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Entrevista a Manuel Jabois, publicada originalmente en Revista de Letras.

Manuel Jabois (1978) escribe en Diario de Pontevedra y El Progreso, además de unos diarios en su blog. Parece mentira que le publiquen y me gustaría leer las cartas indignadas a los directores de esos diarios, porque Jabois no sólo emancipa el dedo en la llaga, sino que además lo hace sin guante de látex. De prosa directa y español preciso viene vestido su primer Greatets Hits, Irse a Madrid, que publica Pepitas de Calabaza. En el libro se da la valiosa paradoja de la ofensa y el goce: será difícil encontrar lectores indiferentes, porque Jabois, aunque se quite méritos, corre en la pista de Umbral y Julio Camba. Para que el lector no se sienta engañado, acometemos esta entrevista por el chat de Gmail. Que la disfrute, si da de sí.

Manuel Jabois (foto © Xan Xiadas)

Yo: En el artículo que da nombre al libro hablas de que no se te ha perdido nada en Madrid y de que en Galicia se está muy bien. ¿Por qué mucha gente se pone histérica con la provincia y se va a la capital?

Manuel: Hay cierto desdén en eso que digo. La vida en Madrid es más grande, pero tienen que gustarte las vidas grandes, y para rellenar una vida grande hace falta mucho dinero. La gente que se pone histérica suele ponerse con razón; aquí la vida benigna de provincias muchas veces deviene en cáncer.

Yo: Pero no mata el ingenio.

Manuel: No, el ingenio no lo mata. Pero tampoco lo afila. No creo en los territorios.

Yo: Parece que a lo más que se puede aspirar en Pontevedra es a que pongan tu nombre en un colegio y den un premio de periodismo con tu nombre.

Manuel: Y algo aún más grande: irse a Madrid. Pero en fin, yo hoy estoy en Madrid, y no me he movido de la playa.

Yo: ¿Tienes a Camba por maestro?

Manuel: No, qué va. Todo esto de Camba es porque me dieron un premio hace años en una convocatoria de la que un cabrón del jurado, dicho con amor, dijo que había tenido una “calidad aceptable”; fue tal el desaliento que doblaron la cantidad al año siguiente para que se presentasen los buenos. Cuando lo gané me había leído dos artículos de Camba. Luego sí con devoción, claro. Me inspira como me inspiran otros, quizás más. Pero maestros no tengo ninguno; soy más de discípulos.

(Las negras son cursivas, no te lo vuelvo a decir <3).

Joder, qué chulo el corazón en el chat del Gmail. Voy a sacar los ligues de Facebook y meterlos aquí. Es como menos after.

Yo: Un amigo mío tenía dos cuentas, caballeros y señoras, para que no le canibalizásemos el corral de señoritas. Hablas mucho de señoritas en tus artículos. Y de droga. ¿Todavía puedes salir a la calle?

Manuel: Me llaman para salir más. Soy como Puzo, al que luego los mafiosos le llamaban para contarles sus aventuras y salir en sus libros. Así yo con los camellos.

Yo: Aunque denunciases a uno a la mínima…

Manuel: Creo que nunca he denunciado a nadie. Todo lo más, anunciar.

Yo: Como en el Nuevo Testamento. Bueno, a ver, una pregunta de las que tengo apuntadas. La Revolución Cubana, dices en tu libro, pasó de oliva a chándal. Vamos a hacer amigos: ¿el periodismo en España lleva chándal y tacones?

Manuel: El periodismo en España es como el periodismo en Sri Lanka: lo hay de esmoquin y también de chanclas. Lo que no sé es si en Sri Lanka pagan más a los de las chanclas que a los de esmoquin. Aquí desde luego sí. No se premia tanto el análisis o la prosa como el metro cuadrado de trinchera.

Yo: ¿Has paseado tus huesos por alguna escuela de periodismo?

Manuel: Casi no los paseé ni por la facultad. Estudié Derecho un año. Luego me matriculé sin parar en cuatro carreras diferentes y aprobé dos asignaturas entre todas. Leo periódicos desde niño. La happy hour en casa era cuando volvía mi padre del trabajo y le arrancaba el periódico del brazo para tirarme en la alfombra a leerlo. Me recuerdo leyendo las crónicas de la guerra del Golfo del 91, o sea que tenía trece años. Me fascinan los periódicos, me fascinaron siempre.

Yo: Tiene cojones leer esto.

Uno está predestinado a ser un carca.

Manuel: ¿Por qué?

Yo: Porque admirar los periódicos es un vicio condenado tal y como van las prosas.

