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Noche de los enamorados. Félix Romeo
Mondadori (Barcelona, 2012)

Bastaba con leer Amarillo para intuir la relación de Félix Romeo con la muerte. No era necesaria una ratificación como la muerte prematura de Romeo. No era necesaria la publicación de una novela póstuma que ahonda más todavía en esta relación tan cercana entre el autor y la muerte, que bailaron pegados mientras Romeo vivía y tienen en Noche de los enamorados la última canción de la noche, antes de que cierre la Discotèque.

“Este libro se acabaría si dejase de hacerme preguntas”.

Félix Romeo usaba la escritura para hacerle preguntas a la muerte. Amarillo era un interrogatorio sobre Chusé Izuel. Noche de los enamorados dirige sus dudas a otros dos muertos: Santiago Dulong y María Isabel Montesinos. Dulong y Montesinos, matrimonio compuesto por dos alcohólicos que abrevaban en Zaragoza y que aparecieron en algunos periódicos locales cuando el marido asesinó a la mujer. Una noche de los enamorados, Félix Romeo estaba en la cárcel por negarse a hacer el servicio militar y compartió celda con Dulong. El hombre tenía más de setenta años y le contó su versión de la historia. Pero para un escritor como Romeo, la misma muerte tiene que hablar para componer la versión de los hechos.

“Éste no es un libro sobre la justicia imposible que se administra sobre los muertos, sino un libro sobre las palabras”.

La novela está atravesada por todas las palabras que Romeo fue capaz de encontrar sobre el caso. Están las del propio Dulong pasadas por el filtro de la memoria; las de los periódicos, que recogen las vaguedades de los vecinos de la pareja y a las que Romeo alude como si fueran mantras capaces de decir más cada vez; las de los escritos judiciales e incluso las del fanzine de la congregación religiosa a la que perteneció Dulong. Todas las palabras que han caído como palas de tierra sobre las tumbas.

“El fuego sin fuego de mis muertos”.

Lo malo de este libro es que se haya publicado de manera póstuma. Que Romeo removiera tanto entre las faldas de la muerte, que su escritura fuera un viaje a las postimetrías de la nada y bajase como Orfeo a rescatar alguna memoria del hogar de Plutón, no era más que una tendencia para un escritor que, en persona, era todo expansión y alegría. Pero ahora ¿cómo puede leerse Noche de los enamorados? Si Romeo viviera, sería un libro sobre dos muertos ajenos y una interesantísima investigación de literatura forense. Romeo usa las palabras para encender otras palabras. Romeo no duda sobre el significado de las palabras: va al diccionario y duda sobre el significado de los errores con que se ha empleado una palabra. Pero después de muerto Romeo, teniendo en las manos una novela póstuma, ¿cómo pasar como si fuera sólo una frase sobre esto que sigue?:

“En 1960, Santiago Dulong tiene treinta y dos años, los mismos cuarenta y dos años que tengo y ahora, cuando escarbo entre gusanos. Me pregunto qué intento encontrar reflejándome en este espejo oscuro”.

Da la sensación de que la próxima novela de Romeo tendrá que escribirla alguien que no sea Romeo.

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