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El desgarro de nuestra última Guerra Civil ha producido infinidad de literatura, pero quizás “La noche de los tiempos”, la nueva novela de Antonio Muñoz Molina, haya sido una de las más audaces en su búsqueda de preguntas.

Queda muy lejos la Guerra. En la casa madrileña de Muñoz Molina, donde tiene lugar nuestra entrevista, el sosiego es absoluto. Las formas del mobiliario son sencillas, contundentes. La narración arranca en una estación de Nueva York donde Ignacio Abel, el protagonista, examina los objetos que abultan sus bolsillos despojado de todas las pertenencias de su vida burguesa. Durante todo el libro, la observación de los objetos crea un preciso tapiz de aquella época.

PREGUNTA: “¿Hemos perdido nosotros cierta reverencia por los objetos?”

RESPUESTA: “No lo creo. Son cosas tangibles, nos acompañan y cuentan nuestra historia. No somos en eso tan distintos de Ignacio Abel, también nos ocurre que encontramos las llaves de una casa en la que ya no vivimos y nos conectamos a nuestro pasado. Lo que uno lleva en los bolsillos, los objetos más usados, están embebidos de la vida de la gente. Si piensas en el momento actual quizás los objetos tengan una vida más corta, nos acompañen menos a lo largo de la vida, pero seguimos conservando algunos con inmenso cariño.”

La novela
Con la Guerra Civil como telón de fondo, la minuciosa forma de ver el mundo del autor respira en la lectura de un libro de 950 páginas al que no sobra nada. En narrador lo advierte en las primeras páginas: “Importa la precisión extrema, nada real es vago.”

P: “¿Ha sido también una frase importante para usted durante la escritura?”

R: “Sí. Hablo de un mundo que no conocí de primera mano, y un escritor siempre necesita conocer y respetar aquello de lo que escribe, debe recrear el mundo con detalles exactos. Yo quería ser muy respetuoso con ese pasado que es nuestro sólo en cierta forma, contar cómo vive la gente normal algo monstruoso sobre lo que no puede elegir y que desbarata toda su vida. Ahí entra la complejidad de la novela, que no busca que los personajes se comporten bien sino que persigue al ser humano tal y como es.”

P: “Usted ha dicho en alguna ocasión que la escritura de este libro ha sido especialmente ardua. ¿Sirvió este estado de ánimo para sentirse en la piel del viajero obligado Ignacio Abel?”

R: “Sí, yo creo que se filtra una parte de ese cansancio. Escribir un libro tan complicado y largo es en cierta forma un viaje: requiere muy buena suerte, tienes que encontrar la documentación, las ideas argumentales, pero también debes mantener una obstinación, pelear contra el desaliento diario, sostener el tono y el pulso. Es un proceso de búsqueda para encontrar los hilos que funcionan en medio una maraña muy complicada.”

P: “¿Requiere mucha experiencia ese proceso?”

R: “No creo que la experiencia de una novela sirva para otra. Cada libro es una cosa tan específica… el propósito de una novela va exigiendo las herramientas.”

Aquella España
Realidad y ficción se entrelazan en la novela, se mezcla la Historia con el desgarro de los personajes. El arquitecto Ignacio Abel es un socialista moderado casado con una mujer de familia monárquica, que asiste con un impávido terror al derrumbe de su sociedad en medio de una relación amorosa apasionada. Como Pedro Salinas, sale de España en 1936 huyendo del enconamiento, alentado por una plaza en Estados Unidos. La amante Judith Biely, una mujer que despierta en él la llama de la juventud perdida, estructura el conflicto interior del personaje.

Los recuerdos de quien se ve arrancado de su vida narran los tránsitos del protagonista por un Madrid muy vívido y tamizado por personajes reales (Juan Ramón Jiménez, Alberti, Negrín, Moreno Villa…)

P: “¿Cómo fue su búsqueda de la vida de la gente por encima de las posturas ideológicas?”

R: “Encontré muchos testimonios. Periódicos, diarios, libros, pero también orales: un señor mayor al que conocí me contó que en la calle de la Magdalena había un cabaret cuya entrada era la cara de un demonio rojo, y se bajaba por las fauces abiertas al sótano donde cantaban y bailaban señoritas desnudas. Madrid era una ciudad muy moderna, España tenía un contraste enorme entre zonas de extremada pobreza, de pobreza rural y urbana, y otras de enorme modernidad.”

P: “Modernidad que encuentra su carga simbólica en el proyecto de Ciudad Universitaria, en que trabaja como arquitecto Ignacio Abel.”

R: “Ciudad Universitaria nace para reunir estudiando e investigando a lo mejor de un pueblo, hombres y mujeres. No me hizo falta subrayar el simbolismo porque fue así: comenzó en 1927 alentada por Alfonso XIII, la II República la continúa, y es un proyecto que, aunque se basa en otros europeos y americanos, es muy original. Un campus enorme y verde, pero conectado a una cuidad. Cercano, accesible.”

