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“Pequeños cuentos misóginos”, de Patricia Highsmith. Alfaguara, Madrid, 1983. Traducción de Maribel de Juan. 144 páginas.

Aunque este libro se editó en 1983, merece la pena que quede reseñado en El Crítico. Como no tengo internet ahora, antes de enviarlo a la revista consultaré si hay alguna edición más nueva y accesible. Si no, tendrás que buscar una biblioteca donde lo tengan.

¿Por qué una crítica sobre un libro editado hace tanto?, pregunta la pila de libros que amablemente nos envían las editoriales para que valoremos su tergiversación desde nuestra importancia capital en el panorama. ¿Por qué escribir sobre una autora como Patricia Highsmith?, pregunta algo ofendido Joseph Roth, cuya crítica debemos a la editorial Libros del Asteroide desde hace más de dos meses.

Porque éste es el mejor libro de relatos que este crítico ha leído en mucho tiempo.

Resulta que Patricia Highsmith publicó con unos sesenta años este manojo de odio. Ya era una vieja que vivía seguramente de las rentas de sus novelas negras y de los derechos de las películas de Hitchcock y Wim Wenders. Estaba amargada podando sus setos y debió mirarse al espejo con rabia, o tal vez ya tenía todo bien atado y simplemente esperaba el momento de sacarlo.

Estos relatos, como suponéis, van de mujeres malas. Y es al feminismo lo que una bala de cañón a la larva de una mosca.

Eso, al menos, piensa uno cuando lleva un par de cuentos leídos. La mandíbula se desencaja tanto de risa como debieron apretarse las de las feministas cuando se publicó.

Después de leer una crítica en “Lector Malherido” sobre la “Teoría King Kong” de Virginie Despentes, me sentí animado para dar cuartelillo al tema. Aburrido por lo políticamente correcto que ha sido el feminismo desde que dejó de ser transgresor hace más de ochenta años, me preguntaba si Virginie Desdepentes habría hecho algo realmente valiente.

Ella dice que es fea y que las mujeres feas son tan válidas como las que, maquillándose y siendo guapas, se matan por follar. Y tan poco válidas. No estuvo mal la lectura, especialmente a la altura del prólogo, pero el libro adolecía de lo de siempre: cuando una mujer escribe sobre la mujer siempre tiene uno la sensación de que le importa demasiado. Esto se debe a que hay mujeres que escriben sobre mujeres cuando todavía son jóvenes, y a que las viejas que escriben feminismo suelen ser verdaderos sacos de prejuicios, como monjas de una secta cargadas de razón.

Despentes, aunque simpática por pesimista, y en cierta forma transgresora, peca de lo que todas: se nota que le importa demasiado el tema. Está volcándose a sí misma en el papel, y lo que sale son ideas. Nuevas o viejas, no es literatura.

Algunos hombres misóginos han sabido sacar del concepto mujer algo valioso, y no necesariamente negativo. El mismo Schopenhauer, o el mediocre Sade, o Sófocles Entre las mujeres que hablan de mujeres no quedan más que las pobres Brontë o Virginia Wolf entre la montaña de cenizas que enterró el ingenio (Doris Lessing, la corte sudamericana de perfectas Allendes, las horrendas españolas contemporáneas…).

Y de pronto un puesto de viejo tiene lo que todAs andábamos buscando: este libro.
Patricia Highsmith era una mujer, evidentemente, que de una forma nada rebuscada había dejado de ser mujer. No le importaba ser una mujer, le importaba más escribir cuentos, y parió este pequeño libro que más se parece a una talla prehistórica que a un verdadero bebé.

Los relatos destrozan a una mujer tras otra. En la edición, valiente pero cobarde, de Alfaguara, el editor se disculpa de la siguiente forma: “Con frases escuetas y precisas y una feroz ironía, esta pluma pone de relieve y acentúa sus aspectos más ridículos (de las mujeres), cuidando al mismo tiempo de no distorsionarlos demasiado (…) Sin embargo, la autora no muestra la menor parcialidad; la verdad es que los hombres que en ellos aparecen no salen mejor parados.”

Dos son las mentiras (comprensibles) que el editor tuvo que poner en esa nota.

La de forma: la palabra ironía. La ironía es decir lo contrario de lo que se está diciendo. Ironía es la que tiene Cervantes, Sterne o Erasmo de Rotterdam. Patricia Highsmith, ya es hora de que lo admita el editor, es sarcástica. Tampoco veo caricatura, sino otra deformación más elaborada.

La segunda mentira es de fondo: los hombres no salen mal parados. O sí, pero siempre o casi siempre por culpa de las mujeres.

