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VI Premios Tormenta. Premio al Mejor Autor Revelación: Juan Soto Ivars por Siberia

El Olivo Azul, Córdoba, 2012. 125 páginas. 16 €

Daniel Sánchez Pardos *
firma invitada 

La primera cuestión que se plantea al iniciar la lectura de Siberia tiene que ver, inevitablemente, con la ubicación de este libro dentro del conjunto de la obra de su autor. Aunque Juan Soto Ivars hizo su debut como novelista en 2011 con La conjetura de Perelmán, un denso thriller de asunto matemático publicado por Ediciones B, en el prólogo que firmaAlejandro García Ingrisano se nos dice que la escritura de esta Siberia es en realidad anterior a la de aquel libro, y sólo el azar editorial ha impedido que la breve e intensa novela que ahora publica El Olivo Azul sea nuestra puerta de acceso a la literatura de este joven escritor. Nada hay de infrecuente en tal desorden de títulos impuesto por factores externos, y menos aún cuando hablamos de un autor que comienza a ver su obra publicada; pero en este caso el hecho parece tener una cierta importancia. La conjetura de Perelmán y Siberia son a primera vista dos libros tan distintos el uno del otro, ejemplifican dos propuestas narrativas tan aparentemente encontradas, que su lectura consecutiva, ya sea en el orden de la escritura o en el de la edición, despierta a la vez toda una serie de interrogantes y una inmediata curiosidad por saber qué camino seguirá a continuación su autor; vale decir: cuál de estos dos modos que hasta el momento le hemos conocido es el que se impondrá en el futuro, si es que alguno de ellos debe imponerse, o con qué nuevo cambio de registro nos sorprenderá en futuras entregas.
Jonás, el protagonista de Siberia, es un escritor sin éxito que ronda los treinta años. Un tumor cerebral lo enfrentó hace algunos meses a la novedosa perspectiva de su propia mortalidad, y ahora, ya recuperado, lucha con la escritura de su segunda novela al tiempo que intenta habituarse de nuevo a la vida. Sus días transcurren en una rutina de bares, de soledad y de largas sesiones infructuosas frente a la pantalla del ordenador, que apenas le dejan otra cosa que una serie de párrafos inútiles y un miedo creciente a haber perdido para siempre la capacidad de escribir. En su vida, más allá de esa novela esquiva, hay una novia fantasmal que cada día que pasa se aleja un poco más de su lado, un editor insatisfecho con las ventas de su libro anterior, un par de amistades episódicas fomentadas por el alcohol y la cocaína y un buen amigo, acaso el único, que vive fascinado por las explosiones nucleares que le ofrecen los archivos de Youtube. Una agenda con los nombres de las mujeres que alguna vez pasaron por su vida le sirve por un tiempo de enlace con el mundo exterior, pero esos intentos de comunicación con el otro sexo, que lo son a la vez con su propio pasado, acabarán derivando en una sucesión de decepciones, de fracasos y aun de desprecios que conducirán finalmente a la terrible escena central del libro. Así, la Siberia que da título a la novela que Jonás intenta sin éxito escribir es la imagen perfecta de la situación en la que él mismo se encuentra cuando lo conocemos. Un gélido exilio mental, emocional y afectivo, sin más horizonte a la vista que la pantalla en blanco de su ordenador ni otras voces que las que su propia imaginación le ofrece en forma de sueños, de alucinaciones y de inútiles líneas de diálogo. Un páramo desolado donde el bloqueo creativo que padece no es, ni con mucho, el más grave de los problemas que le acechan.
Dividida en tres partes claramente diferenciadas tanto por su estilo como por su carga simbólica y referencial, pero atravesadas todas ellas por una serie de recurrencias muy bien sostenidas, la estructura de Siberia nos propone un viaje de la tercera a la primera persona que es también, paradójicamente, un viaje del interior al exterior –de Madrid a Yecla; del centro a la periferia; de la literatura a la vida– que el personaje principal de la novela se ve forzado a realizar como consecuencia de ese citado acto imprevisto y terrible que nos aguarda en el corazón de la novela: la violación de una mujer borracha al cabo de una noche de fiesta. Este hecho, que sucede casi por sorpresa al inicio de la segunda parte del libro y que se despacha en unos pocos párrafos, arroja sin embargo su luz oscura sobre todo el conjunto de la obra, desde su mismo inicio hasta el breve epílogo que la cierra, y ordena en torno a su pura incongruencia —la violación es producto menos del instinto o del deseo que de una especie de desconexión mental, y resulta en cierto modo inconsciente e involuntaria; como dice el narrador, «se dio cuenta de que estaba violando a Sofía unos instantes después que ella»— la deriva vital de Jonás, ese escritor que ya no escribe y que ahora deberá purgar también el pecado que no sabe cómo ni por qué ha cometido. El crimen, la culpa, el remordimiento, el horror ante el propio delito: Siberia se convierte así en algo más que un símbolo del aislamiento emocional al que nuestro personaje se ha visto reducido tras su vuelta a la vida después del tumor, y que le ha llevado, en última instancia, a cometer ese acto inexplicable. Siberia, ahora, es también el lugar del exilio multiforme al que tal acto necesariamente habrá de conducirle.
Volviendo a la llamativa distancia que separa los dos libros publicados hasta el momento por Juan Soto Ivars, podemos decir que allí donde La conjetura de Perelmán apostaba por la narración pura, por el ritmo trepidante, por la primacía del argumento sobre los personajes y del compulsivo pasar páginas en busca de la sorpresa final sobre la lectura pausada y reflexiva, Siberia nos propone un texto que se complace en la digresión, en la exploración atenta de la subjetividad, en la meditación sobre las complejas relaciones entre vida y escritura y, por encima de todo, en la lenta construcción de un personaje al que apenas le sucede nada narrable, nada al menos que no suceda dentro de los límites de su propia intimidad dañada, pero al que la prosa deSoto Ivars —tensa, arriesgada, pródiga en sorpresas y en hallazgos verbales— nos obliga a acompañar con la respiración sostenida hasta el final de su viaje. Dos modelos —a primera vista— diferentes de literatura que acaso no tienen por qué serlo, y que conviven con igual eficacia en manos de un escritor que, a pesar de su juventud, exhibe ya la mezcla exacta de oficio, de talento y de visión personal que define a esa clase de novelistas a los que realmente vale la pena atender.


