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Historia de un ‘bestseller’ inaudito

Por Alejandro García Ingrisano

Abundan en los medios españoles reseñas elogiosas que realizan críticos a sus amigos. Eso sí, sin mención alguna a la amistad que los une; a veces hasta hablan del autor como de un “descubrimiento”. ¿Para quién? Desde luego, no para el crítico.

Juan Soto Ivars y yo nos conocimos de manera delirante, compartimos piso en Madrid cuando dábamos nuestros primeros pasos en prensa y literatura y aparecemos el uno en la novela del otro: él como prologuista de la mía y yo en los agradecimientos de la suya. No menos disparatada fue una noche de fiesta que pasamos en Barcelona con Ricardo Artola, antiguo editor de Ediciones B, y que terminó con un contrato editorial para él.

La apuesta de Artola fue arriesgada. Sin novela de por medio y sin imponerle directrices, le encargó un texto alejado de lo que se había dedicado a escribir hasta el momento. Pocos lo conocíamos: se trataba de textos complejos, duros y de una gran calidad. Lo que no suelen publicar las grandes editoriales, vamos.

Soto Ivars se encerró en su casa murciana y escribió La Conjetura de Perelmánen absoluto secreto, sin compartir detalles ni dudas. El resultado es insólito, y no sólo frente a su producción anterior. Tratando de derribar las barreras entre literatura seria y popular, escribió este thriller de ritmo vertiginoso, cuyas referencias no se encuentran en la literatura sino en el mundo del cine. Presenta el misterio de una búsqueda, pero partiendo menos de En busca del tiempo perdido que de En busca del arca perdida.

Soto Ivars nos presenta una novela de acción elevada por encima del género gracias a la atención que pone el autor a ciertos detalles, a unos personajes magníficamente dibujados y a una prosa que en su aceleración atrapa momentos e ideas significantes.

“Los coches antiguos son amigos de las carreteras antiguas”.

El matemático Grigori Perelmán empieza a trabajar para una oscura organización, pero varias personas están interesadas en que sus esfuerzos fracasen, incluso aunque le cueste la vida. Obsesionado por su trabajo, Perelmán es incapaz de comprender el peligro al que somete a todos sus allegados. Como dice su madre:

Unos quieren matarlo y otros os haréis ricos a su costa. Todas estas aventuras son una consecuencia de su cerebro. Todos giramos en torno a él, como si fuera una estrella. Supongo que para comprender a mi hijo hay que conocer a los que lo rodean.

Perelmán es, pues, el MacGuffin de la historia, desde el cual se pone en marcha toda la trama. Ésta se desarrolla en la Rusia poscomunista. El presidente del país es un Vladimir Putin satirizado, cuyas apariciones son invariablemente hilarantes:

Cuando el nuevo embajador de Estados Unidos conoció al presidente Golia, el premier había bebido más de la cuenta. Primero, le lanzó un fuerte derechazo a uno de sus subalternos y los demás aplaudieron y corearon su nombre ruidosamente.

Tras decirle al embajador que será el mejor emisario de su país de todos los tiempos, Golia le advierte de que no le moleste jamás. Es el líder de un regimen personalista y corrupto, tan carente de valores que algunos personajes se preguntan qué ha cambiado desde la caída de la URSS. La novela refleja esa ambivalencia de los rusos ante un régimen malo que sustituyó a otro peor. La violencia de la organización que contrata a Perelmán empieza a reflejar la del partido comunista. Prevalece del antiguo sistema un siniestro método:

La mentira no abrasa a la verdad. Debiste ser rápido, Bulgakov, huyendo de aquel país. ¡Si os hubieráis dado prisa, Ajmátova, Zamiatin, Pasternak! (…) la verdad se guarda en lo profundo de la mentira y allí se alimenta de pan negro y agua. ¡Recordad los veinte gramos de queso a la semana! (…) ¿Y de qué sirve una verdad sin oídos? ¿De qué le sirvió a la verdad su increíble resistencia? La mentira no abrasa a la verdad. Abrasa a los que buscaban la verdad.”

La novela está dividida en dos partes. Baja un poco el ritmo al final de la primera parte, dominada por dos exagentes de la CIA que son los personajes menos atractivos del libro, y al principio de la segunda, donde la obligación del autor por recolocar al lector interesará menos a los más impacientes. Pero, levantando el pie del acelerador, Soto Ivars consigue coger fuerzas para un final apoteósico y conmovedor. Por las páginas del libro han pasado adiestradores caninos, expertos en explosivos o viejos matemáticos, “los diplodocus soviéticos perdidos en la oscuridad de su instituto extinto, en su laguna de brea”. Tras todo ese exceso, termina la novela como termina un bombardeo: dejando calma chicha y el lector con la sensación de haber asistido a un espectáculo abrumador, excesivo, que generará odios y amores por las mismas razones.

Decía que el resultado de La conjetura de Perelmán era insólito. Por inesperado, me traicionaré y diré que ha resultado un descubrimiento de la oculta faceta de un escritor al que conozco bien. Confío en que este thriller –con mucho de sátira y de misterio– sorprenda a cualquier lector, tanto al que sea un asiduo de la literatura de superventas como al que se inclina por autores fetén.

JUAN SOTO IVARS: LA CONJETURA DE PERELMÁN. Ediciones B (Barcelona), 2011, 400 páginas.

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