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La helada

Sin lugar a dudas Juan Soto Ivars es un escritor con vocación de permanencia. Basta leer unas pocas páginas de esta novela para apreciar su instinto incuestionable. La contención, el pulso medido, el tono equilibrado, la búsqueda de sentido en cada frase, la falta de ornamento hueco. En definitiva, Siberia es una novela con la brújula bien calibrada.

Si la frialdad, ya desde su título, tiene que ser el hilo con el que se trence toda la trama, su autor la hilvana a la perfección, y lo hace, por añadidura, entreverando argumento y reflexiones aledañas en dosis proporcionadas. El frío, además, debe ser incómodo, y en esta novela no hay lugar a la complacencia, al refugio cálido, a las posibilidades quiméricas, a la primavera del deshielo.

A buen seguro, Soto Ivars, que escribió esta novela muy joven, huyó deliberadamente de trasfondos manidos y se arriesgó por las aguas pantanosas de la enfermedad, la soledad, la violación y la falsa esperanza a través de una inalcanzable redención -por el amor o la literatura, tanto da-. Por tanto, Siberia, tratándose de la primera novela escrita por un veinteañero -aunque no sea la primera que publica- puede ser entendida como una declaración de intenciones. Una de esas intenciones es la de la literatura.

Jonás, el protagonista de esta novela, aspirante a escritor, se encuentra atrapado en un remolino vital del que solo puede escapar de una manera: dejándose succionar hasta al fondo para así poderse echar a un lado. Si podemos explicar la depresión como la ausencia de deseo, de aquello que nos conecta con lo que nos rodea, Jonás, en efecto, no logra ver más allá de sí mismo. Las herramientas con las que intenta esa conexión con el exterior, por otro lado, y como no podría ser de otro modo al tratarse de alguien en los albores de la juventud, resultan elementales y rudimentarias, apenas válidas para horadar un mísero hueco por el que entre la luz: la droga, la autocompasión, el sexo, la idealización del amor, la literatura autorreferencial, etc.

El deshielo

Tocar fondo, y hacerlo con el estrépito suficiente como para resquebrajar las paredes de ese mundo autorreferencial y abrir el hueco con el que, por fin, atisbar el afuera, sucede a partir de la segunda parte de la novela. Esa caída, fría y en el fondo silenciosa como la nieve de Siberia, ha de tener por tanto una resolución que, forzosamente, pase por ese afuera, por ese mundo que precisa, para ser descubierto, del deshielo. Dicho de otro modo, Jonás, atrapado en el vientre de la bestia, debe crear una línea de fuga de sí mismo. Esa es la tercera parte de la novela, la más arriesgada.

Permitir la entrada del sol a un paisaje gélido como el de este texto supone asumir los riesgos de una floración, tal vez en exceso edulcorada, tal vez en exceso ajena a la vida, tal vez germinada con una exuberancia impropia de esa Siberia metafórica. Por momentos llegamos a creer que Soto Ivars va a caer en esa tentación. No lo hace, finalmente, no traiciona su propio relato. Demuestra, una vez más, su vocación literaria, sin concesiones.

Es Siberia una novela que cumple con eso que su autor y otros han llamado Nuevo Drama, queriendo así revalorizar aspectos que, a su juicio, la literatura, digamos que “posmoderna”, ha soslayado a un precio muy alto.Siberia, coherente con esa intención, adolece sin embargo de algunos defectos típicamente juveniles. La fascinación que desprende toda la obra por la figura del escritor atormentado, por el mundo de la noche, por la frase sentenciosa, por la metáfora deslumbrante, la oración concebida como una cita, por lo esnob, el repudio diletante al entorno social, el desprecio al dinero, etc., hacen rechinar a veces los engranajes de esta máquina laboriosa.

Como quiera que sea, y volviendo a la idea de que Soto Ivars ha llegado para quedarse, cabe imaginar que esos estereotipos serán sustituidos por un contexto más original. Su autor se erigirá, ya lo hace, como un nombre destacado de su generación, esa que también, siguiendo un impulso fácilmente refrenable, intenta definir en los siempre estrechísimos márgenes de una identidad colectiva. Más allá, Siberia es el lugar de un personalísimo escritor.

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