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Las aventuras de Juan Soto

Por Daniel Jiménez Palencia

Conocí a Juan Soto Ivars allá por el año 2010, en la ciudad de Madrid y en la calle Reinas número 3, una casa llamada “La Mansión de Drácula” por su evidente aspecto transilvánico, sede de las reuniones externas del equipo de colaboradores de la sección cultural de la revista Tiempo que dirige Luis Algorri. He querido empezar por este dato intrascendente para el lector, al mismo tiempo que transcribía fragmentos de otra presentación entre escritores, porque en verdad resulta pesadísimo, aunque también sea interesante, cuando las vacas sagradas de las letras se ganan un extra escribiendo en columnas y prólogos sus encuentros y desencuentros con esos otros grandísimos escritores y mejores personas y al final, claro, buenos amigos. Esas palabras, esos encuentros, esas presentaciones son, en demasiadas ocasiones, vulgares escenas pornográficas para adultos asexuados. Intentaré por todos los medios que lo que sigue a continuación no lo sea en absoluto.

Juan Soto y yo nos conocemos, es cierto. No somos amigos (qué difícil es eso de hacer amigos y qué rápido se catalogan como tales quienes nunca lo serán), pero sí somos compañeros de oficio, colegas de vocación y adictos a la enfermedad, a la literatura y a las sustancias ilegales, aunque puede que sean la misma cosa. La noche que nos conocimos, como tantas otras noches, estuvimos recorriendo varios bares infectos de Madrid hasta acabar la juerga en casa de otro gran escritor y mejor persona de nombre Ignacio Merino. Allí, es obvio, seguimos bebiendo y haciendo cosas ilegales (llegamos a encender una hoguera con las páginas arrancadas de varios libros) mientras hablábamos de la pésima calidad literaria de todos cuantos no estábamos allí reunidos. Como en tantas otras profesiones, los elogios y las complacencias sólo se les concedieron a los escritores ya muertos: BolañoBernhardJoyceHamsun, me parece recordar que alguien hasta reivindicó a los escritores patrios y nombró a Galdós, como si ese señor necesitara ser reivindicado por un joven escritor borracho hasta las cejas y además inédito.

Una de aquellas noches, Juan y yo nos escabullimos del grupo antes de tiempo y nos metimos en un taxi que nos alejaba lentamente de Madrid. La noche era luminosa y gélida cuando llegamos a la casa de Juan porque de alguna manera tiene que ser la noche. Subimos a su piso, uno de los últimos apartamentos de un edificio altísimo que corona la calle Segovia. Recuerdo que Juan lo llamaba, no sin vanidad, “El faro”. Nos sentamos cada uno en un sofá y encendimos sendos cigarrillos. Juan me leyó fragmentos de una novela que estaba a punto de terminar y yo hice lo propio con un cuento que estaba escribiendo o había terminado ya. Fumamos y bebimos sin prisa pero sin pausa. No recuerdo si esa noche teníamos alguna sustancia ilegal para consumir. Lo más seguro es que sí. ¿Por qué no? Hablamos de nuestros antiguos maestros, tantos y de tantas nacionalidades diferentes como para hacer varios equipos de fútbol y luego ponerlos a jugar un mundial. La noche se fue yendo sin que nos diéramos cuenta. A las 6 y media de la madrugada se apagaron las luces artificiales de la ciudad. Nos asomamos al balcón y entonces comprendí por qué llamaba así a su edificio. El cielo estaba aún oscuro pero la mayoría de las ventanas de “El faro” seguían encendidas. Un mar de oscuridad. Una luz en el horizonte. Y dos borrachos agitando la mano desde el balcón haciendo señales a nadie. Creo que fue en ese momento sublime y ridículo cuando llegamos a varias conclusiones originalísimas y fundamentales (o eso nos pareció entonces) sobre el carácter de la novela, conclusiones que, ahora, a la luz de la reciente publicación de la primera novela de este joven murciano de nombre Juan, La conjetura de Perelmán (Ediciones B), y de la aparición de una curiosa y recomendable antología llevada a cabo por el hidalgo Soto y su inseparable escudero Sergi Bellver, de nombre Mi madre es un pez (Libros del Silencio), pues es ahora, como digo, cuando me parece importante rescatar esas conclusiones.

Antes, una advertencia: El paso del tiempo, la enfermedad y el abuso de sustancias ilegales han podido modificar ligeramente el contenido de estas conclusiones. Pido disculpas a los lectores que no estuvieron presentes en aquel momento, y sobre todo pido disculpas a Juan Soto por correr el riesgo de poner en su boca palabras y/o afirmaciones que tal vez ya no comparta, o que incluso no haya compartido nunca. En cualquier caso, la verosimilitud es un valor a la baja y yo nunca os dije que fuera a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Estas son las conclusiones.

