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Por Sara García Santos.

Juan Soto Ivars no llegó a la escritura por casualidad. Tampoco es un ídolo de masas, ni un reputado crítico. Una vez escribió un prólogo a modo de declaración de intenciones, junto con Sergi Bellver, y a los antólogos les cayeron chuzos de punta. Sin embargo, como buenas gentes de oficio, ambos saben danzar bajo la lluvia con gracia y sin soltar la copa.

Una tarde templada en Madrid es susceptible de convertirse en una noche gélida, en cuestión de minutos. Pero al llegar a La Realidad, lugar donde habría de presentarse La conjetura de Perelmán de Juan Soto Ivars, casi todo el mundo se disponía a salir. Sí, en lugar de entrar. Desde que en la sociedad se ha impuesto esta moral aséptica, nos vemos obligados a ventilar nuestros vicios; con más razón un escritor novel antes de la presentación de su libro.

Llegamos intentando no hacer ruido, y nos sentamos en el coqueto patio de butacas rojas al pie de un escenario que, quién sabe por qué, nos recuerda a Miguel Mihura, con la pared de fondo empapelada en Art Decó de flores negras, y cierto aroma a salón de debates posmodernos. Un escenario que es un drama en potencia, donde se nos ocurre situar a una Nora juguetona, bajo una mesa. Quizá de alguna alambicada forma haya sido el mejor espacio para presentar la primera obra de factura completa sellada por lo que un día dieron en llamar ‘Nuevo Drama’.

Los derroteros de la realidad son así, inciertos, casi imprevisibles, torcidos en ocasiones e inútiles y sin sentido, en otras. Se dilatan y entorpecen a veces, rebosantes de detalles superfluos e intrascendentes, que resultan necesarios —qué contrariedad, tener que definirlo—, porque sin ellos los lectores no nos tomaríamos nada en serio.

Durante el transcurso de la acción en La conjetura de Perelmán, ocurre que Carlo Volodin, ruso, se hace el encontradizo con dos policías americanos por una buena razón que no revelaremos en este momento por conservar el secreto de la trama. Cuando estos le preguntan ‘Do you speak English?’, él responde apresuradamente:

“—Me gusta mucho comer zanahorias, siempre pido zanahorias y Tinkoff para beber.”

Pero La conjetura de Perelmán no es un libro de humor, aunque se encuentren volutas y dobleces de guiños satíricos y surrealistas. Surrealistas, sí, más reales aún que la realidad, porque en el mundo real sí que aparecen pistolas que nunca serán disparadas —afortunadamente—, que o no sirven, o sirven para intensificar el drama. Para sustentarlo, para adornar de matices una radiografía de clavícula.

Con más de media hora de retraso sobre la hora prevista, se asientan en la palestra Juan Soto Ivars, Alejandro García Irisano e Ignacio Merino, para dar comienzo al acto. Y asistimos a una puesta en escena en toda regla. Soto Ivars, de aspecto frágil si se le mira de lejos, se prende en luz cuando se deja llevar por el entusiasmo del verbo.

Comienza el relato de los hechos, en primera persona. Soto Ivars corregía unas memorias y, en una broma genial, el sutil comediante no sólo se permitió introducir algunas morcillas en el transcurso del texto que pulía, sino que en un momento dado cayó en la tentación de nombrar el libro que sostenía el protagonista como su propio libro inédito —Siberia, que verá la luz este año—, citándose a sí mismo como autor para cerrar el círculo.

La broma no sólo motivó su despido inmediato, sino que generó la curiosidad de los editores, y la casa le ofreció la posibilidad de escribir una novela.

Tras la anécdota, es en este punto que Ignacio Merino toma las riendas y, como buen entertainment, lanza preguntas sazonadas con humor y con amor, como buen padrino. Y nos enteramos así de un buen montón de cosas.

Como muestra reveladora de toda la información a la que tuvimos acceso, podemos decir que nos enteramos de que Juan Soto Ivars se dedica a buscar fotos de Putin en Google Imágenes. Al llegar a casa fue lo primero que hicimos. Las imágenes que nos encontramos —medio desnudo y sosteniendo un fusil de asalto, jugando al hockey, tocando el piano— nos recordaron mucho más a Golia, trasunto de primer ministro ruso en la ficción de Perelmán, que al que mencionaban al pie.