Manuel: Uno siempre encuentra cosas que los salvan. Hay corresponsales españoles en el extranjero acojonantes, por ejemplo. Me gustan ciertos articulistas muy buenos. Pero al fin y al cabo creo que leo los periódicos por fidelidad, pues me eduqué con ellos. Ahora busca uno la excelencia, pero la excelencia se vende muy cara y el periodismo se paga muy barato. A mí, en general, me gustan las cosas muy bien escritas, aunque pretendan venderme motos.

Yo: Le pasé tu libro a mi padre y dijo: joder, qué fijación tiene este tío con Pontevedra. Le pasé concretamente el artículo “Me recuerda tanto a Lugo”. Me interesa hablar de Galicia, que me cuentes más sobre tu primer trabajo como gacetillero.

Manuel: Pero ésa una fijación universal, hombre. Seguro que tu padre no dijo de García Márquez: “Qué fijación tiene este pavo con Macondo”. Por supuesto no me estoy comparando con García Márquez: lo que él cuenta es mentira, y lo mío verdad.

Mi primer trabajo en Diario de Pontevedra fue ser corresponsal de Sanxenxo. Una cosa hermosísima si echo la vista atrás, pero pasaba los días con más tensión que el guardia civil del pueblo. Cada vez que se movía una alcantarilla iba a echarle una foto y mandarle unas líneas al periódico por fax. Lo explico muy sucintamente en el prólogo, pero aquellos años merecen un buen libro.

Aguardo que no toques ninguna línea de lo escrito sobre Gabo; espero con la gabardina abierta a esas hordas garciamarquianas agitando los sonajeros.

Yo: García Márquez es un periodista bélico. Respecto a la corrección política, que ya es un tópico, quería preguntarte si uno acaba cansándose de que gente anónima se enfade.

Manuel: GGM es un grande con todas las letras, di que sí. La gente anónima nunca se enfada lo suficiente. O eso a mí me lo parece. Hubo un momento en el que decidí dejar de escribir papillas. Me decía un compañero del periódico: “Esto no lo va a entender nadie”. Que se jodan. “Esto se puede leer de muchas maneras”. Pues que se lea. “Oye, no te pillo la ironía”. Pues vuélvelo a leer, a lo mejor no tiene. Con esto no quiero dármelas de nada, sino que uno no puede andar en el artículo poniendo señales de tráfico en plan “ojo, sarcasmo”, o escribir en el blog y linkar todo el rato para que todo se transparente.

Yo: Saltarse la corrección ¿es snob o natural?

Manuel: Me gusta pensar que es un rasgo de snob, pero debo reconocer que es natural. El otro día iba por la calle y a cada mujer con la que me cruzaba me la imaginaba desnuda a cuatro patas encima de una mesa de cocina. Todas, desde las abuelas hasta sus hijas mayores de edad. Esto yo no lo puedo escribir nunca y probablemente nunca debería habértelo dicho, pero fue lo que pasó, y te diré más: lo imaginaba como un hecho artístico, algo más relacionado con la estética que con el sexo, como esas colecciones de fotógrafos famosos. Ese pensamiento políticamente incorrecto siempre se queda a milímetros del artículo, y a veces, por descuido o por puro esnobismo, acaba publicándose.

Yo: Yo cuando veo a una tía por la calle me intento imaginar cómo será su perfil de Facebook. Si será guarra o escribirá con faltas de ortografía y cuántos “me gusta” le ponen en las fotos. El Facebook, si uno juega bien, ¿puede convertirse en una sección de columnas breves interesante en el que uno es el editor jefe que selecciona a sus colaboradores?

Manuel: Facebook puede ser eso que dices, pero hay que tener la cabeza fría. Yo ahora apenas vagabundeo por los perfiles, pero cuando lo hacía, además de a mis amigos de verdad buscaba a los escritores o periodistas que me interesaban para leerlos. Luego, en su columna de contactos, veía a algún otro conocido y pinchaba. Y así, aguando el objetivo, guiándome ya más por las fotos que por el nombre, empezaba un descenso a los infiernos en el que acababa siempre metido en una espiral diabólica de lesbianismo. Y con la pija fuera, claro, porque internet es eso: un sitio en el que siempre, desde la página más insospechada, empiezas a linkar y linkar hasta acabar con la polla fuera. Puedes meterte a leer el New Yorker que tarde o temprano acabarás bajando las persianas. Esa atmósfera sórdida del internauta pajillero que ha desembocado en un cambio estructural de la decoración de interiores, con el rollo del papel siempre al lado del disco duro.

Yo aquí he venido a hablar de mi libro, te recuerdo.

