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Mi Ántonia. Willa Cather. Traducción de Gema Moral Bartolomé. Alba Clásicos. Barcelona, 2000. 382 páginas.

Este año se cumple el 90 aniversario de la novela Mi Ántonia, de Willa Cather. Estoy seguro de que un buen número de los lectores más cultivados de nuestra revista no habrán leído la novela, aunque sin duda muchos habrán oído hablar de Willa Cather en una lista del tipo William Faulkner, William Saroyan, Willa Cather, etc… o en la ya célebre entrevista en que Truman Capote relataba su primer encuentro con una de las madres de la literatura norteamericana del siglo XX. Bien, es un buen momento para acercarse a Mi Ántonia, novela capital de la escritora, que en 2000 editó, con una traducción brillante y la elegancia que es ya su marca, Alba Editorial.

Mi Ántonia encaja a la perfección entre los epígonos de la novela de experiencia tan fecunda en el siglo XIX, en la que el narrador cambia su visión del mundo a lo largo de la narración, y combina esta estructura clásica con elementos propios de la literatura que en los años 20 estaban inventando los autores de la órbita del interior del país. Esta novela y esta autora pueden colocarse geográficamente en la literatura Norteamérica de la siguiente forma: Al noroeste del río Mississippi de Faulkner y al este de la California poblada de armenios de Saroyan; al norte de las peligrosas extensiones sureñas de Capote y Carson Mc Cullers, se extiende Nebraska, la tierra donde convergen las aguas. Nebraska significa, en el idioma de los indios Oto “agua plana”, es decir, casi lo mismo que Yoknapatawpha -“el agua que corre sobre tierra plana” -el condado imaginario en que situó Faulkner gran parte de sus conflictos.

Allí, a la Nebraska de los primeros inmigrantes, llega el pequeño Jim Burden, cuyos padres han muerto, para vivir en la granja de su abuela. La tierra que soportaría con sus cosechas de maíz los estómagos de la Segunda Guerra Mundial, era por aquel entonces un páramo. “No había más que tierra por todas partes: no era un país, sino la tierra de la que están hechos los países”, escribe el asombrado narrador Jim Burden.

Esa tierra plana, poblada de matorrales rojos que se incendian por las tardes y por enormes serpientes de cascabel, es aquella en la que arraigaron las familias de bohemios, rusos y noruegos que integran los personajes de la novela, y es también donde de la misma forma casi milagrosa arraiga la literatura norteamericana. Las primeras granjas, como la de la familia de Jim Burden, que no son sino el recuerdo literario de la granja de la familia Cather, pueden entenderse también como una gran metáfora: la literatura más viva, activa y renovadora que sigue escribiéndose aun en este momento creció también en esas tierras.

La tierra es uno de los elementos centrales de la novela. El narrador comienza su historia cuando el viaje lo deposita, dormido, en Nebraska, una extensión vacía e interminable “Lo único destacable de Nebraska es que no dejó de ser Nebraska en todo el día.” Pero Nebraska se llenará en Mi Ántonia. Se llenará por completo. Allí nacerá el impulso narrativo, la trama, y la gran enseñanza de esta novela. Las familias con que se relaciona el pequeño Jim están arraigadas a la tierra como las propias plantas. A la tierra deben su trabajo, su prosperidad o su ruina. Pero son “plantas replantadas”, injertos en un país extraño.

Puesto que el narrador ha llegado a través de una gran distancia, la fascinación por esa tierra es constante en las primeras partes de libro. Y el estilo, lleno de imágenes y de historias, contagia de ese asombro infantil de una forma que recuerda invariablemente a “La comedia humana” de Saroyan: “Tal vez me hallaba aún bajo la impresión del largo viaje en ferrocarril, pues predominaba en mí, sobre todas las demás, la sensación de movimiento en el paisaje; en la brisa fresca y ligera de la mañana, y en la tierra misma, como si la tupida hierba fuera una especie de piel suleta y debajo manadas de búfalos galoparan, galoparan…”

Puesto que Nebraska era tierra de nadie, los inmigrantes iban aposentándose en pequeñas granjas rodeadas de inmensas extensiones de terreno vacío. En una granja vecina, se aposentan los Shimerda, cuya hija, Ántonia, será el leiv motiv del libro entero. Ántonia es una niña masculina, que no conoce el idioma del país al que ha ido a vivir, pero que será la única de la familia que lo aprenda en los primeros años de estancia. Sin embargo, desde niña demostrará su infinita capacidad para atraer a la gente, para demostrar su bondad y su tesón. “Ántonia me miró, y sus ojos, realmente, centelleaban las cosas que no podía decir.”

Pero en “Mi Ántonia” no hay un lugar destacado para el amor y el romanticismo. La tierra es dura, y condiciona, como he dicho, todos los aspectos de la novela.

