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Abadía Pesadilla, de Thomas Love Peacock. Traducción y notas de María Cuenca Ramón. Editorial El Olivo Azul, 2008. 145 páginas

Abadía Pesadilla, de Thomas Love Peacock, pertenece a un tipo de novela al que estamos poco acostumbrados, o al que más bien nos tienen poco acostumbrados los últimos cincuenta años de la literatura española: la sátira. Empecemos por el autor, sigamos con la novela y terminemos en el lodazal de siempre: nuestra incurable visión de la cultura.

Thomas Love Peacock fue un escritor de segunda fila coetáneo y amigo de Wordsworth, Shelley y Byron, es decir, un romántico inglés. Fue, como todo inglés, muy analítico, y como todo romántico muy sentencioso, y a él debemos un ensayo capital llamado “Las cuatro edades de la poesía”. Y pese a esas dos características, sorprenderá al pagano que el autor goce de un humor bastante sano. Que no sea lúgubre ni trágico, sino risueño como una calavera.

Abadía Pesadilla es su novela más conocida, incluso aquí, en la que aparecen caricaturizados (o eso nos dicen sus editores). Todo británico romántico pretendía poner acertijos al lector, y para acabar con ellos los editores llenaron sus libros de notas al pie explicando dónde podíamos encontrar sus referencias a Rey Lear de Shakespeare o a la omnipresente Biblia. Omnipresente en las notas al pie más que en las obras, me temo. Love Peacock pone los suyos tanto en la literatura inglesa (una larguísima ristra de poetas, algunos de ellos olvidados, llenan las notas al pie que cuelgan de las brillantes bromas de la novela) como en su propia vida. Porque Abadía Pesadilla es una fiesta de disfraces a la que todos sus amigos estuvieron invitados, y donde todos lo pasaron bastante bien.

La novela está escrita con un estilo irónico totalmente recrudecido, y el tratamiento de los personajes y los elementos de la abadía es implacable. En las manos de Peacock, el carácter oscuro y triste de los personajes oscuros y tristes se convierte en un agudo patetismo, y el de los personajes académicos o sabihondos queda reducido en masacre a la pedantería. Respecto a los personajes femeninos hay que repetir que Love Peacock era inglés y romántico, y que Abadía Pesadilla es una novela satírica.

Había prometido hablar de la novela antes de pasar al siguiente tema que puede y debe abarcar esta crítica. Veamos: En una destartalada abadía situada en el bucólico paisaje de un pantano hediondo y embarrado, vive un padre y un hijo. Vienen invitados y conviven con ellos y los sirvientes. Todos los personajes tienen nombres como Señor Ceñudo, Lugubrino (su hijo), Languídez, a excepción del antipático Hilarántez y el algo debussiano Señor Asterias, oceanógrafo que pronuncia hermosos parlamentos sobre sirenas, a las que ve en cualquier camino peatonal.

Abadía Pesadilla es un mundo quijotesco encerrado en un castillo decrépito, hay elementos de novela de enredo y un bienintencionado juego de caricaturas, favores y venganzas del escritor. Es una novela escrita para divertirse y divertir, y no tanto para hacer rabiar como haría Rabelais o Aristófanes, a los que acertadamente cita la contraportada de la edición Olivo Azul. Digamos que Love Peacock sería Aristófanes si éste no hubiera tenido que aguantar el fenómeno Sócrates.

Es imposible dejar de pensar en el romanticismo español cuando uno lee una caricatura tan simpática de las oscuridades, desvelos y spleen del romanticismo inglés, escrita por un romántico. Nuestro vicio por la broma lo abanderó (dicen) en el romanticismo fernandino el pobre Larra, que tuvo que vivir y morir en un país demasiado horrible para dedicarse a la queja graciosa al cien por cien. Encima era periodista, y Larra, quien parió algunos de los textos satíricos más brillantes del periodismo, quedaba un poco en luz de gas. Sería injusto decir que en España no ha habido satíricos mayores (y a la inglesa) durante el aburrido romanticismo patrio, pero lo contrario requeriría haber leído a Primo F. Martínez de Ballesteros, quien escribió en Logroño las “Memorias de la insignie Academia Asnal”. Habiéndolo hecho, Love Peacock es alguien a quien nuestras letras no tienen mucho que envidiar. El problema es que para la cultura española el romanticismo sigue siendo Bécquer.

