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Antología de cuento español: Juan Soto Ivars

Escrito por:  | 30 de August del 2012 | Categoría: PortadaPortada 1Portal de Soares | Sin comentarios »

Presentamos, en el marco de la Antología de cuento español, preparada por Juan Gómez Bárcena, un cuento de Juan Soto Ivars. Es autor de las novelas “Siberia” (El Olivo Azul, 2012) y “La conjetura de Perelman” (Ediciones B, 2011). Dirigió durante dos años El Crítico, boletín de ensayo literario creado por Juan Carlos Suñén.

Los caprichos

Lo primero que debes tener en cuenta es que yo vivo en una gran ciudad, en el último edificio ante la maraña de autopistas que separa la ciudad de la nada. Una torre muy alta a la que ella y yo llamábamos el faro porque nos sentíamos al borde de un precipicio, las ventanas de nuestro lado daban al exterior y por la noche sólo se veía negrura y al fondo unas pocas luces apiñadas de algún pueblecillo o de una fábrica, luces perdidas como de un barco que pasa lejos. Bien, pues el día que ella se fue y yo había visto su nota y tuve que tomar todas esas pastillas tranquilizantes, me desperté de madrugada muy agitado porque en sueños creí escuchar la puerta abriéndose. En la casa las luces seguían encendidas y los cristales rotos de la copa que me había cargado brillaban esparcidos en el suelo, como si hubiera desperdigado el botín de diamantes después de atracar una joyería. Todo estaba como lo había dejado, la puerta se había abierto en mi sueño pero en casa todo seguía quieto y cerrado, como ella lo dejó al marcharse. Imagino todavía su mano empujando sigilosamente la puerta… pero no quiero distraerme.

Las habitaciones tan inmóviles y silenciosas me provocaron miedo. Miedo a lo que había quedado, a los días exactamente igual de silenciosos que yo tendría que sobrellevar en adelante. Era como el pensamiento de una herida futura. Porque sabemos que vamos a sufrir heridas dolorosas, no sé, cortes en el dedo con un folio, pinchazos que no han llegado aún pero que llegarán más adelante, así que pensar en ellas convierte ese más adelante en una espera dura y la vida da miedo y sobre todo da mucha pereza. No sé si te pasa.

Lo que yo necesitaba, y me conozco lo suficiente, era dar una vuelta. Me abrigué… Pero piensa en lo que tardo en abrigarme, en ponerme las botas y atar bien los cordones, en buscar la bufanda y encontrar las llaves, que son la parte fundamental del abrigo porque si te las dejas, y más alguien que no tiene a nadie en casa para abrirle la puerta, por mucha chaqueta que te pongas encima la calle te acabará helando. Ríete pero es así.

El caso es que ese tiempo que tardaba yo en abrigarme preparaba un encuentro. Al poco de salir del edificio y sentir una bofetada de hielo en la cara, al poco de recorrer el borde de la autopista, de la frontera de 8 carriles que separa la ciudad de la oscuridad, me topo con esa gente.

De la última calle urbanizada vi salir a la desolación a una vieja de pelo blanco que llevaba de la mano a un niño muy pequeño, de tres o cuatro años, con un gorro de Papá Noel en la cabeza, muy bien abrigado, no sé, hinchado de lana pero con la cara roja y helada como una mandarina.

La mujer se me acercó. Me llegaría al pecho, el niño no levantaba 3 palmos del suelo. Me dijo:

-Disculpa. ¿Sabes si hay por aquí un McDonalds?

Miré a mi alrededor: ventanas apagadas y el virulento tráfico nocturno de luces en la autopista, la ciudad cicatrizándose en el borde, como una colosal llaga que necesita toda esa violencia para cerrarse y sanar.

-No… -Murmuré. Pero inmediatamente siento su desamparo cuando la señora mira la cabeza del niño, la borla blanca al final del gorro de Papá Noel en miniatura.

-¿Y algún otro sitio donde pueda darle una hamburguesa?

Yo no sabía qué responder. El ruido de los coches a mi espalda sonaba a batalla fronteriza, a guerra de las galaxias o a rompeolas.