Ántonia y su familia son el centro de la novela en cuanto a que son el motor de la más importante reflexión del libro: la nostalgia eterna por la patria. Pese a que desde muy niña Ántonia se ha criado en América, recuerda siempre, a través del recuerdo de su padre, su Bohemia natal. Una nostalgia dolorosa, la misma de Ulises en la morada rica y fecunda de Calypso, es la que Ántonia, su familia, y los demás inmigrantes que cuentan sus historias extrañas y hacen sonar sus raros instrumentos, han filtrado a través de las palabras de Willa Cather. “Me hace sentir nostalgia, Jimmy, esta flor, este aroma –dijo Ántonia en voz baja -. Teníamos muchas flores de éstas en mi casa, en mi país. Siempre crecían en nuestro jardín y mi padre tenía un banco y una mesa verdes bajo los arbustos. En verano, cuando florecían, se sentaba allí con su amigo, el que tocaba el trombón. Cuando yo era pequeña me acercaba para escuchar su charla; una charla hermosa como la que nunca se oye en este país”.

La narración acompaña el crecimiento de Jim, el de Ántonia, y el de toda Nebraska. De una forma natural, la ingenuidad del primer narrador se desvanece. La atmósfera onírica va cediendo a una visión crítica, y el intimismo de la primera parte va cediendo a un progresivo retrato social. Sin embargo, el encanto de la historia de Nebraska prevalece en todo momento, rivalizando con los protagonistas humanos de la novela. “Los miembros del primer grupo de exploradores habían atravesado las llanuras en dirección a Utah esparciendo semillas de girasol a su paso. Al verano siguiente, las largas caravanas de carromatos que llevaban a las mujeres y los niños no habían tenido más que seguir la estela de girasoles”.

Pero el crecimiento del narrador va comprometiendo la historia. La fascinación por la tierra se convierte en consecuencia y compromiso cuando el joven Burden va a vivir a la ciudad, abandonando el campo, porque descubre que Ántonia, que se ha quedado allí, se convierte en una bruta muchacha campesina. La ruptura sosiega a Jim, y se adivina un lamento por la deformación que encuentra en Ántonia. Lamento que encierra una gran parábola sobre la desigualdad, que Willa Cather retrata sutilmente, entrelazando la cadena de hechos, sin verter moralina ni juicios directos.

Es entonces, sin embargo, cuando Nebraska y sus habitantes empiezan su apoteosis. “Cuando chicos y chicas crecen, la vida no puede detenerse, ni siquiera en la más tranquila de las ciudades provincianas; y tienen que crecer, tanto si quieren como si no. Eso es lo que olvidan siempre sus mayores.” En la ciudad, Jim Burden asiste a una representación de la Traviata, conoce a familias de buena posición, empieza a leer a los clásicos. El crecimiento espiritual, que arranca finalmente a Jim de Nebraska, es el elemento que da coherencia al todo, el cierre perfecto a esta enorme parábola de la vida campesina, de la gestación de un país y una literatura que corren sobre tierra plana. Si bien la quinta y última parte significa un quiebro violento en el estilo (cuando Jim y Ántonia se reencuentran, después de una larga hipérbole), que desmerece de todo lo anterior y estropea, novelísticamente hablando, el final, es evidente que la intención de Willa Cather era precisamente escribir ese último capítulo.

Quien desarraiga su vida de la tierra, por arraigado que esté a ella en el corazón, muestra al volver un asombro diferente al del niño que llega por primera vez. Los velos mágicos que la edad echaba sobre la tierra se convierten en una máquina de juicio. Jim aprende cómo actúa la tierra sobre las personas, de qué manera precisa “dignifica” el trabajo duro. Y la mirada desvelada a los ojos de su Ántonia, que es el retrato de las campesinas sobre la que se pusieron los ladrillos del país entero, refleja esa enorme distancia, y la prueba de que dos espíritus afines prevalecen al otro lado de la extensa tierra de la desigualdad.

Así, “Mi Ántonia” es una novela humana, profunda, vitalista en la alegría y la desgracia; una mirada de niño que va creciendo al inconmensurable lomo de la tierra, tan sólida literariamente como indispensable entre las grandes obras de la literatura del joven siglo XX norteamericano. Con suma sencillez en el estilo y el enfoque, la novela retiene una realidad compleja que fue precisamente lo que se ganó la admiración de Faulkner y Capote, quien después de conocerla por casualidad en la New York Society Library, escribió lo que sigue: “¿Cómo había podido ser tan estúpido? Tenía una fotografía suya en mi habitación. ¡Por supuesto que era Willa Cather! Esos ojos color cielo sin fallas. La melena; el rostro cuadrado con el mentón firme. Me debatía entre la risa y las lágrimas. No había persona viva a la que quisiera conocer más; nadie que pudiera impresionarme más, ni Garbo, ni Gandhi, ni Einstein, ni Churchill, ni Stalin. Nadie. Ella se dio cuenta, aparentemente, y los dos nos quedamos mudos. Yo bebí mi martini doble de un trago”.

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