Etiquetas

, , , , , , ,

“El día del oprichnik”. Vladimir Sorokin. Alfaguara, 2008. 240 páginas. Traducción del ruso de Yuiia Dobrovolskaia y José María Muñoz Rovira.

Si en 2027 Rusia ha vuelto al Antiguo Régimen y un muro de hormigón la separa del resto del mundo, muchos nos preguntaremos cómo es posible que las cosas hayan llegado hasta ese punto. ¿Es esto una consecuencia -diremos –de la Historia de Rusia al completo, desde la época del férreo Iván el Terrible? ¿O todo se debe a las ínfulas nacionalistas y antidemocráticas de aquel Vladimir Putin que fue su presidente y a sus sucesores? Y también ¿se detendrá esta tendencia política en Rusia, o es el primer paso de una irreversible vuelta atrás en todo el mundo? Vladimir Sorokin, con su novela El día del oprichnik, adelanta algunas de estas preguntas. La novela, con esa situación temporal y cultural como escenario, ha removido a la opinión pública rusa e incluso a las altas esferas como si más que una novela fuese un vaticinio, o peor, un análisis político.

La novela “El día del oprichinik” es una ucronía sarcástica pero inquietante, cuyo autor, tras la publicación de la novela, se jactaba de considerarse uno de los más aborrecidos artistas para “el zar” Vladimir Putin. Y es que no han faltado, en los primeros meses de publicación, quienes han visto una clara caricatura de la Rusia de Putin en esta descarnada narración del futuro, en primera persona, de un día en la vida de un oprichnik. Los oprichnik, guardia personal de Ivan el Terrible, velaban por la conservación de la ortodoxia del régimen y funcionaban como una hermandad. La oprichnina exterminaba a los enemigos internos del zar (nobles), y era conocida por sus prácticas extremadamente sangrientas y violentas. Se caracterizaban por su indumentaria de monjes, y una rara insignia: la cabeza de un perro colgada de sus caballerías. El orpichnik, una figura mítica y temida en Rusia (en algunas regiones el orichnik es la amenaza invisible análoga al “hombre del saco”), ha sido protagonista de multitud de historias de ficción, entre ellas la ópera “The Oprichnik” de Tchaikovsky.

Pero, ¿resurgirán los orpichnik en el futuro? En un país donde los periodistas díscolos desaparecen (el actual), Vladimir Sorokin escribe sobre un país donde los periodistas, pero también los escritores, son un manso rebaño de ovejas que balan obedientes al son de la batuta del Soberano, y que son sacrificadas, no por desobedecer, sino al mínimo desafino. En un país donde los opositores políticos de Putin son perseguidos y difamados públicamente, y además son tan corruptos como el poder al que critican (nuevamente la Rusia de hoy), Sorokin aventura un país donde la oprichnina vela por arrancar las ramas mínimamente desviadas del tronco aristocrático del gobierno, asesinando sin contemplaciones al “noble caído en desgracia” y, de paso, quemando su casa y violando a su mujer. En una sociedad marcada por las clases, herencia del antiguo régimen, del largo invierno bolchevique, y gobernado después por una especie de aristocracia política helada como un témpano a las reclamaciones ciudadanas (la de hoy día), Sorokin aventura un reinado en el que la Soberana despierta a la puesta de sol, desayuna al anochecer, y se acuesta al alba. Y trae la crónica la voz del personaje más convencido de la conveniencia de todo esto: Andrey Koyaga, oprichnik aventajado.

Sorokin, como el maestro ruso Bulgákov, emplea el humor para lamentarse, la risa amarga como única forma de reclamar en una sociedad sin oídos. Como en el “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam, la ironía funciona en esta novela en su forma más descarnada: Habla el más estulto, se defiende el enemigo, un trasunto de diablo atribulado que, en sus palabras, levantaría los abucheos del público, incomodaría a quienes se sintieran retratados, y sería al fin el punto de fuga de la catarsis a la manera de los holocaustos antiguos. La novela es así tan desconcertante como divertida, porque la ironía esconde, convirtiendo unas cosas en sus inversas, lo que otros escritores hubieran enfrentado frontalmente. Quizás algunos excesos lúdicos del autor, elementos caprichosos de la narración, la alejan de sus fines. O tal vez, después de la represión que Sorokin sufrió por parte del gobierno “democrático” de su país después de la publicación de “Manteca de cerdo azul” y “El hielo”, haya pensado que es mejor dejar muy claro que todo es una broma, que se ríe por reír, aunque baste leer la novela para darse cuenta de que hay más.