Este libro habla de mujeres malas, y ninguna feminista convencida debería leerlo. O todas. Es pura rabia, puro sentido del humor. Un humor amargo de mujeres muertas, algunas de ellas maltratadas o violadas, y el factor magia, la literatura mayor, es que casi todas se lo han buscado.

La autora muestra con algo que no es valor (valor es el del editor), porque es despecio, los aspectos más oscuros de mujeres concretas. Cada una de las historias habla de una mujer distinta, unas son víctimas y otras verdugos, y todas son ambas cosas de la misma forma.

No hay ningún epílogo que justifique, precisamente, la reacción contraria. La que uno tiene cuando termina el libro. La que uno tiene cuando al acabar el último relato (y ya venía persiguiéndolo la mosca desde la página 90 más o menos), y descubre que siente verdadero cariño y apego por todas esas mujeres desgraciadas.

Descubre, asombrado, que finalmente este libro es tan feminista como machista. Mejor dicho: este libro es feminismo porque es machismo, y es machismo porque es feminismo. Mejor dicho: dejemos a un lado conceptos tan estúpidos. Este libro lo dice todo sobre las mujeres porque llega hasta ellas sin derramarse en una sola idea. Es la catedral literaria erigida a la mujer, y no hay un sólo signo de admiración que la exagere. En ningún momento el dedo de la autora señala una llaga. Los dedos hacen lo que tienen que hacer: escribir, escribir, escribir…

No puede citarse nada si no se cita el libro entero, pero quiero acabar, volver a leerlo, y no me gustaría que pensarais que soy un puñetero machista por decir lo que digo.

Recalco una vez más mi sorpresa: he leído un libro cuya temática podría ser el género, y me ha gustado. Me ha gustado muchísimo. Esta mujer triste, harta de sus semejantes, parece querer decir: ¿queréis que hablemos de los problemas de las mujeres? ¡Pues yo os daré problemas de las mujeres! Y con una demoledora exactitud destroza, como Pío Baroja, una de las viejas preocupaciones que en la vejez se vuelven ridículas.

“Sarah siempre se había dedicado a eso en plan de aficionada, y a los veinte años se casó, con lo que obtuvo la licencia. Para remate, el matrimonio se celebró en una iglesia en presencia de familia, amigos y vecinos, puede que incluso tuviera a Dios como testigo, ya que, desde luego, Él estaba invitado. Iba toda de blanco, aunque ciertamente no era virgen, dado que estaba embarazada de dos meses y no del hombre con quien se casaba, el cual se llama Sylvester. Ya podía convertirse en una profesional, contando con la protección de la ley, la aprobación de la sociedad , la bendición de los clérigos y el apoyo económico garantizado por su marido.

Sarah no perdió el tiempo. Primero fue el hombre del contador del gas, como ejercicio de precalentamiento; luego, el limpiaventanas, cuyo trabajo le llevaba un número variable de horas, dependiendo de lo sucias que le hubiera dicho a Sylvester que estaban las ventanas. A veces Sylvester tenía que pagarle ocho horas de trabajo y un poco más por horas extra. En ocasiones, el limpiaventanas estaba allí cuando Sylvester salía para el trabajo y seguía estando allí cuando volvía a casa por la tarde.”

“-¿No podríamos volver a intentarlo? -fue la sugerencia de Sylvester.

Sarah contraatacó con una docena de batallones con los cañones listos para disparar durante años.”
De “La prostituta autorizada o la esposa”

“…después un amigo (posible amante)…”
De “La novelista”

“Pamela Thorpe consideraba que el Nomen”s Lib de la Mujer era uno de esos estúpidos movimientos de protesta sobre los cuales les gusta escribir a los periodistas para llenar las páginas. Las del Women”s Lib afirmaban que “querían independencia” para las mujeres, mientras que Pamela pensaba que, de todas formas, las mujeres dominaban a los hombres.”
De “El ama de casa de clase media”

“El padre de Margot Fleming, a quien ella había admirado mucho, siempre le había dicho: “Cualquier cosa que valga la pena hacer, vale la pena hacerla bien.” Margot creía que cualquier cosa que valiera la pena hacer bien, valía la pena hacerla perfecta.”
De “La perfeccionista”

“Elaine corrió hacia él con un seno desnudo y el pequeño Charles pegado a él como una lamprea.”

“Hasta las bromas se habían agotado.”
De “La paridora”

La editorial Anagrama publicó estos cuentos en la colección COMPACTOS, de manera que debe ser fácil de encontrar. Misma traducción.

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