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LA ENERGÍA REVOLUCIONARIA QUE NOS PROVOCAN LOS POLÍTICOS SE NOS ESCAPA POR LA BOCA. POR JUAN SOTO IVARS

Y si Internet es una válvula por la que se escapa un vapor muy valioso, el que hace estallar de presión la vasija acorazada de un sistema político, la que hizo saltar por los aires el zarismo o el cadáver de la restauración. ¿Eh? Es una idea que me ronda todo el tiempo ahora que meterse en la página de inicio de Facebook o en la parrilla de Twitter es como ir de paseo entre las pancartas de una manifestación. La idea me ronda pero hasta el momento sólo la había colado a retazos en una novela que estoy escribiendo, no me había atrevido a escribir una especie de artículo o lo que sea esto.

Pero mientras proso estas líneas termina el día en el que El País publicaba documentos que relacionan con la corrupción a todo bicho con dos patas en el gobierno. Y claro, uno se pone a merced de las redes sociales y dice durante la tarde cosas como estas:

  • Lo llaman democracia y nolotil
  • Vosotros que estáis en Madrid y tenéis Génova más a mano, ¿me podéis traer cuarto y mitad de chorizo para que me haga un bocata?
  • Poner bombas debajo del Congreso (A Juan Soto Ivars le gusta esta actividad)
  • Después de conocer la contabilidad secreta del PP este país sólo podrá llamarse civilizado si sus dirigentes acaban fuera del gobierno y en chirona. Yo digo que somos africanos. Apuestas.

En fin, lo clásico. Después de escribir cada soflama llegan las reacciones. Muchos gusteos en Facebook, mucha gente riéndome la gracia, mucha compartiendo en mi humilde saloncito virtual su indignación. Paseo por los perfiles de los otros, reviso los hastags del día. No haría falta, lo dice la televisión: las redes sociales han montado en cólera. Un apéndice de este sentimiento llega a la calle Génova en forma de manifestación.

Vamos a hacer un ejercicio de historia ficción y a pensar que no hubiera Internet. Podríamos dar pábulo a nuestra ira en comentarios de bar, con la familia y los amigos, incluso escribiendo un artículo o enviando una carta al director de nuestro diario de cabecera. Pero ahora vamos más allá y hacemos otro ejercicio: imagina que es imposible reunirse porque el derecho a ello se ha suprimido y que ningún medio tiene la libertad de expresión para publicar una nota con cierto tono crítico al gobierno del momento.

En ningún momento de la historia hemos tenido más libertad de expresión, digan lo que digan los cabestros de la cultura libre que todo lo confunden. ¿Qué ocurría en épocas en que esto era así? Silencio en la calle, silencio en las casas hasta que un día… paf. Todo saltaba por los aires. Se encargaba de ello un pequeño grupo generatriz que aglutinaba algunas de las exigencias populares y arengaba a las masas de ira incontenible contra los muros de Palacio. Después, ya sabemos que los gobiernos revolucionarios hacían casi peor el remedio que la enfermedad.

Pero volvamos a lo esencial:

¿Qué arma empleaba ese núcleo revolucionario? El hambre (también es un problema que las salchichas del Día cuesten 30 céntimos, que los pobres estén gordos en la actualidad) y sobre todo la sensación general de falta de dignidad. Pero ¡coño! La dignidad nos la restituimos haciéndonos eco de nuestra situación indigna. No creo que haya habido un sentimiento de indignidad duradero desde que se inventó Messenger.

Es un poco ramplón, quizás, trazar una relación de causa y efecto entre la obligación estatal de tragarnos nuestras expresiones de ira y el desenlace revolucionario de esta presión, pero llevo un tiempo pensándolo, estudiando detenidamente las cosas que se dicen en las redes, las que se aplauden por verdaderas multitudes hoscas que llevan en la mano el holograma de hoces, martillos y antorchas para incendiar el Reichstag.