Yo: Me he reído casi tanto como con el artículo en el que te veta la polla el programa Canguro Net de Telefónica. ¿Qué piensas de la intimidad? ¿Muy sobrevalorada?

Manuel: Exactamente. En Twitter o Facebook te encuentras a gente diciéndole a alguien: “Te paso mi móvil por el privado”. Pero quién te va a llamar, alma de Dios. Si nadie te llamó en la puta vida. ¿A quién le importa tu número de teléfono?

Yo: ¿Te hago alguna pregunta pelota sobre tu libro para que vean que eres un puto genio?

Manuel: No, qué va. Está quedando meridianamente claro. “Meridianamente claro”, ¿es pleonasmo?

Yo: De un pleonasmo se murió mi tía. Bueno, procedo. Te cito: “el periodista debe limitarse a puntuar con corrección aquello que el destino le pone entre las manos”. Eso lo has escrito tú, y te quería preguntar qué tiene que hacer el escritor, y si tú quieres hacer algún otro libro.

Manuel: Yo no sé a lo que se tiene que limitar el periodista. Esa frase me sonó bien, y si algo me suena bien estoy perdido, porque lo publico inmediatamente, a veces incluso estando en desacuerdo. Lo que tiene que hacer un escritor es escribir bien, básicamente. El resto es mérito suyo, pero escribir bien no; escribir bien, si uno quiere publicar, es el primer rasgo de decencia con uno mismo y sobre todo con los demás. En cuanto a mí, tengo una novela parada desde hace exactamente un año, cuando estaba escribiendo sobre el divorcio de mi protagonista y de repente me encontré divorciándome yo mismo. Así que ahí tengo una ballena varada, con las tripas afuera, y aún no sé si me apetece bajar con la linterna a ver cómo andan de salud los párrafos. Pero sí me acaba de proponer una editorial una idea muy cuca que tengo que escribir en agosto; un librito que saldrá en diciembre y en el que tengo que explicar por qué soy del Madrid. Les voy a mandar un tuit.

Yo: Me gusta que empieces uno de los artículos con un “No quiero avasallar” que es como el “No quiero repetirme” de Javier Marías. Dice Marías en su último artículo que está reventado de tanto opinar. ¿Cuál puede ser el siguiente paso? Espera, voy a preguntar algo más genérico todavía. ¿Qué hay de eso?

Manuel: Yo cada vez opino menos porque lo hago fatal; soy un chico muy poco cultivado que todo lo que sabe es por la prensa. Soy un diletante de mercería. Lo que llamamos en el pueblo un enterao.

Yo: Qué respuesta más floja.

Manuel: A mí me gustaría reencarnarme en el presidente de la comunidad de propietarios de Javier Marías.

Yo: Reconozco que la pregunta de antes era también muy floja. Vamos con las últimas: Si eres del Madrid, ¿por qué te declaras antitaurino? ¿No ves que es más coherente defender la fiesta nacional?

Manuel: Me gustan mucho los animales, por eso también soy del Madrid.

Yo: Dices que escribiendo, por bien que se haga, no se llega al orgasmo. ¿Te refieres a quien escribe o a la señorita que abrió tu libro?

Manuel: Uno nunca sabe por dónde vienen los orgasmos. A mi vecino, por ejemplo, le entran por la ventana.

Yo: Por el Windows.

Manuel: Por esa también. Si le queda algo del wifi que le robo yo.

Yo: Un día le dije a una chica que todos escribimos para follar y al final me la follé.

Manuel: Todos empezamos a escribir para follar, pongámonos serios. Luego unos se aburren de escribir y otros de follar. Por eso hago mío lo de “Mejor que escribir, haber escrito”. Mi madre siempre dice que no se quiere ni imaginar a lo que me habría dedicado si no me hubiera puesto a escribir, y yo pienso que eso no es lo terrible, sino lo que me hubiera follado de no haber escrito. Dicho lo cual, la fiebre del folleteo fue una cosa de los veinte. Ahora estamos más a los gintonics y la paja redentora.

Yo: Para terminar, ¿qué está más sobrevalorado, follar o leer?

Manuel: Si por cada polvo yo hubiera leído un libro hoy sería ciego y me llamarían Borges.

Yo: Hazte alguna pregunta si querías hablar de tu libro.

Manuel: “¿Quién es la Estrela de la dedicatoria, si se puede preguntar?” -Oh, pregunte, pregunte. Ya veré yo si le contesto.

Yo: ¡Lástima que se haya acabado el espacio para esta entrevista! Muchas gracias por tu tiempo, y más por tu libro.

Manuel: A ti. Eres el primer entrevistador que compra mi libro y no lo pide a la editorial; jodidos periodistas, siempre arruinando al personal.

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