P: “Pero el apasionamiento ideológico destruye la paz necesaria para la construcción. ¿Convierte eso a Ignacio Abel en un idealista?”

R: “Idealista práctico. En aquel momento la destrucción tuvo hasta un atractivo estético. Naturalmente, ni Ignacio Abel ni quienes crearon aquello pudieron imaginar que los campus recién inaugurados servirían como campo de batalla. Ignacio Abel quiere que haya árboles, pero el crecimiento vegetal es lento. Y está la impaciencia de lograr, pero está la impaciencia también por destruir, el progreso y el cambio se percibían de formas diferentes. Hay que tener en cuenta fue un proyecto burgués y respondía a ese desahogo, mientras que España era un país muy pobre. ¿Cómo le pides a quien tiene hambre que sea paciente porque las cosas avanzan lentamente? La democracia se percibía como un parlamento tedioso que no había sabido ni evitar la I Guerra Mundial ni estaba haciendo nada por evitar el crack del 29. Por otra parte, el conflicto dialéctico era violentísimo, para la mayor parte de los protagonistas de la política española la democracia era simplemente un tránsito hacia otra cosa.”

Intelectuales en tránsito
Estados Unidos fue uno de los países de recepción más importantes, donde se fraguó una comunidad internacional de exiliados de toda Europa que representa una de las mejores generaciones del pensamiento occidental. Actualmente, aunque el viaje y el exilio sean incomparables, la comunidad española de Nueva York es una buena muestra de este pasado.

P: “¿Sigue siendo Nueva York un buen puerto al que llegar?”

R: “Es extraordinario el modo en que acoge ese país a la gente. Si lees los libros de historia, te das cuenta de que el país que expulsa a su gente sale perdiendo. A comienzos del siglo XX, Alemania era una potencia mundial en intelectualidad, pero decidió destruirse. España perdió a tanta gente que había hecho editoriales, que investigó, que creó fundaciones… América Latina está llena de estos proyectos que empezaron en España, y si ves el cine norteamericano, te das cuenta que es también en parte una invención de emigrados europeos. Mi barrio, el Upper West Side, muy cerca de la Universidad de Columbia, estuvo integrado en gran medida por exiliados, y esta lejanía del hogar dio una comunidad muy unida. Sigue teniendo ese sabor. Europa se suicidó y Estados Unidos, con muy buen juicio, acogió a los que no querían morir allí. Nueva York es una ciudad en la que no se trata peor por ser extranjero.”

P: “¿Tiene contacto la comunidad de escritores hispanohablantes actual?”

R: “Sí, conozco allí a mucha gente. Pero ahora es una ciudad demasiado cara para que prolifere el estamento artístico. Quizás ahora hace falta más suerte para desenvolverse, o quizás mayor planificación, no estoy seguro. Pero siguen existiendo las oportunidades.”

El Instituto Cervantes, que dirigió en aquella ciudad Muñoz Molina, es uno de los centros de la vida hispánica neoyorkina. Eduardo Lago, que dirige ahora el centro, sostiene que su labor es un deber con la lengua española, nuestro mayor tesoro. Un cargo que, como también dice Muñoz Molina, exige todo el tiempo disponible. Dice Eduardo Lago que “si quisiera continuar ahora mi obra literaria tendría que dejar el cargo, pero es una responsabilidad que he elegido yo. Este proyecto vale la pena y requiere mucha honestidad.”

María del Mar Gómez, dramaturga española afincada en Manhatthan, dice que “escribir en español en Nueva York te introduce en un círculo panhispánico, y ves que los países latinoamericanos están produciendo una literatura de mucha calidad. Eso te da una visión más humilde de tu origen y te ayuda a trabajar mejor.”

A 6.000 kilómetros de Madrid, la ciudad que acogió a tantas víctimas del radicalismo político mantiene las manos abiertas a la cultura hispánica.

La noche de los tiempos
Con todo, “La noche de los tiempos” ha nacido con el propósito de ser el testimonio de una realidad que acalló a quien no gritase.

P: “¿Se dieron cuenta demasiado tarde los intelectuales de lo que estaba pasando?”

R: “Muchos se dieron cuenta, como el personaje del profesor Rossman, pero nadie los quería escuchar. Ocurrió a mucha gente que escapaba de Alemania o de Rusia y descubría que la gente no quería escuchar ni entender. Está el ejemplo de Stefan Zweig: explicaba lo que había visto, pero nadie lo quería creer. Que un estado emprendiera un genocidio que nadie había conocido en la historia y encima en pos de una idea de mejorar el mundo siempre será difícil de creer.”

Esta entrevista de JSI fue publicada en la revista Tiempo en diciembre de 2009

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