Pero me estaba refiriendo a la ironía. Aquí radica el mayor interés: la novela está construida desde el punto de vista y la voz de un hombre absolutamente convencido de su trabajo, un oprochnik en el que la humanidad (ni rastro de la bondad o la compasión), no pasa de ciertos visos de duda (siempre íntima) de algunas de las operaciones que lleva a cabo, de algunos de los secretos que, por ser miembro del círculo de confianza del Soberano, llega a conocer. La novela busca la humanidad del verdugo sin encontrarla más allá de la contradicción en la que, por ser la espada de un poder inhumano, cae constantemente el guardián de la ortodoxia. Drogadicto, borracho, pervertido sexual, inculto, cruel, blasfemo, a la vez que obsesionado con la consecución de la Rusia limpia de todo eso, Andrey Komyaga es un retrato del descerebrado que ejecuta las órdenes del cerebro de una nación. Es un personaje entero, bien construido. Su voz es un elemento al servicio de la desubicación temporal, la marca distintiva de esta novela. En la Rusia del futuro se ha retrocedido, no sólo a la estética del siglo XVI ruso, sino a la forma de hablar de la época. La obra resulta así un canto postmoderno en toda regla, una mezcla sorprendente, desordenada, divertida e irritante de elementos de ambos mundos.

La voz de Komyaga es un batiburrillo lingüístico artificioso que salta de los resortes de la épica a la expresión propia de un simple bruto futurista-medieval, concepto ucrónico que he tenido que estrangular para esta frase, pero que funciona como referente. El trabajo de traducción, directamente del ruso, no ha debido ser fácil, y la decisión final es, quizás, acertada. “Estamos sentados en las largas mesas de roble, sin mantel, dispuestos a yantar a chirla come. Nos sirven kvas de pan seco, sopa de veinticuatro horas, pan de centeno. Las campanillas insonoras van que vuelan al vaivén del informal coloquio, que no ocioso, pues no descuida la labor.” Se han empleado giros del castellano de los siglos XVII y XVIII, un vocabulario ecléctico y anacrónico. Todo eso unido a las expresiones malsonantes, a la brutalidad con que el lenguaje de Andrey Komyaga describe sus actos. El lenguaje, aun en su traducción, conserva un elemento importante: delata la incoherencia entre las dos épocas, los dos mundos que pone sobre su cabeza el escritor. A veces elaborado en la expresividad, la descripción de los sencillos resortes mentales de esta criatura demuestra constantemente que el oprichnik carece de mecanismos para adaptarse a los tiempos venideros. La incomodidad de ciertos hombres en el devenir de los tiempos, la negación violenta del presente y el futuro, toda esa cobardía escudada por el poder que podríamos llamar ultraconservadurismo, es el retrato de Andrey Komyaga.

Detrás de la novela, palpita una paradoja en forma de advertencia, un juego de historia-ficción a la manera de Bradbury, Orwell, o Zamiatin. Lo que Sorokin advierte es lo siguiente: Si trajésemos con una máquina del tiempo a un oprichnik y lo dejásemos en Rusia, en unos años el oprinchnik y Rusia serían la misma cosa. Pues bien, actualmente Rusia está llena de elementos de la época de los oprichniks. Vivimos un tiempo de fanatismos religiosos, de seducciones totalitarias en algunos gobiernos democráticos. Elementos, personas, que viven el poder con la agonía que representa la idea democrática de tener que soltarlo, porque pertenecen intelectualmente a una época remota. Es por esto que Vladimir Putin, ante la sola mención del escritor Vladimir Sorokin, grisea.

