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Publicado originalmente en la Revista Tiempo de Hoy

En Europa acogemos a los represaliados del islam que escribieron obras de arte y tuvieron que huir por no ser suficientemente cuidadosos. El arte de ser cuidadoso ha acompañado a los europeos en distintas épocas oscuras, pero siempre hubo valientes que dijeron lo que tenían que decir pesase a quien pesase. El héroe ruso Bulgakov, que desafió a Stalin dando su verdad sobre la URSS con su novela Corazón de perro y más tarde le escribió una carta suplicándole el exilio, es quizás uno de los ejemplos que más emocionan. O Stefan Zweig, que tuvo que alejarse de los que habían sido sus amigos intelectuales por decir que la I Guerra Mundial era un acto de inconsciencia. Acogemos en París al afgano Atiq Rahimi, un novelista de estilo descarnado que tiene en España otro hogar literario gracias a las traducciones de Siruela y Lengua de Trapo. Cuidamos de la seguridad de Salman Rushdie, condenado a muerte por los ayatolás por su novela Los versos satánicos. Escuchamos al hombre que, tras el velo de Yasmina Khadra, disecciona con novelas naturalistas la realidad podrida de Argelia. Y a lo largo de la historia, ¿cuántos no habrán venido aquí y a EEUU buscando el derecho de hablar sin encontrar la muerte o el ostracismo?

La moral reinante siempre vence al escritor con el arma más peligrosa: el silencio. Pero la moral islámica ortodoxa no es la única que ha silenciado, porque no sólo los que entran en nuestro esquema moral han quedado mudos en la historia de la literatura. Hay tantos esquemas morales… Mikel Azurmendi y Fernando Savater viven fuera de su patria chica por hablar claro sobre el nacionalismo radical. La diferencia con los anteriores es que estos dos son ensayistas y su escritura es vecina de la política. ¿Qué hay de Ayaan Hirsi Ali, la somalí que denuncia la situación de la mujer en los países islámicos, o el difunto Samir Kassir, brutalmente asesinado por preferir un islam moderado y defender la idea de que los árabes tuvieron su ilustración en momentos en que el monstruo fanático dormía? Los ejemplos de arte acallado o denostado por una mala decisión, a veces una decisión abyecta, son numerosos y dispares. El factor común es la muralla que separa los lectores y las obras: la red de desconocimiento, la ignorancia, el prejuicio. Hay personas que dedican la última parte de su vida a enmendarse y buscar la redención por sus actos equivocados.

Hay otros que cometen el error en sus últimos momentos y van a la tumba con un cortejo fúnebre de hostilidad. Para hablar de ejemplos dolientes es necesaria una gradación, porque los crímenes de los escritores son como los del resto, desiguales: Raúl Barón Biza, autor de El desierto y su semilla (Ed. Fahrenheit 451), destruyó la cara de su mujer con ácido antes de suicidarse. Knut Hamsun, premio Nobel en 1920, hirió al país que lo consideraba su hijo predilecto cuando apoyó la invasión nazi de Noruega. El francés Céline fue condenado a muerte por su colaboración con los hitlerianos. Mircea Eliade lloraba cuando el Eje se desmoronaba. Cuando las ideas o los actos son nefastos, como en estos casos, escritor y obra se escinden. La vida está hecha de leyes que castigan al criminal y, mientras el corazón palpita, la ley es buena. Si Barón Biza se adelantó a la ley pegándose un tiro, haciéndose esa fotografía del perfecto monstruo, y a Hamsun lo hundieron en la miseria los tribunales médicos de la renaciente Noruega, ¿no fue suficiente castigo? El caso de Barón Biza y su crimen es algo sobre lo que nadie pondrá la defensa, pero su obra no deja de ser magnífica por ello, pese a compartir el trasfondo vil del escritor.

La obra continúa con vida después de la existencia benigna o maligna del autor, pero frecuentemente el juicio moral sobre él (la persona) hace metástasis en la obra. No tenemos por qué comulgar con las ideas de escritores que amamos. ¿Debe García Márquez condenar el castrismo? ¿Fue más inteligente que el resto Albert Camus al alejarse del estalinismo cuando sus coetáneos hablaban del asesinato masivo con la boca pequeña? ¿Es el giro al liberalismo de Vargas Llosa algo más o menos malo que la comodidad en el viejo socialismo de José Saramago? Hay quien piensa que defender a un escritor que apoyó a los nazis es inmoral. Quizá es un acto de justicia artística.

