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Original publicado en Más que Palabras.

Hace unas semanas se publicó Nocilla Lab, novela con que Agustín Fernández Mallo cierra la trilogía Nocilla. En aquel momento el autor concedió una entrevista digital a los lectores del diario El País, en la que formulé la siguiente pregunta: ¿Cuál es la crítica que más le ha dolido? (No vale ser humilde). El autor, quizás con excesiva elegancia, respondió: Hola Juan. Eso, prefiero no contestarlo. Gracias por tu comentario.

La pregunta quizás pareció demasiado fría o incluso mal encarada, pero no era esa mi intención. Leídos los tres volúmenes de la obra, mi interés era conocer la opinión de Fernández Mallo sobre sí mismo a través de su opinión sobre la peor crítica recibida. Convertido en figura pública desde que en 2006 publicase Nocilla Dream en Candaya, el salto en brazos de la crítica ha transportado a Fernández Mallo al ojo del huracán. Sobre cada una de sus novelas corre un río de tinta: tinta buena y tinta envenenada.

Por tanto, aceptando que Nocilla sea más que una obra y más que un producto de Nutrexpa, afrontar la crítica del mejunje requiere navegar esos ríos de tinta.

Se puede leer en los neones que nos encontramos ante el fenómeno literario del momento (aunque las tres palabras merecen recapitulación, especialmente quizás la segunda). En los callejones más oscuros, se percibe el murmullo que avisa de que todo es una absurda campaña de marketing de la editorial Alfagurara, que ha apadrinado el proyecto.

Pero sea un fenómeno literario o marketiniano, lo cierto es que abordar el acercamiento crítico a los últimos trabajos de Fernández Mallo requiere armarse de paciencia y drenar mucha tinta de los abarrotados depósitos de la máquina; leer cuanto se ha dicho del autor y su obra. Esta visión desde el aire, en lugar de la deseable microvisión de los libros, se debe a que, en mi opinión, la trilogía no es ningún evento literario, ni siquiera en el quebradizo panorama español, ni en la algo más vetusta actualidad hispanoamericana.

Las novedades que ofrece Agustín Fernández Mallo en sus novelas beben directamente de lo que erróneamente se simplifica bajo el epíteto de posmodernidad literaria, algo que de ningún modo nos pertenece a los de hoy puesto que perteneció a los que escribían cuando Mallo iba en pañales y yo no había nacido.

De todas maneras, y se abre turno de preguntas, ¿qué novedades? Comparado al Tristram Shandy que iluminó el siglo XVIII británico, ¿qué novedad real ofrece este libro que nos ocupa hoy? Puesto su valor literario y su audacia junto a la de Juan Benet o Juan Goytisolo, ¿cuánto se revaloriza la moneda literaria española? En el espejo del mismo Enrique Vila-Matas, que aparece retratado en el cómic que cierra heterodoxa narración ¿qué gana en su observación de su realidad Fernández Mallo que no haya fijado en el cristal antes su maestro u otros maestros contemporáneos de las cosas en apariencia insignificantes como Mario Levrero?

No me hago estas preguntas con la negación implícita ni con mirada soberbia sobre lo que he leído, no sé si la respuesta favorece a los detractores de Nocilla o a los que la untan en una rebanada de pan y disfrutan de ella en estas tardes de noviembre. El punto al que me llevan quizás deja la balanza del lado de los segundos: ¿acaso debe aportar una obra literaria algo tangible a lo que se ha hecho? ¿No ha habido ya demasiados genios como para poner una piedra más encima del rascacielos?

De esta forma, con estas preguntas, de ruido en ruido la lectura de la obra de Fernández Mallo deja de ser eso de lo que todos hablan y aboca a una soledad más tranquila. En tejado de nadie la pelota, encuentro en Nocilla Lab (por ir a lo concreto) talento y sensibilidad en una página y desperdicio de palabras en el siguiente. Fallos de principiante y aciertos de maestro. Pero hay que aclarar algo: esto es quizás muy bueno y valioso. Alguien dijo que tras la larga carrera de la literatura, en el siglo XXI el valor del talento está en el error. ¿Talento en Fernández Mallo? No creo que sea discutible leídas cosas como ésta: “la muerte, esa combustión que genera dos realidades, el humo que se va y la ceniza que se queda.”

Hallazgos así son numerosos en este laboratorio de la condición literaria que ha montado el físico metido a escritor y que abre sus puertas en las páginas de Nocilla Lab. También, y esto no debe hacer que cerremos el libro, las tonterías, los momentos bajos de expresión son numerosos. No creo que en conjunto sea la trilogía una obra de arte ni su autor un genio. Su expresividad pasa por numerosos momentos de angustia y la estructura, muy llamativa, no está enteramente justificada más que como evocación de un mundo fragmentario: el nuestro. Fernández Mallo debe más a la literatura que la literatura a Fernández Mallo, pero sigamos.

Una obra literaria de formas caprichosas y una nueva pregunta: ¿importa que el itinerario sea caprichoso para reconocer los encuentros casi constantes de este explorador? Sobre la escritura caprichosa nos dio la mayor lección el Finnegans Wake de James Joyce, sobre el que se montó también un andamio de acusaciones que aseguraban que era un mero divertimento del dublinés, y por tanto una obra despreciable.

Pero el lenguaje también es más grande que el hombre y lo lleva por lugares inesperados.

Terminemos. Como novela, Nocilla Lab no está a la altura de las precedentes, Experience y Dream. La ambición temática no concuerda con la deriva estética, son dientes muy pequeños para un filete muy grueso. Sin destripar nada a futuros lectores, el dilema humano que plantea Fernández Mallo triplica en peso al dilema literario, pero parece que es lo segundo lo que más le interesa, de manera que lo humano queda con aspecto de globo viejo y deshinchado.

Dicho todo esto: ¿por qué hay que leer Nocilla Lab? Por la misma razón que debe leerse la crítica sobre Fernández Mallo. Arrancado de la literatura en aras del ruido de los suplementos culturales, Fernández Mallo ha sido secuestrado por Fernández Mallo. Si la tarea de desandar estos caminos es más propia de un antropólogo que de un filólogo, será algo que decida cada cual. Pero en esta sociedad caprichosa y superficial, tan fragmentaria y escurridiza, ¿no será Nocilla una de las pequeñas Biblias portátiles de la nada?

Quizás estemos con Agustín Fernández Mallo, sus defensores y sus detractores, esperando a lo que viene de la incertidumbre en la misma plataforma petrolífera.

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