espacio cerrado y repleto de violencia, que quieto y mudo quiere estallar. Ángeles Cáceres Lescarboura, en su libro injustamente descatalogado “Los habitantes del pozo”, entrevista a presos de la cárcel manicomio de Fontcalent. Como sabemos, hay una extraña relación entre la creación y elaboración de proyectos y la esquizofrenia. Los locos envían cartas al rey con nuevos modelos para el diseño de tanques, escriben poemas, pintan cuadros. Sin embargo, los locos no están preparados para hacer lo que Leopoldo sí consigue hacer, porque en él la genialidad nace primero y luego la enfermedad la dispara al infinito. En sus relatos los delirios se convierten en literatura, y se contagian, y aprendemos que el mundo no ofrece protección ni confianza sobre cierto tipo de hechos comunes o excepcionales; que la irrealidad y en último término la literatura amenazan constantemente a la débil paz de la realidad. 

“Al cabo de infinitos años, algunos niños juegan en un campo solitario, al atardecer, aprovechando que ese es el primer día en que no llueve: ha llovido, en efecto, sin cesar durante días, y la lluvia interminable ha removido la tierra, abriendo el camino a sus secretos repugnantes. Juegan con el lodo que no ha tenido tiempo de secarse y, cuando están sumergidos en esa labor, sus manos tropiezan con un objeto sólido que emerge apenas de entre el barro y que resulta ser una tosca caja de madera, cerrada con fuertes y mohosos candados. Pero lo que les hace salir corriendo en busca de la ayuda de sensibilidades más cicatrizadas es la sensación, que luego, a la vista del contenido real de la caja, se demuestra absurda, de que dentro algo respira.”

Hay que avisar de algo al lector de este libro antes de finalizar: leer a Leopoldo María Panero es un ejercicio que, cultural y referencialmente, no termina nunca. La memoria de Leopoldo almacena y recicla constantemente fragmentos de todo lo leído, que afloran en los relatos y los poemas con una nueva forma. En un periodo literario que parece marcado por la necesidad de homenajes o plagios en mitad de la escasez de imaginación y el desarrollo de nuevas pistas de aterrizaje de la mente en la realidad (o de nuevos paracaídas, por hacer el juego a Huidobro), la intoxicación que nos han producido los pedantes resulta intolerable. Para colmo, y a la contra, llega al mundo y la platea una generación, la mía, desmemoriada gracias a la perseverancia de nuestros padres en educarnos para ser hombres funcionales y a nuestra propia dispersión -la de la época-, que se manifiesta incapaz de recordar una frase de Parménides (o de leer a Parménides) y colocarla como una banderilla en el momento y lugar de la página precisos. En un panorama como éste, aconsejar una lectura profunda y liberada de la suspicacia sobre un texto repleto de inconexión e histrionismo, y sabiendo quién está detrás del bolígrafo, me parece un palo de ciego. Pero el loco, que sabe mucho, que ha sido destruido por saber y leer demasiado, hace sus textos con todas las palabras del mundo. Buscarlas, perseguirlas, estudiarlas a lo largo de los relatos, es la mejor guía de lectura que uno puede utilizar. Y vale la pena complicarse la vida aunque el tiempo, esta vez, no sé si me dará la razón.

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