Daniel Sánchez Pardos (Barcelona, 1979) es autor de las novelas El jardín de los curiosos (Bohodón, 2010) y El cuarteto de WhitechapelCon esta segunda obtuvo el V Premio Tormenta al mejor Autor Revelación.
ENTREVISTA DE MARÍA DOLORES GARCÍA PASTOR
Juan Soto Ivars
 (Águilas, 1985) forma parte de una generación de jóvenes escritores que están dando mucho que hablar. A finales de 2011 su nombre empezó a hacerse muy popular en los círculos literarios por dos motivos: el polémico prólogo de la antología de relatos Mi madre es un pez, manifiesto del movimiento literario Nuevo Drama, y la publicación de su novela La conjetura Perelmán. En abril de este año vio la luz su opera prima, Siberia, un libro extraño que atrapa al lector y que esá escrito con tanta madurez que cuesta creer que sea obra de un escritor tan joven. Soto dice que el Nuevo Drama defiende la emoción y la vivencia y eso queda plasmado, sobre todo, en su primera novela. Y en cuanto a etiquetarlo como escritor o como alguien que escribe, hay pocas dudas, Siberia responde a esa pregunta y a muchas más.
Hace unos meses decía que no pretendía conseguir notoriedad con este libro ni tampoco ganar dinero, que se iba a dar el gusto de regalarlo a sus amigos. Para él era suficiente verlo editado, aunque hubiera sido un poco por el efecto dominó de la publicación de La conjetura Perelmán. Pero por esas cosas de la vida y del mundillo editorial, Siberia le está dando muchas alegrías, entre ellas la de hacerle merecedor del VI Premio Tormenta al Mejor Autor Revelación. Esperamos que sólo sea el principio.

–Estoy convencida de que, a partir de ahora, para sus lectores Siberiadejará de ser un lugar para convertirse en algo más pero, ¿qué es exactamente? ¿Un estado de ánimo? ¿La historia de un exilio autoimpuesto? ¿La crónica de una depresión?

Siberia era sinónimo de destierro en la Unión Soviética. Resulta que la cárcel puede ser un lugar sin muros, una extensión demasiado amplia como para pensar en escapar, una anulación del deseo de huida. Las encerronas en la vida son así, desde una depresión misteriosa al sentimiento de culpa más concreto y justificado significan un encierro en el todo, una reclusión en el espacio infinito que es la capacidad de elegir cuando la iniciativa y el empuje faltan. Quien se siente encerrado en Madrid con toda la vida por delante y en pleno siglo XXI está en una Siberia invisible. Puede echar a caminar hacia la salvación pero algo se lo impide. Esta es la Siberia que quise cristalizar.

–En el prólogo, Alejandro García Ingrisano nos dice que se trata de una novela autobiográfica. Conociendo este dato se diría que Siberiasurgió en un momento complicado de su vida.

Y tanto. En un momento en que nadie me había dicho que lo que escribía estaba bien. Mira, ahora me dicen que la novela ha recibido un premio y apenas me lo puedo creer. Hace unos meses tampoco podía creerme que la novela saliera publicada. La vida del inédito es muy difícil: todos necesitamos algo de reconocimiento. Siberia tiene una parte de esto, el personaje protagonista no sabe si lo que escribe es bueno y ahí arranca una de las frustraciones del libro. La otra es el amor. Cuando escribí Siberia yo era un inédito y me iba francamente mal en el amor. Ahora veo que mi ambición fue convertir todo aquel dolor en belleza, ahora puedo decir: esto es lo que hay.

–Su Siberia la conforman la historia de Jonás, ese otro libro dentro del libro llamado “Frío siberiano” y esa especie de manual sobre la escritura. En cuanto a las ocho diferencias entre el escritor y el que escribe que se enuncian a lo largo del libro ¿son tantas y tan profundas?