Knut Hamsun
Se cumplen 150 años del nacimiento de Hamsun, al que algunos llaman nazi. Cuando el rey de Noruega viajó a su antigua casa en 1992 y dio la mano al hijo de Hamsun, uno de los diarios de mayor tirada escribió: “Harald V da la mano al hijo de un traidor”. Camilo José Cela hizo de Hamsun una emocionante defensa: “Se equivocó con su apoyo a Vidkun Quisling y su gozo ante el invasor alemán no fue un prodigio de oportunidad, pero su fallo fue dejarse arrastrar por los engañosos y melodiosos cantos de sirena de la política”. Knut Hamsun nació en Noruega en 1859 y murió en 1952. Pasó hambre, buscó fortuna en EEUU sin encontrarla, publicó 37 obras y ganó el premio Nobel de Literatura en 1920. Veinticinco años después quedó fascinado por el III Reich y apoyó al nazismo que invadía su país, regaló su medalla del Nobel a Goebbels y dijo que Hitler había sido un “luchador por la humanidad y el derecho de todas las naciones”, palabras de las que no se desdijo jamás hasta su muerte en 1952.

Quien toma partido por la idea equivocada tiene muy mala fortuna, pero es peor si esa idea resulta además derrotada y maldita. Diego Moreno, editor de Nórdica, que sacará antes de fin de año la primera biografía sobre Hamsun en español, llama la atención sobre una curiosa paradoja: si el nazismo hubiera triunfado en Europa, la obra de Hamsun seguiría teniendo exactamente la misma calidad, aunque él fuera un héroe. Kirsti Baggethun vive en España y se ha convertido en una promotora de la obra literaria de Knut Hamsun. Sus traducciones son las primeras directas del noruego en nuestro país y abren una brecha de conocimiento en la ignorancia. Hasta los años sesenta la publicación española de Hamsun fue bastante sólida (y mediocre, con traducciones del alemán y un aspecto de novela romántica en la mayor parte de los libros) pero con la Transición y la necesidad de publicar a quienes habían sido censurados la estrella distante declinó.

El incoherente nazismo
Dice Kirsti Baggethun que “escritores por encima de toda sospecha defienden a Hamsun como autor”. ¿Ocurrió esto antes o después de su resbalón político? Thomas Mann dijo que “nunca antes alguien mereció tanto recibir el premio Nobel”, homenaje al que se sumó Maxim Gorki, pero esto ocurrió en el 29. Franz Kafka se refirió a La bendición de la tierra con palabras muy elogiosas, también antes de que el noruego cometiera su crimen. Walter Benjamin demostró su admiración por Vagabundos, pero el autor murió en 1940, de forma que se fue a la tumba sin saber lo que deparaba a los admiradores de Hamsun. Saltando en el tiempo, encontramos palabras elogiosas de Paul Auster, quien dice que “en Hambre se plantea un pensamiento nuevo sobre la naturaleza del arte”. Pero, ¿qué pasó cuando todos le dieron la espalda? Esta indefinición ha sido la constante en todo lector relacionado con Knut Hamsun. Kirsti Baggethun cuenta que a la muerte de Hamsun los periódicos dedicaron escuetas necrológicas al que había sido el paladín de las letras junto a Ibsen. “Precisamente porque estaba en lo más alto, su caída fue terrible –explica–, pero nadie entiende por qué hizo lo que hizo, el país se quedó absorto y se ha mantenido así, entre la ira y la reflexión, durante cincuenta años”.

Poco después de su muerte, mientras los periódicos bogaban entre el desprecio y la discreción, se editaron sus obras completas y la edición tardó muy poco en agotarse. Frases como “no digas a nadie que estoy leyendo a Hamsun” comenzaron a escucharse en voz baja: la obra de Hamsun se estudiaba en la escuela, se emitía en forma de radionovela por la emisora estatal, pero toda mención al autor era… incómoda. Esta incoherencia dolorosa, mezcla de admiración por una obra y dolor por el ángel caído, fue atenuándose con los años. En 2009, año del sesquicentenario de su nacimiento, se ha construido en Hamaroy, donde tuvo su última residencia, una espectacular torre diseñada por Holl, torcida y negra: el Centro Hamsun, homenaje y recuerdo de una vida con doble sentido. Se han celebrado festivales y conferencias, se ha reeditado, ha vuelto a los medios de forma más positiva.

Eso sí, sigue habiendo voces disonantes: colectivos de memoria sobre el Holocausto, políticos de ambas tendencias ideológicas. En la plaza de Grimstad, donde los tribunales lo condenaron, se erige hoy un monumento en su honor que alguien decoró después con esvásticas. La reina de Noruega respondió entonces a la indignación diciendo que los homenajes a Hamsun serían una lección contra el totalitarismo. Repasando su última obra, La senda por la que crece la hierba, Kirsti Baggethun nos dice que Hamsun no se defiende de forma escandalosa. Sencillamente espera a que la tormenta pase, habla de lo que fue su amor por la vida rústica, su creencia en el individuo libre, y espera que “dentro de 100 años todo se haya olvidado”. El tiempo pasa mientras su genialidad sigue brillando en los libros. Europa, la que acoge a las víctimas de todas las ideologías, comienza a perdonar a los que más daño le hicieron. Porque toda obra de arte es un bien indispensable.

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