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La novela luminosa, de Mario Levrero. Editorial Mondadori, 2008. 550 páginas

Algo extraño pasa cuando nos importa más lo que le pasa a un escritor que la luz que pueda arrojar sobre las tinieblas del pensamiento. Pero el caso es que está pasando.

Mario Levrero recibió una beca de la Fundación Guggenheim para dedicarse a un proyecto en el que ya había fracasado veinte años antes: la escritura de La novela luminosa. Alberto Olmos me regaló el libro y tenerlo entre las manos me produjo pereza: seiscientas páginas con una contraportada donde el editor dice que Levero, finalmente, fracasó de nuevo en su proyecto. La novela luminosa es, tal como llega al lector, el diario de un año en la vida del escritor que intenta escribir y no puede. Seiscientas páginas de narración sobre las cosas mínimas del día. Levantarse pasado el medio día, jugar al ordenador, crear programitas para Windows, observar los ritos funerarios de las palomas en torno a una compañera muerta en la azotea de enfrente, quejas sobre la mala salud, la abulia, el fracaso amoroso con una mujer oculta bajo el apodo Chl.

El libro estuvo esperando, me hubiera gustado regalárselo a alguien que fuera a viajar a Montevideo pronto, quitármelo de encima. Pero antes decidí hojearlo un poco, ver, al menos, el estilo. Y La novela luminosa está en la estantería, leída y anotada. Y es un libro que arroja verdadera luz sobre el lector.

Es un libro mucho más que interesante: no hay datos de interés en ninguna de sus páginas. Mario Levrero no quería escribir, pero se obligó a sí mismo a hacerlo cada día. Escribir, aunque fuera, “no me apetece escribir hoy”. Y lo hace. Generalmente cuenta mucho más: he fregado los platos, he leído dos novelas policiales de la colección Rastros, he llamado a los técnicos para que me instalen calefacción. Lo que cuenta uno mismo de su vida y lo que, después de leer su versión, tiene que creer el lector. Se diría que en la autobiografía es donde está el narrador menos creíble, seguida de las cartas y los diarios si otra verdad que no sea la que le importa a quien la escribe tuviera la más mínima importancia. Porque sabemos, deducimos, que Mario Levrero no era un seductor, pero seguimos con pasión su historia con Chl. Y sabemos que Mario Levrero era un gran escritor, pero nos preocupamos por la marcha fracasada de su escritura. Y de su atención constante a sus pequeños achaques, arrancamos la información de que Mario Levrero es un hipocondríaco, pero le quedaban sólo dos o tres años de vida.

La novela luminosa llega al final de un diario que ocupa cuatro quintas partes del libro. Y la novela luminosa no es más que un nuevo ángulo en la sempiterna oscuridad del escritor. Mario Levrero debía ser un hombre simpático. Habla de los alumnos de su curso de escritura con devoción, y lee humildemente a Rosa Chacel y un millón de autores policiales totalmente olvidados. En su autocompasión no hay patetismo.

Tampoco es lo que hace Enrique Vila-Matas en Dietario voluble. El intento de Levrero no pretende enseñar nada a nadie, ni siquiera dejar grabado en el tronco de su bibliografía el testimonio de su aprendizaje.

Es momento de reivindicar como género de escritura escribir sobre la ausencia de la palabra. Pocas veces se atrevería un autor a dar al editor un texto como éste. Las pequeñas cosas de la vida de alguien no interesan a nadie, porque Levrero no sube a una montaña ni prende fuego a una aldea, ni lanza, como Barón Biza, ácido en la cara de su mujer. Sin embargo leer el paso de las horas de un escritor acerca a la escritura.

El mismo Alberto Olmos está siguiendo esta senda, por fin algo nuevo en la literatura del siglo. En su blog Hikikomori sus lectores pueden acompañarlo todos los días en la escritura de su sexta novela. Y como Levrero, habla más de lo que no es la escritura que de la escritura misma, porque como Nietzsche supo, siendo precursor, en Mi hermana y yo, la escritura es lo contrario que la vida. Y la escritura de la vida luchando contra la escritura es, quizás, el camino al que llevaban los desnortados últimos pasos de la tradición y el canon. Mi hermana y yo es la lucha del silencio contra la palabra y La novela luminosa es la batalla entre la pereza y el trabajo de escribir.

Escribir no es bonito, no es un placer. Quizás sí lo es la actividad, porque cuando Levrero consigue escribir sus tormentos cotidianos deja de ser el Levrero que los sufría. Pero ponerse, ponerse a escribir es lo duro.

La novela luminosa es la novela que Mario Levrero se puso a escribir. No es fácil dar con un libro tan espontáneo, claro y luminoso como éste.

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