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Por Benito Garrido

P.- ¿Qué te impulsó a escribir este thriller a veces rápido y claro, otras más oscuro y denso? ¿Buscabas transmitir algún mensaje cifrado?

Uno muy elemental: no son ellos el problema en el que piensas continuamente. Ellos simplemente te joderán la vida, pero por sorpresa y por donde no pensabas que iba a venir la navaja.

P.- Novela de silencios que son tan difíciles de romper como una fórmula matemática. ¿Claro ejemplo de esa incomunicación que hoy nos gobierna en muchos ámbitos?

La incomunicación en el mundo del ruido surge cuando intentas hablar en voz baja. En los susurros de la intimidad, acechada por el enemigo más terrible que tengo: la interrupción.

P.- Perelman, personaje peculiar en su mutismo, al que inexplicablemente todos siguen y quieren por diferentes razones.  ¿Están quizás todos también un poco esquizofrénicos?

Cada personaje quiere sacar algo de él. La madre, descolgada de la vida, se ha engañado durante años pensando que la relación con él saldría adelante de alguna forma, porque las madres son fanáticas de sus hijos. Mary, la chica que se enamora de él, está desesperada por encontrar señales de su propia vida, porque las veinteañeras son fanáticas de sí mismas. Pero él calla concienzudamente. Me impresionó mucho el personaje del Doctor Manhattan en Watchmen, su relación fría y desapasionada con las emociones humanas, como de Dios entre los hombres, y con el paso del tiempo me he dado cuenta de que algo de eso hay en Perelman, que dijo en una entrevista ser capaz de hablar con el motor del Universo.

P.- Las matemáticas al servicio de las mafias. ¿Por qué en ese mundo de sabios (matemáticos) tan medido y equilibrado, todo se vuelve atípico y violento?

Las matemáticas son una religión que conduce a tierras prometidas. Desde las latas de conservas hasta la bomba atómica, todo está atado con matemáticas. Pero ahora, con esta crisis económica tan surrealista donde el dinero ha sido destruido por la matemática financiera, hay una raza de matemáticos puestos al servicio de la alquimia que convierte el oro en números. Un cerebro como el de Perelman podría ser utilizado al servicio de esta alquimia.

¿Por qué elegiste Rusia para tu novela y no otro entorno?¿Serían diferentes las historias si así hubiera sido?

Que Perelman sea ruso me vino bastante bien, porque la Rusia de Putin es un país muy interesante para hacer caricaturas. Un país que, sin describir una sola calle, evoca bloques de edificios sombríos, extensiones de tierra plana, ventiscas y otras violencias. Mi Rusia es la de Bulgákov, una parodia. No me veo capaz de escribir, por ejemplo, una novela ambientada en Ecuador, con todo el respeto a los Hijos de esta Magna Nación.

P.- Ludmila, Kurmónov, Mary, Grisha… Me ha costado empatizar con ellos, quizás porque todos tienen caracteres incómodos que les vienen de vivir un poco al límite. ¿Qué buscas al llevar a los personajes a ese extremo? ¿Qué debe tener un personaje para que resulte eficaz?

La única crítica negativa que me ha llegado, y que valoro con muchísimo interés, es que al lector le cuesta llegar a los personajes, que se desenvuelven muy despacio a lo largo de la trama. Esto se debe a que yo no describo física ni psicológicamente a los personajes. Van apareciendo ante el lector como las personas que uno conoce por la vida. Cada día, cada página, nos dan una nueva cara, un elemento nuevo de su personalidad. Es una apuesta para este libro. Quería que fueran completos solamente hacia el final, aún a riesgo de escribir un libro que debe leerse dos veces, o un libro que haga perder la paciencia de alguien.

P.- Tu novela (y así lo dices en una frase de la misma) es como un tetris en el que solo al final terminan de encajar las piezas. Para ser tu primera novela ¿no eres un poco temerario?

