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Crítica de La conjetura de Perelmán en El Comercio.

Quién teme al lobo

Suerte de ensayo poético en el que Menchu Gutiérrez reflexiona sobre ese elemento que, como el mar o como la arena del desierto, deslumbra por su belleza pero también se puede convertir en una amenaza. Escrito de un modo fragmentario, invoca citas de Walser, Dostoiveski, Maupassant, las comenta y las matiza para que dar paso a las propias indagaciones de la autora.Voy a ser sincero. La mayoría de escritores menores de 28 años no me interesan. Y esto es debido a varias razones de sobra contrastadas en mi propia carne -no puedo evitar sentir vergüenza ajena por el egoísmo y prepotencia que destilan mis escritos de hace años-. A esa edad uno está tan enamorado de sí mismo que nada ni nadie le interesa más allá de lo que pueda afectar a su visión. La gente, la sociedad, incluso el amor y los amigos, no son otra cosa que un espejo donde mirarnos embelesados, lo que da sentido a nuestro disfraz. Asimismo, en la mayoría de los casos el vaso del dolor está casi vacío y aún hay sitio donde archivar cada nueva pequeña herida con su correspondiente etiqueta (‘ruptura con infidelidad’, ‘trabajo monótono que me hace ponerme metafísico’, ‘angustia existencial’. ‘experiencia social risible’, etc) para ser añadida como poco sabroso aderezo al coctel de nuestra literatura. El futuro aún queda muy lejos y tenemos la impresión de ser inmortales e impermeables para lo que no nos interese. Si a esto le añadimos que cualquier escritor de esa edad más o menos cualificado es como una esponja, está deseoso de obtener rápido reconocimiento y cada libro es un nuevo descubrimiento, el definitivo, «por fin he encontrado mi voz en esta voz ajena que copiaré sin pudor»- obtenemos un resultado desastroso, aunque común y superable con el tiempo. Un chico o una chica terriblemente egoísta, que sin embargo se considera hipersensible y original y que no sabe hablar más que de las dos o tres cosas que tiene delante y que él cree lo hacen tan especial. Un protagonista con un mal decorado, unos secundarios planos y unos extras torpes en medio de una película carente de interés salvo para él y, puede que para sus amigos. Todo esto, repito, es normal, es parte del proceso de aprendizaje: el lobo feroz aún no ha venido a tirar abajo con soplidos la casita de madera y el cerdito nunca ha pasado miedo de verdad. Cuando esto pase tendrá que demostrar, y demostrarse a sí mismo de qué pasta está hecho y empezar a escribir literatura de verdad, o lo que es lo mismo: saltar al vacío sin paracaídas. Madurar. Descubrir el terrible significado de la frase: «Un valiente que no siente miedo no es un valiente sino un inconsciente». Pero, siempre hay un pero salvador, de vez en cuando –quizás debido a inteligencia, sensibilidad, auténtico talento o a las tres cosas- de entre toda esta turba de jóvenes ‘geniales’ surge alguien que nos sorprende. Este es el caso de Juan Soto Ivars, murciano de 25 años, el cual con su primera novela huye de todos los tópicos temáticos y formales a los que recurren la mayoría de los aspirantes a escritor -metaliteratura, primerísima persona, crudo realismo de rabiosa actualidad, provocación adolescente, ingenio por ingenio, etc para adentrarse en terrenos peligrosísimos- en los que incluso al más curtido explorador le tiembla el pulso. Tierras desconocidas, terrenos en los que la prosa se desliza hacia los pantanos de lo lírico, en los que los personajes sienten y están tan vivos que pueden morder al autor, en los que la trama, grandísima boa constrictor, puede enroscársenos alrededor del cuerpo y rompernos como una nuez a la mínima que nos despistemos, territorios llenos de montañas de sentimientos casi inefables que nos pueden matar de agotamiento en el ascenso, de selvas de empatía en las que perdernos, desiertos helado de auto complacencia y vacío en los que morir de sed o frío si no los evitamos o llevamos algo con lo que prender un buen fuego, y de los que, grandísima sorpresa, vuelve y volvemos agotados pero terriblemente satisfechos por haber vivido algo, no real sino mucho mejor: auténtico. Victorioso. Con la sensación del trabajo bien hecho, de merecernos un buen descanso. Así pues, descansa, Juan, has demostrado más de lo esperado y, lo que es aún más importante, me quedo con la sensación de que lo que ha de venir será todavía mejor: llevas años de ventaja en los caminos del drama. Eso sí, el camino nunca acaba y, como siempre me pasa, no sé si darte el pésame o la enhorabuena. En cualquier caso, gracias.

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