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Publicada originalmente en Culturamas

Origen: Barcelona. Próxima estación: Plutón

Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar. Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 15 €, 184 páginas. 

En tiempos de Homero se hacían las Odiseas viajando por el mar y, al volver, Itaca decepcionaba, como canta Krahe. Ahora basta con ir a la periferia de la ciudad para estar muy lejos de todo. Paseos con mi madre es un libro de viajes que, si los anaqueles fueran un orden justo y razonado de los libros, estaría separado de las guías de viaje para turistas por otras guías escritas por Dante y sus infiernos, por Moro y su país flotante que nunca existirá. Como Dante, Javier Pérez Andújar viaja a pocos kilómetros de Barcelona dando vueltas, a los infiernos concéntricos llamados casi mitológicamente extrarradio en cualquier compendio de urbanismo. Extrarradio por rastrero, por radiactivo, hecho de huesos como las radiografías, extrarradio ultraterreno que representa, en Barcelona y la mayor parte de las ciudades, un universo más alejado del centro de lo que lo está Barcelona de Calcuta.

“Estaba yo más cerca de los pisos dela M30 de Madrid, o de los bloques checoslovacos de Pan Tau, o de las canastas de baloncesto y de las vallas metálicas de Harlem que se veían en el cine, estaba más cerca yo de todo aquel callejeo tan distante que del Paseo de Gràcia o de cualquier otra calle del centro de Barcelona.”

No tenía la menor idea de que Pérez Andújar existía hasta que un día, en la librería Pequod de Gràcia, se acercó a Pere y a mí para preguntar de qué libro estábamos hablando, y como estábamos hablando del mío, lo compró. Cuando se fue, me dijo Pere que este hombre escribía, y así me compré yo Paseos con mi madre. En algunos intercambios salimos ganando, aunque en el libro de Pérez Andújar se hable precisamente de los que siempre pierden y han perdido. Ya que mi forma de conocer a Pérez Andújar fue a la inversa, a la inversa se habla también de Barcelona en su libro: desde el subsuelo que, en lugar de sumergido bajo los pies de la ciudad, se halla desparramado a sus afueras “como si hubiera volcado un cubo de agua.” Porque al contrario que en la Romadel siglo XVIII, en nuestras ciudades encontramos ruinas extendiéndonos y no profundizando.

“Barcelona es una gran pensión donde los dueños no ponen de comer.”

Hablar del estilo de este libro es traicionarlo. Este libro se lee con los ojos, rejuvenece la mirada aunque según su autor leer sea un acto de envejecimiento. Su pluma vuela alto, a la altura justa de sus metáforas que saltan por encima de las de otros libros que uno encuentra. Pero sin esnobismo: el escritor, al contrario que el rockero, traiciona a los pobres, que necesitan pan y no palabras. Merece el perdón Pérez Andújar porque el escritor es, como demuestra este libro, el único puente entre dos universos tan alejados uno de otro como el centro del extrarradio. Este libro es como un largo viaje de autobús cargado de trabajadores que vuelven de la obra a la casa necesitada de obras.

“Y en el asiento de atrás, una chavalilla con trenzas y ropa de colores, que se ha querido vestir como de hippy sin tener todavía la ropa necesaria (todavía es siempre sinónimo de dinero), también leyendo un libro.

Cuando aparece una voz nueva como ésta (nueva para mí, que no he leído todavía sus otros dos libros ni conocía sus crónicas en El País) hay que ser gilipollas para buscar comparaciones y acabar diciendo, como se dice siempre del que escribe bien en español, que recuerda a Umbral. Pero ¿dónde coloco yo ahora este libro en mi modesta estantería? Bueno, Pérez Andújar está muy lejos de la pedantería de Vila Matas y de sus preocupaciones del centro de Barcelona o del Ensanche. Está muy lejos de la abochornante Barcelona de Zafón y sus cafés con leche condensada. Está a kilómetros del bar Manchester y sus posmodernos pobladores enfrascados en la burbuja del gintonic literario: Pérez Andújar se halla varado en la cerveza de los bajos fondos.

“Va a ser leyendo los Escritos corsarios de Pasolini, leyendo Los empleados de Kracauer, la manera en que vaya politizándome. Más que adscrito a una corriente o a una ideología, permaneceré fiel a un sentimiento. Seré antes de un puñado de libros que de un partido.”

Todo lo que dice Pérez Andújar es verdad. Las placas de los nombres de las calles vuelan como octavillas llenas de historia, el cemento se resiente de aluminosis articulando una queja que se entiende, y dando bandazos de un barrio a otro, de un mundo a otro, enhebra en los paseos con su madre o con el pintor Toni Disco el retrato sin voz de extramuros. Y siempre dice cuántas personas viven en según qué barrio, como si quisiera salvarlas del tren que lleva a los pobres al campo de concentración del olvido. Porque los libros de historia son como el centro de las ciudades.

“Se anda como se escribe.”

Por eso más que un libro de viajes tenemos en las manos un libro de paseos. Observador de todo y desafiando al tiempo y al espacio, Pérez Andújar hablará así de las cosas que pasaron como si esas cosas estuvieran a punto de volver a pasar. El uso del tiempo verbal es un hábil giro de la gramática, que recuerda a la catalana “vaig cantar”, que suena a “voy a cantar” y así está escrito en el libro, pero que en catalán habla de pasado y en español de futuro. Eso es, ahora que lo pienso, el significado de paseo si estamos hablando de escritura. Paseo también de voces en la voz narrativa del autor, que deja colarse las voces locales que se nos cuelan cuando leemos en el autobús pero también las de una cultura de filólogo de la lengua viviente. Todas las voces pasan por las páginas como las aguas contaminadas del río Besós en esta torrentera de literatura caudalosa.

“Donde terminan los edificios de Sant Cosme se extiende un descampado como si ya no valiera la pena seguir habitando el mundo.”

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