Pero Sorokin va más allá. ¿Es el oprichnik un simple retrógrado incómodo en el siglo XXI que se rebela contra la época violentamente, o el personaje es una metáfora de Rusia entera? Komyaga está tan conectado a la madre Rusia que ambos se funden: el personaje siente la alegría o la tristeza de su patria, encarnada en los soberanos; odia a sus enemigos como a los suyos propios, a los nobles traidores, a occidente, al siglo entero. El retrato del personaje y el retrato de Rusia son la misma cosa. Andrey Komyaga, parábola del conservadurismo ruso, se convierte así en metáfora del quebranto interno, de la incoherencia de un país que lleva cojeando en la Historia desde que los demás países con una cultura fuerte echaron a correr en la pista democrática. El muro que levanta Rusia en esta novela y que lo separa de occidente no la aísla, porque en nuestro tiempo el aislamiento es imposible. De la misma forma, Andrey Komyaga intenta aislarse sin conseguirlo de si mismo. El choque de dos concepciones del mundo es análogo en la persona y en la sociedad, y la violencia de éste maltrata a ambos con igual atrocidad.

Y así, llegamos a lo que es el fondo de la intención del autor: avisar que, como siempre, la cultura es la primera víctima, y también la más silenciosa. En esta sátira, la quema de libros es tan natural como la quema de troncos, (no a la manera de “Farenheit 451”, sino de forma irónica: una pitonisa que trabaja para la Soberana quema libros para realizar sus visones del futuro) Los largos y pobres romances populares con que se intercala la narración, seguramente lo que más sufre en la traducción, se han convertido en la máxima manifestación teatral. Los escritores son llamados a diario para pasar revista ante el oprichnik, que asiste al teatro para vigilar y, mientras se representa el lago de los cisnes, admira embobado la estructura imperial del edificio.

Los artistas siempre han sido un estorbo para el poder, o eso ha fingido el poder, para ocultar que en realidad los artistas representan un peligro. “Vaya con Artamosha”, dice el oprichnik, “conque ésas tenemos, nos salió guasoncete y respondón el malandrín. Jugando con fuego ha llegado al borde. Al punto donde hay que apagarlo. Y eso que el muy bellaco había empezado como un auténtico bardo popular.” Los límites son estrictos, y sobre la sátira, se huele la amargura que es el motor de esta novela. Rusia gobernada una vez más por fanáticos, el poder una vez más sin control de sí mismo, y un cuerpo represivo eficaz, contento y apasionado. Un retrato maniqueo de la sociedad, una descripción del totalitarismo, como en “1984”, pero desde la óptica del poder. No hay justificación para el oprichnik en esta novela, hay un intento, como en la fabulosa película “La vida de los otros”, de llegar a la humanidad que corrompe al verdugo y termina destruyendo el sistema represivo, pero no se llega. Solamente hay oprichnik, pensamientos de oprichnik, actos de oprichnik. “El día del oprichnik” es un aviso, pero es también un análisis de la corrupción, de la debilidad sobre la que se sostienen los totalitarismos. El retrato de esta bestia es precisamente la prueba de su debilidad.

Sorokin, escritor aventajado en la Vanguardia rusa de los ochenta, que bebía de las libertades (todavía peligrosas) de la Perestroika, se alimenta de las fuentes de los grandes irónicos rusos, y es fácil encontrar conexiones, en la amarga risotada para con su presente, con los grandes maestros Tolstoi, Chéjov y Bulgákov. Sin embargo, Sorokin no está a la altura de sus padres literarios. Es como si Rusia, dependiendo de la atrocidad de sus eras políticas (la convulsa recta final de los zarismos, el estalinismo, y esta versión ligth del totalitarismo representada por Putin y los nashi), dejase oír con más o menos fuerza sus tristes carcajadas. Sin embargo es innegable la habilidad en el retrato, la trasposición de su país bajo la máscara del verdugo. Y como siempre, un potente aviso para el futuro:

“Cada día tiene su afán en la oprichnina. Su afán y su suerte. De todos los colores son los días, los hay festivos, ricos, calientes, pagaderos, y también los hay perdidos y agrios. De todo hay en la viña del Señor. Los jóvenes atienden, escuchan, aprenden.”

Anuncios