En mi silencio ella se excusó contándome que alguien le dijo que encontraría un McDonalds por esa zona.

-¿Por aquí? –murmuré, tratando de iluminar en mi mente un mapa razonable de la noche. –Creo que no. –Eran más de las tres de la madrugada, ¿te lo había dicho?

Y no sé por qué sentí que tenía que echarles una mano. Le pedí que me siguiera y avancé hacia las calles intentando pensar qué bares quedaban abiertos en esa periferia, tratando de montar un plan, un itinerario que nos salvase rápidamente de una amenaza invisible. Sin embargo la cara del niño y la cara de la vieja no se me iban de la cabeza. Pasamos junto al Ratón, pero eso es una casa de putas. ¿Dónde podía llevarles? Por hacer tiempo, toqué la borla del gorro de Papá Noel. La mujer volvió a excusarse:

-Ya sé que la navidad pasó hace dos semanas, pero le gusta mucho el gorro y me lo pide todo el tiempo.

-Es muy bonito, -dije yo procurando concentrarme para llevarles a algún sitio.

Imaginé el remoto centro de la ciudad, donde a aquellas horas todavía quedaría gente terminando la cena y abarrotando los restaurantes, grupos de amigos algo velados por el alcohol pagando la cuenta, iluminados por lámparas y velas. Entonces me pregunté si ella estaría allí, en el centro, buscando consuelo. Y me pregunto también si estará bien, si habrá llorado o si en ese mismo momento me echa de menos y pega la cara a la almohada queriendo parar un llanto que no cesa.

La anciana y el niño me seguían sin decir una palabra, sin quejarse. El niño se portaba muy bien, caminaba con sus piernas enanas sin lloriquear ni preguntar cuánto falta para llegar. ¿Llegar adónde?

Me asomé a dos o tres bares en los que, con extrañamiento, me dijeron las camareras que la plancha estaba apagada. Ellos esperaban en la puerta, sin atreverse a mirar donde estaba yo para no presionarme. Deambulamos. Algún borracho nos echó un vistazo perdiendo las ganas de bromear, como si una epidemia de callada melancolía se expandiera a nuestro alrededor. Yo quería hablar para decir algo a la mujer pero la abnegación con que me seguían me colocaba en una difícil posición de capitán de barco que debe mantenerse erguido en la tormenta.

Por fin encontramos un bar en que algunos camioneros comían antes de lanzarse a la inmensidad de los trayectos. La señora y el niño se acomodaron en una mesa y yo pedí una hamburguesa. Ella quería un café caliente. Me senté con ellos a esperar, sin decir una palabra nos mantuvimos sentados, y ella miraba al niño con ternura y a mí con agradecimiento. ¿Cómo explicarte? Me sentía muy incómodo pero al mismo tiempo no quería estar en otro sitio. Como si éste fuera el único sitio abierto para mí.

Cuando la camarera vino con el humeante tesoro, el niño empezó a comer sosteniendo con sus manos el bocadillo jugoso, hundiendo blandamente los minúsculos dedos en el pan. Chorros de cebolla y salsa de tomate caían al plato, y la mujer se afanaba en limpiar la cara del niño sin tocar su café.

Me despedí de ellos y me dispuse a dejarlos, con un nudo en el estómago por pensar que quedaban a su suerte. Pero ya no podía soportarlo más.

Entonces ella me acompaña a la puerta, y después de darme las gracias los ojos se le llenan de lágrimas.

-Su padre se ha muerto hoy –me dice. –Yo no sé cómo explicárselo.

Creo que me temblaban los labios.

-Se ha despertado, yo estaba llorando por mi hijo. Su madre se había acostado ya, no podía más. Me ha mirado y ha dicho que quería una hamburguesa. Y ¿sabes? ¿Qué otra cosa podía hacer yo?

Y cuando salí del bar después de que la mujer se secase las lágrimas, después de mirar por última vez al niño que no dejaba de comer y embadurnarse, decidí que es la oscuridad exterior la que se defiende de la ciudad y no al contrario. De todo el dolor que cabe en esta jaula de luces.

Y quería llamarte para contártelo.

 

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