Pero tampoco queremos hacer la clásica enumeración de preguntas y respuestas. Esta crónica tiene algo de puntillismo sensorial.

Grigori Perelmán, genio de las matemáticas, nació en San Petersburgo hace cuarenta y seis años. Con treinta y siete convirtió la hasta entonces inexpugnable conjetura de Poincaré en un teorema. A los cuarenta declinó la concesión de la Medalla Fields, el más prestigioso galardón matemático. Como punto culminante de tan meteórica carrera, en 2010, habiendo cumplido cuarenta y cuatro años, rechazó el primer premio de los problemas del milenio —de dotación, un millón de dólares— y declaró:

“No quiero estar expuesto como un animal en el zoológico. No soy un héroe de las matemáticas. Ni siquiera soy tan exitoso. Por eso no quiero que todo el mundo me esté mirando”.

Por este aislamiento eligió Soto Ivars al matemático: por sus silencios. El silencio es el hilo conductor de este libro cuya contraportada califica de ‘thriller’ sin serlo del todo. “Los genios no necesitan compartir su universo. El genio lo ha alcanzado todo, está iluminado y en su iluminación no necesita trasladarlo al otro”, dice Juan Soto Ivars cuando explica lo que decidió tomar como rasgo distintivo del personaje —ya sabe el lector que la paráfrasis pretende ser el sello de este blog—. Como rasgo distintivo del protagonista y como detonante de la acción en diversas circunstancias: el silencio es lo único que reciben como respuesta todos los personajes que rodean al genio matemático, y, a modo de descargas eléctricas, estos reaccionan como corresponde a la naturaleza de cada uno. La madre sufre. Los interesados se ponen nerviosos. Mary Parsons, la protagonista en la sombra —que no lo está tanto—, desespera.

Pero es una desesperación estéril, puesto que basta un poco de atención para entender que quizá Perelmán no atienda al sentido de cada una de las declaraciones que le brotan a la Parsons a borbotones; pero Grisha es capaz de reducir la semántica a la función exacta que traza con precisión la parábola del estado de ánimo de Mary Parsons. Se trata tan solo de la forma que tiene Perelmán de descifrar el código de la realidad que le toca, de la misma manera que cada lector y cada espectador disponen de su particular plantilla para descifrar lo que un autor les dicta a sus sentidos.

“Me propuse escribir un libro que Pepita Moreno entendiera”, declara el autor. Pepita Moreno es su abuela. Juan Soto Ivars pretende deleitar, retratar y suspender nuestra incredulidad a golpe de brillantes invenciones —porque nunca ha estado en Rusia—, con un lenguaje ambivalente, que nada entre las dos tierras de la ficción literaria: aquella que atrae al común de los mortales, aunque plagada de destellos cegadores de lucidez. Deliciosos símiles y agridulces sátiras embuchadas con precisión puntúan una rocambolesca persecución en la que cada actor encuentra su definición, a través del movimiento, de la respuesta vital.

Y cuando todo termina, las luces aún encendidas y el chisporroteo satisfecho de la justa conclusión y las felicitaciones, nos despedimos del autor que firma, despreocupado del mundo y concentrado, en la antesala color hueso de ese drama que es La conjetura de Perelmán.

El drama nuestro de cada día, pero en versión Very Important Person, si se quiere; con tintes cinematográficos que recuerdan al Hitchcock de La trama, además.

Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) nos muestra su visión de las cosas, mezclando en la trastienda la alquimia de la naturaleza humana y el dolor por la realidad —Hamsun y Zwaig diluidos en una justa medida— para terminar ofreciéndonos la atractiva sencillez del pretendiente que, sagaz, se esfuerza durante horas por presentarse estudiadamente descuidado. Tiene veintiséis años y ya nos ha regalado la alegría de entrecerrar los ojos y divisar un placentero horizonte creador.

¿Alguien más se anima?

La conjetura de Perelmán, de Juan Soto Ivars, en Ediciones B.

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