Casos prácticos de nuestro tiempo. Se iban conociendo los recortes del gobierno: miles de hastags llenos de ingenio indignado. Se indultaba a policías mientras un pobre yonki seguía en la cárcel: miles de hastags y una huelga de hambre del escritor Willy Uribe, que no dejaba de ser algo simbólico, una forma (más dolorosa que la nuestra) de usar la libertad de expresión. Y su huelga, ese símbolo, volvía a llenarlo todo de hastags. Miles de hastags para la gente se suicida al ser desahuciada, pero sólo un grupo de valientes comprometidos que, con una postura estéticamente horrible (perdona) rodean la casa y consiguen no sólo bloquear desahucios, sino suavizar ligeramente la ley que los hace habituales.

¿Cuál es el clima general? Hace unos días se hablaba de que la prima de riesgo puede subir porque se prevén estallidos sociales en España. Pero ¿de qué tipo serán? Si uno pregunta en su Twitter o en su muro qué les parece a sus amigos la muerte de un político el día en que se conoce su implicación con tramas corruptas, mucha gente dice que estaría muy bien, que sería justo. Muertes simbólicas, asaltos al Congreso simbólicos, la simbología de las manifestaciones e incluso las huelgas que como hemos podido comprobar una vez y otra y otra no mueven ni los pelos del flequillo de los que nos están tocando los cojones desde el gobierno (y desde la bufa oposición).

Temen por sus votos pero saben que esta creciente masa desencantada y furiosa no vota o diluye su voto en partidos minoritarios. Esta es exactamente la minoría revolucionaria que expresa su odio contra el sistema día sí y día también. El antiguo núcleo revolucionario. El mismo que olvida un caso para cabrearse por el siguiente porque, amigos, la oportunidad de asistir a nuevos escándalos está empezando a ser la seña de identidad de nuestra época.

Pero creo que cada uno de nuestros mensajes de ofensa, cada una de nuestras charlas digitales de bar, es un método demasiado efectivo para el desahogo. Desahogo que nos libera de nuestro pesar público en lugar de convertirlo en un mazo político de acción directa, de implicación a largo plazo con el que subvertir la decadencia política.

Sabemos qué cosas serían efectivas: una huelga indefinida, permanente. Pero el trabajador que conserva su puesto, por mucho que empatice con los que no tienen trabajo, con los desahuciados de la sociedad, simplemente se expresa y acalla así sus justos demonios interiores. Un cerco al Congreso real, con las medidas legales que haya al alcance del ciudadano y otras nuevas, totalmente despolitizado para no alejar a nadie, para suprimir los privilegios de la clase política. Pero aquí cada cual tiene una opinión propia que debe respetarse y que tiene derecho a expresar, y por lo tanto diluimos en barrocas asambleas y brillantes retruécanos dialécticos cualquier posibilidad de construir una punta afilada de lanza social.

Desconfiamos en los políticos de todo el espectro político y queremos cambiar las cosas. Lo sé, porque lo leo cada día en internet. Todo el mundo lo está diciendo. Bien, te voy a decir yo cuál es mi consecuencia anímica por decir algo en las redes y que una multitud me ría la gracia o me discuta: se me va la fuerza por la boca. Y a ti también. Admítelo.Se nos va la fuerza por la boca porque hace falta mucha perseverancia y mucha rabia contenida para soportar los rigores de una verdadera revolución social.

Quería compartir esta idea. Tengo que aclararte esto: yo no tengo demasiado claro que sea un tipo revolucionario. Demasiado cínico, me implico en una medida muy escasa y muy variable y tan pronto tengo conciencia de algo como la pierdo. Además, como escritor vivo básicamente de la libertad de expresión.

Pero me ha parecido que esta era una idea que merece la pena ser compartida, mal que me pese. Adónde va toda esa energía que canalizamos en la entropía habitual en las redes. Adónde va el sentido de todos esos mensajes que exigen un cambio mientras lo más que hacemos es sacrificar una tarde de fútbol y gintonics para irnos a gritar a las puertas de la sede del PP.

Adónde. A la nada. Aquí, a este artículo. Un hongo más en la putrefacción generalizada.

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