Vamos a lo interesante de Abadía Pesadilla y del desconocimiento de la obra de Martínez de Ballesteros por parte de nuestra Academia Asnal, es decir, la facción de nuestra cultura que pretende ingresar a golpe de presuntuosidad en la Real Academia, escribiendo en El Mundo o El País, etc…

Vivimos en un país de cachondos mentales. Cualquier Manolo en cualquier Bar de Manolo de nuestra geografía puede darle a Eduardo Mendoza una lección sobre lo que requiere hacer reír a un lector inteligente. Desde lo chabacano a lo exquisito, vivimos en un país en que, como dice Arguiñano, hay que aprender a hacer reír antes que a cocinar. El humor es uno de nuestros puntos fuertes, y relegamos la tierra de Machado al papel de Rigoletto.

Problema: España, con su extraña atracción inmemorial por la chabacanería, identifica el humor con los instintos bajos, y lo relega al bar, a la televisión o a los tebeos de Ibáñez. No hemos entendido a Quevedo ni a Cervantes, ni siquiera a Camilo José Cela o la sombra saltarina con la que pasó por el Umbral del Nobel, porque en España reír es gratis y la cultura es carísima.

Desde Quevedo nuestra literatura sarcástica es humorística. A los escritores que nos nos han hecho reír desde la narrativa en todo este tiempo los desacreditamos frente a gente como Javier Marías. La narrativa es un buen sitio para el humor, y somos desagradecidos. A los que nos han hecho reír desde la poesía, como el difundo Ángel González, les atribuimos un halo de sabinismo o cretinismo que los invalida como artistas. La poesía es terreno para la chanza y el chiste, donde el humor es algo más difícil de lo que parece. A los dramaturgos que nos han hecho reír, tenemos que acusarlos públicamente de haber inventado la teleserie y haber perdido el Nobel uno tras otro. El teatro es un caos.

España castiga al sentido del humor. No entendemos que no sirve para reír, que es una forma de ver las cosas a través del ingenio. Es peligroso el ingenio. Thomas Love Peacock convierte Abadía Pesadilla en un arma de ingenio, y nos deja una visión autocrítica del romanticismo. Lo que haría después con la caza de brujas John Kennedy Toole; lo que había hecho Voltaire con el optimismo de la Ilustración, lo hizo Thomas Love Peacock con el romanticismo.

Vale la pena leer su novela, y pensar después por qué razón la cultura, particularmente la nuestra, ha relegado a la risa al grupo de las cosas que no son serias. Y preguntarnos si Eduardo Mendoza sería capaz de hacer una caricatura así de sus propios amigos y la época en la que escriben sin que sonase a compadreo. Una caricatura de verdad.

Algunos fragmentos de Abadía Pesadilla:

“La fortuna de la dama había desaparecido el primer año; el amor, por razones lógicas, había desparecido el segundo; el propio irlandés, por razones más lógicas aún, había desaparecido el tercero.”

“El señor Ceñudo regresó de Londres tras haber perdido un juicio. La justicia estaba con él, pero la ley estaba en contra suya.”

“Cuando Lugubrino creció, su padre lo envió, como era costumbre, a una escuela pública donde le inculcaron de forma dolorosa unos cuantos conocimientos, y de ahí pasó a la universidad donde se los extrajeron cuidadosamente; y luego lo mandaron de vuelta a casa como una espiga de trigo bien trillada, sin nada en la cabeza, habiendo terminado su educación para gran satisfacción del maestro y de sus compañeros de universidad, que le habían entregado, en prueba de su aprobación, una paleta para el pescado de plata.”

“¿Y qué es el amor comparado con un molino?”

“Últimamente parece que lo que caracteriza a la conducta moderna son un aspecto lúgubre y una voz trágica.”

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