En Siberia hay tres narradores. El primer narrador mira a Jonás desde la tercera persona, habla de él desde fuera. Ese narrador, que al final de la novela recibe su identidad al resolverse el misterio del punto de vista, traza las ocho diferencias. Son ocho diferencias que pesan sobre Jonás y que pesaban sobre mí cuando escribí el libro. Supongo que un lector que se encuentre en esa fase de inedición y de duda, de falta total de reconocimiento, podría entender que las ocho diferencias entre el escritor y el fracasado son reales.

–¿Dentro de qué grupo estaría Juan Soto Ivars, entre los escritores o entre los que escriben?

Cuando me das un premio soy el escritor, pero cuando me pongo con la novela siguiente vuelvo a ser el que escribe. Todo depende de cómo salga cada libro. Uno no está a salvo sólo por haber salvado las naves una y otra vez. Hay que volver a salvarlas siempre o dejarlo a tiempo.

–En cuanto a ese juego con la voz narrativa, ¿obedece a una manera del personaje o del propio autor de alejarse y reencontrarse consigo mismo? ¿Cuál es su objetivo?

Los narradores en Siberia son el principal misterio, la adivinanza que dejo al lector. Como herramienta, ese acercamiento de tercera persona, segunda y primera sirve para crear un efecto de zoom, para empezar viendo a Jonás desde el aire y acabar inyectado en su cabeza. Pero averiguar quién es ese narrador en cada parte es el juego, la gracia del chiste. Mejor dejar la incógnita por si alguien quiere hacer el crucigrama entero.

–¿Qué ocurrió entre la génesis de Siberia y la de La conjetura de Perelmán que los hace ser libros tan diferentes?

Mi amiga Desirée me dijo que había algo en común entre las dos novelas. Yo no me había dado cuenta, pero tiene toda la razón. En ambos libros el personaje central se enfrenta a un silencio abisal de otro personaje y trata de llevar adelante su vida con esa falta de respuesta. Ambos protagonistas conviven con el silencio y tratan de reaccionar. Pero la parafernalia de Perelmán con su violencia y su trama pulp es contradictoria a la intimidad dolorida de Siberia. La explicación es que escribiendo Perelmán disfruté y con Siberia sufrí como un cerdo.

–Siberia, Perelmán, ¿a qué se debe su predilección por Rusia? ¿Tiene que ver con su experiencia personal, sus lecturas?

Con Rusia tengo algo casi espiritual. Mis lecturas rusas son bastante exigentes y copiosas, supongo que es, después de España, el país del que he bebido más literatura y de forma más continuada. El experimento soviético me fascina, y también las extensiones de terreno yermas, las llanuras. Me pasa con Rusia lo que le pasaba a Washington Irving con Granada. Hay extrañas afinidades espirituales con geografías que no tienen nada que ver con la patria de uno. Hay patrias totalmente caprichosas. Uno ama fácilmente lo que han sufrido otros.

–En La conjetura de Perelmán se advierte una forma de contar y un ritmo muy cinematográficos. ¿Qué importancia tiene el cine en su escritura?

Para La conjetura de Perelmán, una importancia capital. Escribí esa novela después de Siberia, que está hecha de lecturas. La escribí viendo cine de Peckinpah, tragándome películas de acción una detrás de otra. Pensé en la estructura del libro como si fuera una película y traté de rodearme sólo de libros cinematográficos. Leí obras de teatro y guiones. Si hubiera podido elegir, La conjetura… hubiera sido una película. Y no una de las que se disfrutan espiritualmente, sino un producto de entretenimiento con pirotecnia y Bruce Willis.

–¿Dónde encajan cada una de sus novelas dentro del Nuevo Drama?

El Nuevo Drama tiene una premisa clara: para escribir hay que vivir sucio, hay que vivir fuerte. A la literatura que me interesa no le sirve que el escritor sea muy culto y tenga agilidad para experimentar con las formas. El Nuevo Drama defiende la historia, la emoción, el estilo y la vivencia. No pierde de vista al lector. Perelman tiene en cuenta al lector y Siberia tiene en cuenta la vivencia. Pero lo mejor del Nuevo Drama es su falta de estructura normativa. Manuel Astur va a publicar un poemario y será el siguiente en decir lo que le parece el Nuevo Drama. Hasta qué punto estaremos de acuerdo es algo que respecta solamente a la forma de vivir de cada uno.

–¿Qué será lo próximo con lo que nos sorprenderá?

Ahora mismo estoy con tres proyectos. Una novela sobre los crímenes del futuro que tengo en fase de corrección y que no sé si tiene que ver con las anteriores; un libro de crowfounding con el que quiero experimentar las posibilidades de Internet y de los cauces de creación colectiva; por último, una novela infantil, un libro divertido para niños con el que amortizar un poco el grave síndrome de Peter Pan que tenemos los oriundos de los años 80. Dios dirá, compañera. Ya te digo que vuelvo a ser el que escribe. Pienso que cada palabra impresa podría ser la última y no tengo ni idea de lo que será de mí. Pero agradezco en el alma que hayáis leído Siberia y le deis este reconocimiento. Ayuda a pisar el suelo, que es la verdadera forma de alzar el vuelo.
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