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Publicada originalmente en Sigueleyendo

Este artículo está escrito por un autor que cree que el estilo es el 90% del valor del autor y que lo que se cuenta es el 90% del valor del libro. Lo digo para orientar.

Me parece muy difícil que la literatura joven sea buena y jamás me dejo engañar por textos como el que usted está leyendo, o por sesudas reseñas sudadas que tratan de desenmascarar a tal o cual autor joven como un niño prodigio, porque antes sí me fiaba y me comí varias mierdas que para colmo hube de pagar, que entonces no había ningún motivo para que una editorial me enviase un libro a casa, me lo merezco bien pensado, merezco haber perdido tiempo, dinero y sobre todo neuronas, me lo merezco porque antes yo iba para escritor joven y hacía cosas muy raras llenas de experimentos. Un ejemplo: una vez cogí el programa Quarkxpress, que tenía una herramienta para producir texto aleatorio y meterlo en las maquetas para ver cómo quedaba la “mancha de texto” (coño, a ver siCervantes se refería a eso, que el Quijote vivía en un lugar de la mancha de texto, del libro, de los libros, qué interpretación más puta, esto ha sido como decir “a ver si Cervantes era gay” como dijo una catedrática de una universidad española pero sin estudiar), y me dediqué a llenar unas páginas con diálogos hechos a base de esa máquina. Salía algo abominable y sin sentido y por eso me creía un genio. Pensaba que la gente era considerablemente más idiota que yo. Que en eso se basaba la literatura.

Siga usted leyendo, cuento esto para demostrar una teoría:

Un autor joven, independientemente de la edad, es el que escribe sobre la vida de los jóvenes, generalmente desde el yo. Yo no hubiera sido un buen autor joven. Mi experimentalidad era una excusa por no tener nada que contar. Para ser un escritor joven y no cagarla como la mayoría, para escribir sobre las cosas de la joventú con gracia hay que llamarse Julio Fuertes o Alberto Olmos cuando era pequeñito o hay que llamarse Ainhoa Rebolledo.

Ainhoa Rebolledo ha escrito un libro genial donde cuenta muchísimas cosas de ser joven y lo hace con un estilo inconfundiblemente suyo: escribe sobre su relación con las bicicletas, pone las comas, los puntos y las mayúsculas donde le sale de las narices y no pierde el ritmo y el sentido de la armonía lectora en ningún momento pese a que es una metralleta. Y sé que el libro es muy cortito pero pruebe usted mismo, si todavía sigue leyendo, a imitar ese estilo. Pruebe a contar todas las cosas que Ainhoa Rebolledo comprime en esas pocas páginas, a estilizar en el texto algo tan difícil como la prisa del pedaleo y, para colmo, sin solemnidad ninguna. Sin darse aires. Sin recurrir al manido reírse de sí misma, porque no lo necesita.

Como me pasó con Julio Fuertes y su La legendaria rebelión de los fumadores y no me pasa con casi nadie más, me entusiasmo con Mari Klinski, el primer libro de Ainhoa Rebolledo, una mujer que escribe como se habla y cuya literatura tiene la misma velocidad que las palabras. Me quito el cráneo.

Entrevista a la autora, aquí.

Para leer un adelanto de su libro, prueba con esto.

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