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”Río Quibú”, Ronaldo Menéndez. Lengua de Trapo, 2008. 155 páginas.

Ronaldo Menéndez ha plasmado en su novela “Río Quibú” un territorio caluroso de canibalismo y brutalidad en el arrabal de una ciudad caribeña sin nombre pero con un claro referente. Esta novela es la segunda parte de una trilogía que comenzó con “Las bestias”, de tema porcino –en el más humano sentido de la palabra- y pese a seguir anegada por la porquería en una parte, explora los límites entre lo canino y lo humano, entre la caza y la presa. Estamos ante uno de esos escritores que no tienen miedo de meterse hasta el cuello en la ciénaga de la obscenidad y la violencia, y que sacan de ahí abajo algo de valor. No se piense en el regodeo. Lo que quiere contar Ronaldo Menéndez está donde muchos, por pudor, por asco o por cobardía, se niegan a llegar. 

No faltarán melindrosos que sufran y dejen “Río Quibú” ni seguidores de Bukowsky que palmoteen en la superficie negra del libro. No perdamos de vista a la literatura: La nueva novela de Menéndez es, pese a ser muy breve, algo monumental, y pese a ser muy reciente, un escalón importante para las letras cubanas que se hacen fuera de la isla. 

Enmarcada por muchos dentro de la literatura “negra” –con un gordo malvado como vínculo entre “Las Bestias” y la nueva “Río Quibú” que uno imagina como un trasunto negro del gordo Orson Welles de “Sed de mal”- la bilogía que será trilogía representa un retablo macabro sobre la vida y la muerte en la Cuba de Castro (al que Menéndez llama el General, sin mencionar tampoco una geografía real). Este calificativo genérico de “novela negra” no debe confundir a nadie, porque la literatura de Menéndez es negra no sólo por tener una trama escabrosa por delante. La novela negra como tal puede ser negra de apariencia, con una masa de sombras echadas como sábanas encima de situaciones misteriosas sin ningún misterio real, o bien negra en sí misma, a la manera de Horace McCoy, en tanto que confunda y asuste como un largo túnel a través de las tinieblas humanas, donde los hechos son el vehículo que lleva a algún sitio, y no el fin en sí de la novela. Menéndez plantea una cadena perfectamente coherente de hechos y averiguaciones que van haciendo avanzar la trama de manera magistral, y entre tanto, mientras el lector se abre camino por el fango atento a los obstáculos, despliega los fogonazos de sentido interno donde más duelen. Así, el autor coloca a la víctima y al verdugo descuartizados y repartidos por todos los personajes. La novela engancha y horroriza, divierte, entretiene pero también subyuga gracias a la potencia de la prosa y al sentido último de las transformaciones.

El universo de donde penden estos pedazos descompuestos de humanidad es una Habana transmutada pese al esfuerzo del autor por no mencionarla, por situar la acción en una isla donde se habla de aquella forma y se bebe ron. “Río Quibú”, escrita hace más de un año, tiene un punto de inflexión en mitad de grandes cataclismos para la isla. Una especie de curso adulterado de la historia reciente –por no fastidiar a nadie la fabulosa sorpresa- actúa como McGuffin y trastoca la trama, al tiempo que construye una montaña de simbolismo político en mitad de la novela.

Tres son los grandes temas de “Río Quibú”: El poder, el sexo y la muerte. El choque de estos tres elementos es tan violento que Júnior, el protagonista, sufre una deformación esperpéntica, como le pasó al protagonista de “Las bestias”. Júnior, cuya misión es averiguar quién violó y asesinó a su madre, se interna en la barriada miserable que hay al otro lado del río Quibú. Esta gigantesca cloaca oculta no solamente el crimen contra su madre, sino algo gigantesco e infernal. En el infierno del Quibú, Júnior es un cazador perseguido. Adolescente, contempla el horror, se paraliza, y sigue creciendo en una línea deformada. 

Semejante al descenso de Orfeo a la mansión del Hades, pero con un héroe raquítico y un infierno de barro y sangre al otro lado del río y no de la laguna Estigia, las proezas consisten en adaptarse al crimen y la brutalidad mediante la transformación. La claustrofobia de este descenso al horror recuerda aKafka por lo opresivo y por lo trágico de su objetivo, aunque el estilo del autor salta y baila caribeñamente, sin empalagar. 

Se me ocurre que dadas las condiciones de Cuba y la habilidad de Menéndez para reflejar en espejos cóncavos la realidad de su país, podría establecerse un símil con Valle-Inclán y la España de Primo de Rivera. La hipertrofia del lenguaje y la animalización constante de los personajes, la oscuridad, lo laberíntico como camino narrativo, la sinceridad y el sarcasmo ante el horror y la miseria… Son muchas las conexiones entre épocas y autores.

La novela tiene una carga erótica que también va convirtiéndose en muerte, rápidamente en apariencia, pero lenta y calculadamente en el verdadero cauce de la novela. Tras la muerte de Julia se abren varios móviles posibles para su hijo: el criminal, el político y el psicológico. Julia se presenta enseguida como un símbolo de la libertad frente al régimen, libertad conquistada a través de una explosiva revolución sexual. El sexo es un arma de brutalidad más, y sobre todo, una forma de ejercer el poder y de rebelarse contra él: “Julia, más cuerda que nunca, acaba de descubrir el otro extremo del placer, su reverso complementario, el placer del derecho que tiene su sexo a ser negado”. Así, el personaje de Julia, pero también la relación de Júnior con ella y su recuerdo, es una palpitación que ya leímos en “La piel de Inesa”, primera novela del autor, y que podría ser una constante en su concepción de los personajes.

Después de llegar al final, y tomar aire, puedo decir que estamos ante una novela valiente, visceral y compleja, que exige lectores con las mismas características.

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