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La familia Golovliov, Nevsky Prospekts, septiembre 2012. 

Traducción de María García Barris.

Schedrin

Un sátiro en tiempo de los zares

El único inconveniente de los clásicos es la sombra que proyectan sobre otros escritores, oscuridad que eclipsa a grandes autores a los que sólo el paso de los años da una nueva oportunidad de sorprendernos con su voz original. Es el caso de Mijaíl SaltykovSchedrín, que vivió y escribió para cosechar éxitos tan indiscutibles como la celebridad y el destierro en el Régimen Zarista, pero a quien la perspectiva de la historia de la literatura y especialmente el catálogo de traducciones en España ocultaban hasta este feliz momento detrás Lev Tolstói, coetáneo suyo, o de su estrella gemela Fiódor Dostoievski, por poner un par de ejemplos.

Ahora que tenemos la oportunidad de apartar el busto del genio Tolstói para rescatar a este escritor, empleemos una cita de Anna Karénina que nos conducirá a las puertas de La familia Golovliov: «todas las familias felices se parecen entre sí, mientras que las infelices lo son cada una a su manera.» La manera de los Golovliov es la misma que arrastraría al colapso a la sociedad agraria del Régimen Zarista, y la postura de su autor es la sátira.

Pero hay mucho polvo, demasiado polvo en los anaqueles, y una masa espesa de silencio impide conocer a Schedrín. Los resultados de una búsqueda por internet en español dan idea aproximada de las toneladas de olvido que pesan sobre él en el ámbito hispano. En el momento en que escribo este prólogo apenas aparece información y la que hay es poco fiable. Una entrada mediocre y mal traducida en Wikipedia y algunas menciones en blogs dispersos donde generalmente se habla de otra cosa.

Vayamos a fuentes más copiosas para apartar el polvo que cubre este retrato. Schedrín fue un noble que transitó el siglo xix por los ministerios cada vez más lúgubres del Imperio Ruso, de los que obtuvo el combustible para quemar en su literatura. Hijo de una familia de ocho hermanos, pasó sus años de formación observando la decadencia moral en su propia casa: su madre, Olga Mijaílovna, era una tirana a la que su marido respondía con cajas destempladas. La relación virulenta de los padres pesó sobre los hermanos y, aunque Mijaíl era el favorito de Olga, nada pudo evitar que el hijo se formarse una imagen tenebrosa de la familia y la nobleza.

A ojos de Schedrín, sus padres eran un hombre y una mujer que se odiaban y proyectaban su odio sobre la servidumbre que tenían a su cargo, desatendiendo a la prole. De esta distancia psicológica surge el libro que usted tiene en las manos, la obra maestra de Schedrín, donde según sus propias palabras se ahonda en «las devastadoras consecuencias de la esclavitud legal en la psicología humana.»

La inteligencia natural de Schedrín le ayudó a solventar los defectos de calidad de su educación, que se desarrollaría en los institutos nobiliarios de Moscú y Petersburgo, decadentes y anticuados. Niño prodigio, Schedrín hablaba alemán y francés a los seis años y durante su escolarización adelantó cursos. En 1844 se licenció y fue promovido directamente al Ministerio de Defensa, pero su camino paralelo a la burocracia fue muy pronto la literatura, en la que rápidamente destacaría como un satírico con olor a Gógol gracias a su relato Un asunto complicado (1848), donde su visión de la Revolución Francesa fue causa de destierro a la región campesina de Viatka. Firmó la orden el mismísimo Zar Nikolái I.

El inquieto Schedrín aprovechó su exilio para leer y copiar multitud de documentos oficiales y para conocer a su futura esposa. En principio, quiso convertir aquel estudio en un manual que mejorase el nivel mediocre de los textos para estudiantes, pero el hígado de Schedrín volvió a hacer de las suyas.

Breve historia de Rusia fue, finalmente, su segunda obra social y satírica y, al mismo tiempo, una partida ganada a la censura. Consiguió burlarla saturando de símbolos y analogías el libro, de forma que los censores no pudieran atacarle y al mismo tiempo todo hijo de vecino pudiera comprender su contenido como una alegoría crítica al régimen de servidumbre.

Tras la muerte de Nikolái I en 1855, el clima político del Imperio se transformó y Schedrín pudo regresar a Petersburgo. Nuestro autor envió a Iván Turguénev sus Relatos de Provincias, su nueva obra, y éste quedó impresionado. En estos cuentos aparecen ya de manera clara reminiscencias de los Golovliov, aunque Schedrín tendría mucho más tiempo para seguir fertilizando y enriqueciendo este fruto amargo de la literatura. La nobleza, más jorobada año tras año bajo el peso de su propia corrupción, era un abono nutritivo y abundante.

Hasta la década de los sesenta trabajó, con pequeñas pausas, en puestos oficiales. Un noble como él no lo tenía nada difícil para desempeñar labores de organización agraria incluso en el tiempo del destierro. Su mirada atenta sobre los usos corrompidos entre las clases altas y su posición de altura respecto a la ralea campesina fueron generando durante este tiempo un sentimiento de compromiso con la balhurria y cierta vergüenza de su propio
origen, de manera que en 1862 aparcó sus labores ministeriales y planeó dedicarse íntegramente a la literatura satírica y a crear su 10 propia revista en Moscú. Comenzaría así la parte más intensa de su labor como periodista, recogida en Nuestra vida social (1864).