No es mi primera novela, es mi primera novela publicada. He escrito cuatro novelas: la primera era una locura de mil páginas sobre Tánger, donde viví mi adolescencia. Me sirvió para aprender, y está naturalmente encerrada en un cajón hermético y acorazado a mil metros de profundidad, protegido por minas flotantes y submarinos nucleares. Algo que hubiera tenido que hacer Bolaño, por cierto, antes de irse confiadamente al otro barrio. La segunda va a salir publicada en abril, se llama Siberia y es mucho más personal que La conjetura. La tercera es un libro llamado Los crímenes del futuro, que voy reescribiendo porque quiero que sea perfecto. Quizás se publique de forma póstuma. La cuarta es La conjetura. Temerario… temerario es salir a tomar copas con Manuel Astur o Camilo de Ory.

P.- Sintagma: esa extraña organización que supongo es ficticia, pero que bien podría ser cualquiera de esos lobbys que (según escuchamos en las noticias) mueven los hilos de las grandes políticas.

Tal y como está la cosa, no es difícil que uno se invente algo y luego resulte que era verdad. Mi inspiración para Sintagma fue una organización ficticia de la que soy miembro, aunque casi me expulsan. Se llama Alianza de Magos y Forajidos y sale en Stone Junction, una novela monumental escrita por Jim Dodge y publicada en Alpha Decay.

P.- Novela inquietante, y para los lectores que ven Rusia por televisión, bastante realista con lo que se vivió en su momento y ahora también.  ¿Buscas quizás realizar crítica social y política de esa situación?

Más que una crítica, buscaba expresar mi fascinación. No me parece de recibo criticar los países de otros, como hacen Francia y Alemania con nosotros. Cada país tiene derecho a hundirse como le dé la gana. Rusia ha hecho tantos esfuerzos por autodestruirse a lo largo la historia que me parece un milagro que siga sobre el nivel del mar. Quizás sea gracias a Putin (Golia en mi novela), que con sus fortísimos brazos la mantiene a flote como un vigilante de la playa eslavo. También me fascina el hijo de Kim Jong il. Bueno, toda la familia.

P.- La tensión argumental va en aumento, los personajes, como decíamos, al límite.  Estamos ante una estructura narrativa realmente muy trabajada y planificada.  ¿Es ese tu método de escritura?

Cada noche, antes de dormir, terminaba de escribir un fragmento, me tomaba un whisky, ponía alguna película de Peckinpah o La Jungla de Cristal y me iba a la cama. Allí, pensaba cómo salir del lío en el que me había metido. Además, sabía cómo acababa el trayecto de cada personaje, qué iba a ser de ellos. Y Perelman daba la pauta de duración. Ése es mi método para darle estructura a la novela.

P.- ¿Qué es lo que te ha resultado más difícil en la escritura de este libro?

Ha sido un placer escribirlo, un placer muy poco habitual. Lo más difícil ha sido no escribir el doble. Corté más o menos 100 páginas antes de entregar.

P.- Cuándo uno llega a una editorial tan importante como Ediciones B, ¿se plantea que ya puede vivir de escribir novelas?

Sí, sin duda. Esa ilusión dura hasta que a uno le dicen cuánto va a cobrar. Ahora me dedico a usar entrevistas como ésta para pedir una limosnita por el amor de Dios.

P.- ¿Qué te resulta más satisfactorio a la hora de escribir, el periodismo cultural o la novela?

¡La novela! Para mí el periodismo cultural tiene tres funciones: conocer escritores a los que admiro haciéndoles entrevistas, manifestar mi alegría histérica ante algunos libros mediante la crítica literaria y vigilar a mis oponentes.

P.-  ¿Tienes nuevos proyectos en los que ya estés trabajando?

Más de uno. Quiero aprovechar los años de lucidez máxima para escribir todo lo que pueda. Tengo pavor a quedarme sin ideas como ocurre a algunos escritores senior.

P.- ¿Crees que la actual situación editorial y cultural de crisis se llegará a solventar en algún momento?

Te voy a citar a Javier Pérez Andújar, que para eso es el mejor escritor español que he descubierto últimamente: “Desde luego no creo que el mundo se vaya a acabar ahora. Vamos, que tenemos que resignarnos a ser lo que somos, espectadores del mogollón. Ni estuvimos en el estreno y desde luego vamos a perdernos la gala de despedida.”

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