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(Artículo publicado originalmente en la revista Tiempo)

Diez años después de su muerte se publica Miguel Gila, vida y obra de un genio, escrito por Juan Carlos Ortega y Marc Lobato; un libro repleto de anécdotas y textos inéditos del humorista.

Antes de leer este magnífico libro de Juan Carlos Ortega y Marc Lobato, publicado por Libros del Silencio, Miguel Gila puede comparecer ante el imaginario colectivo con un casco de soldado y un teléfono, preguntando al enemigo a qué hora piensa atacar. Pero lo que Fernando Arrabal hizo en su obra Picnic tenía en Gila un sedimento real y doloroso. Era uno de esos desafortunados abuelos nuestros a los que la guerra les manchó una parte adulta de la biografía, pero uno de los pocos que supo sacarle a la barbarie una carcajada, como el Berlanga de La vaquilla.

Si una guerra es absurda para todos, la de Gila no iba a ser menos. Tras la caída del bando republicano y el alzamiento franquista, Gila salió de la cárcel y se fue a su casa. Al poco tiempo, lo reclamaron para que hiciera el servicio militar. ¿Cuántas personas hicieron el servicio militar después de la guerra?

El absurdo llama al absurdo, y es que a Gila incluso lo habían fusilado. Durante la Guerra Civil, un grupo requeté lo sorprendió con varios compañeros cuando se les averió el camión y los mandaron matar. El pelotón de fusilamiento estaba borracho desde el talón de la bota hasta la punta del cañón, y beodamente abrieron fuego sobre los reos, matando a todos menos a él, que se hizo el muerto, y a un compañero herido en la pierna, al que Gila llevó a hombros hacia la salvación.

Sería una de las muchas veces en que a Gila lo salvaría el ingenio, y es el ejemplo paradigmático de cómo funcionaba su sentido del humor. La anécdota, sangrienta y trágica, se explica así en su idioma personal: “A mí me fusilaron mal”.

Quizás por eso tenía con la muerte cierta confianza. Como diría en uno de los monólogos publicados en el apéndice del libro: “Yo no he creído nunca en la historia de la reencarnación, pero después de haberme muerto varias veces, estoy empezando a pensar que hay algo de cierto”.

Humor duro.

En 1945 terminaba otra guerra bastante seria en Europa y Gila entró a trabajar como viñetista en La Codorniz. Álvaro de Laiglesia, el redactor jefe, rechazó en principio varios dibujos, pero cuando Gila consiguió entrar con mediación de Miguel Mihura y gracias a una viñeta con un soldado que se presenta ante su oficial con la cabeza del caballo en la mano y dice “Capitán, se me ha roto el caballo”, volvió a entregar las viñetas rechazadas a de Laiglesia. La Codorniz las publicó, despertando excepcionalmente más risa en Gila que en el público. Con el tiempo, acabaría publicando algunas de sus mejores viñetas en El Periódico de Catalunya, donde colaboró durante años.

Pero el inicio del humorista Gila se remonta a mucho antes. Como ocurrió con los Hermanos Marx, nuestro humorista descubrió de niño que quería dedicarse a la comedia. Provocando la risa de sus hermanos y compañeros de clase encontró su profesión.

Su humor infantil tendría que depurarse bastante. Si de mayor incendiaba de carcajadas un auditorio entero con su papel de gañán que explica las bromas del pueblo (“me han matao al hijo, pero lo que me he reído…”), de pequeño se divertía untando de mierda el picaporte de un vecino.

El adulto desecharía la escatología en su camino para hacer un humor nuevo y distinto. Dijo en una entrevista: “Yo me divertí mucho de niño colgando a un cura un cartel en la espalda en que poníaPeligro de pedo, pero me extraña que humoristas adultos sigan empleando esos trucos”.

Su deseo de ser diferente llegaría a ser una obsesión. A Gila nada le enfurecía más que un plagio, incluso si venía disfrazado de “homenaje o inspiración”. Célebre en su época fue su pelea con Guillermo Cifré, que copió viñetas de Gila. Como castigo, recibió de don Miguel lindezas como éstas: “El dibujante Cifré lleva una sección en Pulgarcito, que titula El humor visto por Cifré, y yo titularía El plagio hecho por Cifré. Pienso llevarlo a la cárcel escribiendo a La Codorniz. ¡Verás qué pronto ingresa en La cárcel de papel!”.

Y es que su secreto implagiable, reflexionan Ortega y Lobato (no son un dúo cómico sino, recordamos, los autores del libro), fue hacer creíble la locura. Rescatan una confesión que le hizo Gila a Luis del Olmo: “A mí me gusta que lo que cuento pueda ocurrir en la realidad”. Del Olmo preguntó: “Pero nacer solo, ¿eso puede ocurrir?”. Y Gila mostró su secreto: “Las excepciones son necesarias para dar cierta credibilidad al absurdo, pero solo son eficaces en pequeñas dosis”.

Humor tierno.

La otra clave, que los autores del libro delimitan a la perfección, era la ternura. Y para ilustrarla añaden una rara avis de la creación del humorista: sus poemas, inéditos hasta la fecha y confiados al lector por Malena Gila, su hija.

Gila, que conoció en la cárcel a Miguel Hernández, escribía poesía. Lo hacía para sí mismo (Malena admite el pudor que sintió la primera vez que los leyó, ya fallecido su padre) y durante toda su vida tuvo la ambición de aprender más y más. Cuando tuvo su primer diccionario, lo primero que hizo fue leérselo entero, de la A a la Z.

Cuenta Malena que cuando ella estrenaba libros de texto en el colegio, su padre insistía en forrarlos y ponía en este gesto un entusiasmo frenético e infantil. Él, que tuvo que dejar los estudios a los 13 años, tras la muerte de su padre, llegó hasta el punto de apuntarse a clases de informática con casi 80 años.

Curiosidad y sensibilidad.

Y es que el arma principal de Gila fue la curiosidad. Curiosidad repleta de ternura, embebida de sensibilidad. Valga este ejemplo: un día, su hija escuchó una extraña melodía que salía del estudio de su padre, del que solía emanar Mahler. Aquello no era, ni de lejos, Mahler. No, Malena abrió la puerta y sorprendió a su padre escuchando rap. “Estaban poniendo este disco en El Corte Inglés y me ha llamado la atención”, le dijo él.

Gracias a la curiosidad y a la sensibilidad conseguiría Gila conectar con la risa de varias generaciones. Dice Josema Yuste, de Martes y Trece, que “el monólogo de la guerra te tiene que gustar, seas de izquierdas, de derechas, del centro; de arriba, de abajo; seas lo que seas te tiene que gustar”. Forges va más allá cuando escribe en el prólogo que “todo lo gris del franquismo cotidiano desaparecía” cuando hablaba Gila, “uno de los tres reyes magos del humor, con Cervantes y Quevedo”. Como dice Juan Marsé, “su humor fulmina la grandilocuencia”, y Luis del Olmo remata: “En los monólogos de Gila encuentro una sobredosis de humanidad.”

Humanidad que adopta con este libro una nueva gama de colores, entre los que sorprenden este detalle de sus pocos poemas, tan sencillos que resultan enternecedores: “Me encuentro raro sin ti / en este mundo lleno / de gente vacía, / que no lo llena”

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