Pero su hígado seguía generando demasiada bilis para tiempos pacatos, siempre el hígado iba a modificarle los senderos debajo de los pies. Sus opiniones sobre la sociedad despótica provocaron una de las peleas literarias memorables de la época, nada menos que contra el peso pesado Dostoievski, a quien Schedrín tachó de reaccionario. Las consecuencias fueron terribles para él: tuvo que abandonar la prensa escrita por el revuelo y fue denostado por muchos críticos literarios. Empezaba una época oscura de su vida en la que tendría que volver a los trabajos ministeriales. Prometió
dejar para siempre la escritura, pero cuántos otros hicieron esta misma promesa para no cumplirla…

En la oscuridad de su ánimo brillarían finalmente sus dos mejores libros: Historia de una ciudad (1870) y La familia Golovliov (1880). Con estas obras se acabaron definitivamente los paños calientes y relampaguearon los colmillos de Schedrín.

En el final de su historia, la estela de la vida y el prestigio se confunden entre homenajes y palos como ocurre con todos los sátiros. Pero fue con la Revolución Soviética posterior al hundimiento de todas las familias Golovliov que sería celebrado de manera oficial, ya de manera póstuma. Puesto que era uno de los escritores favoritos de la juventud de Lenin por su crítica a la
esclavitud campesina, se le nombró revolucionario y se erigieron monumentos en su honor. Su efigie barbuda contemplaría desde los sellos de correos la desolación posterior a los excesos de Stalin, y yo no dejo de preguntarme de qué manera hubiera escrito las jornadas bolcheviques este escritor a quien, por cierto, señaló el malogrado Bulgákov como uno de sus maestros.

Les presento a los Golovliov
La historia que tiene ante sí el lector es la de aquellos terratenientes ricos que vivieron, por mezquinos, de manera miserable. Historias y personajes que aparecen ya en Discursos inteligentes (1876), pero que Schedrín decidió que bien podían sostener una novela. Usted está a un par de páginas de valorar hasta qué punto fue aquello una redistribución fructífera.

El reinado de la nobleza agraria rusa abarcó el siglo xix y, tan rápido como corren los años, crecía la mancha de la decadencia sumiendo a los terratenientes en la confusión y la apatía. Sangre noble, sangre cansada. Sangre vieja que tropezaba consigo misma en los cauces vertiginosos del tiempo. Veintisiete años antes de que la estrella roja pulverizase aquella abulia y alumbrase la revolución agraria más salvaje y duradera de la historia, el ensimismamiento de los hijos de los nobles que controlaron por completo el destino de los campesinos durante generaciones marcaba ya el compás de su destrucción.

Usted verá que los Golovliov representan eso mismo: una familia de amos finiseculares en estado de descomposición. Schedrín los animaliza continuamente, de modo que puede recordarnos al esperpento de Valle-Inclán: la madre, Arina Petrovna, aparecerá ante usted como una arpía capaz de «devorar» a sus hijos lanzándose sobre ellos como un ave rapaz, aunque más adelante cobrará una dimensión más humana. Su marido, el padre, que aspiraba a ser un poeta lascivo y al comenzar esta historia vegeta ajeno al devenir de la familia, se mostrará cubierto de polvo y demente, rumiando maldiciones como un buey viejo. En cuanto a los hijos, cuidado, pues reptarán entre las páginas como alimañas que babean, se
emborrachan, trasiegan con glotonería y a veces «parece que vayan a morder.»

No pierda de vista el lector que estos monstruos, estos Golovliov retratan una época, especialmente cuando Schedrín refiere, aquí de manera más sutil, la relación de los amos con sus vasallos. Por ejemplo cuando la madre narra a sus hijos, henchida de orgullo, el modo en que decuplicó sus posesiones especulando con ellas, y contabiliza su riqueza total en el número de almas que posee. Pero esto de contar las posesiones en almas (tengo tal aldea de 30 almas, tal otra de 50, así que poseo un patrimonio de 80 almas) no es ninguna hipérbole de Schedrín. Si en las ciudades grandes del Imperio Ruso la burguesía vivía su gloria hablando en francés para ser chic, paseando en calesa y emitiendo frufrús desde sus faldas de seda; si, como relata Iván Bunin en sus diarios, el Petersburgo de su niñez fue el mejor lugar del mundo para hacer negocios y ser feliz de aquella manera despreocupada; si, tal y como leemos en el Iván Ílych de Tolstói, morir con las piernas sobre un sirviente podía ser mejor que morir aguantando mentiras, no es menos cierto que la vida en el campo era otro cantar.

El campo, retratado en La familia Golovliov tan descarnadamente que provoca incluso la risa, era este otro cantar de voz ronca. Fijémonos un poco en la ondulación de la melodía: doy por hecho que el estilo de Schedrín debe de ser un quebradero de cabeza para cualquier traductor. Se divide entre la ironía teatral de los diálogos, directos y exclamativos, y el barroco propio del decadentismo ruso para relatar los procesos mentales que suceden en el interior de los personajes. Posiblemente Schedrín iba en calesa entre el irónico Gógol y el abigarrado Andréiev, con lo que la risa en estas páginas
surge de una calavera macabra.

Bien, pues dicho todo esto, yo me quedo aquí. Llame usted a la puerta de la página siguiente, le dejo con ellos. Pero, ¡le advierto! Aunque los Golovliov sean una familia adinerada, no espere ninguna hospitalidad. Todo lo más, salir sin que alguno de los hijos le haya sisado unos cuantos rublos de la cartera.

Águilas, agosto de 2012

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