La primera. Si la novela consigue hacerte comprender que el lenguaje es más sencillo o más complicado de lo que habías pensado, merece la pena.

La segunda. Si la novela rompe, altera, deforma, manipula, tergiversa, o directamente satiriza algún género literario, estilo narrativo o variación formal, merece la pena.

La tercera. Si la novela descubre comportamientos, obsesiones, miedos o esperanzas de los demás o incluso de ti mismo que todavía no habías percibido, merece la pena.

La cuarta. Si la novela te habla y juega contigo y te impulsa y luego te deja caer, te mima y luego te insulta, te besa y luego te zarandea y hasta te da un puñetazo en la cara, merece la pena.

La quinta. Si la novela eleva el sentido del humor a un pasatiempo de la inteligencia, merece la pena.

La sexta. Si la novela lucha, resiste, se tumba en el suelo y escarba para esconderse pero luego se levanta de ahí y se asoma al balcón y resiste la tentación de saltar por la ventana aunque cuando las luces vuelven a apagarse acepta su derrota y claudica pero no se rinde y resiste hasta la mañana siguiente y así una vez y otra vez y una más, merece la pena.
La séptima, y última. Si la novela reconoce que la vida es una catástrofe, merece la pena.

Hace varios meses que no veo a Juan Soto. De vez en cuando nos intercambiamos algún mail y de paso algún texto. Una vez él me envío un poema sobre la enfermedad. Otra, un dibujo sobre el caos. Yo le envíe mi primera novela y me prometió que la leería. No creo que lo haya hecho, y si lo ha hecho es probable que no le haya gustado. A mí tampoco me gusta ya. Esta noche he terminado de leer su primera novela, La conjetura de Perelmán, y todavía no sabría decir si me ha gustado o no. En varias ocasiones he creído comprobar que Juan tuvo presente a la hora de escribirla algunas de las conclusiones a las que llegamos juntos mientras evitábamos saltar al vacío. En otras no las veo por ninguna parte. No importa. Juan y yo ni siquiera somos amigos. Sus amigos son otros y con ellos ha formado un movimiento llamado Nuevo DRAMA. Pero el drama es dejarse de fiestas y de postulados románticos y de manifiestos vanguardistas o tradicionalistas y ponerse a escribir. El drama es tener que esperar a estar muerto para que tus colegas hablen bien de ti. El drama es que la literatura no sirve para nada y sin embargo es nuestra única esperanza. El drama es que no tengo más amigos porque no me apetece hacerme una cuenta en Facebook. El drama es que las sustancias ilegales tienen efectos secundarios y que esos efectos secundarios sólo desaparecen dejando de tomar sustancias ilegales y eso sería un verdadero drama porque entonces Juan Soto y yo no sabríamos qué hacer cuando nos volviéramos a ver. El drama, el único y verdadero drama, es seguir con esta vida de mierda y encima tener que sonreír. Pero eso es otra historia.

Para terminar, el mejor fragmento que he encontrado en la novela de Juan. A lo largo del libro hay palabras, situaciones y metáforas ingeniosas, bellas y acertadas aunque en algunos casos se vuelven excesivas. Pero este párrafo, sólo este párrafo, demuestra que estamos ante un gran escritor… y mejor persona, eso por descontado.

Entretanto, el policía que decidió no detener a la pareja de borrachos seguirá haciendo su ronda. Pensará en la extraña mirada de murciélago de ese americano chiflado, en su brazo de roca. Por las noches llueve vodka sobre la ciudad. La alegría da mucho trabajo, pasa la noche dando vueltas, amonestando a gente, pidiendo documentación, apuntando en su libreta esto y aquello. A eso de las cinco el frío empieza a ser terrorífico y decide resguardarse. Cuando el alba lo conduzca a su piso, sentirá que se ha salvado de algo. Cerrará la puerta y no podrá reprimir un hondo suspiro. Salvado, ¿de qué? De una amenaza incomprensible. A salvo de los pasos y el olfato de una montaña con patas de araña. Esta criatura inverosímil lo perseguirá en sueños.

Y ahora, que empieza la aventura. ¿Merece la pena?

Posdata. Esta columna es pura ficción. Yo jamás he consumido sustancias ilegales, y Dios me libre de haber visto hacerlo a Juan Soto, a quien, por cierto, no conozco de nada.

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