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Texto publicado originalmente en la Revista Tiempo (mayo)

La historia reciente de España no puede comprenderse sin la crisis, puesto que el crecimiento siempre estuvo apoyado en la especulación urbanística y por tanto la caída, el fin de la solidez, es una parte fundamental del proceso. Muñoz Molina hace una crónica de esa ilusión de solidez en su último libro, descarnado  y desprovisto de toda retórica, buscando el origen profundo de la crisis, y no sólo la económica.

El problema de la fragilidad de lo que parece sólido viene de lejos y es escurridizo. En 1981 la democracia demostró su fortaleza, el pueblo español demostró su madurez. El golpe de estado fracasó y el viejo ruido de sables se extinguió repentinamente. Empezó la época de los progresos pero también, de manera rapaz, la etapa de las corrupciones. Los ayuntamientos evolucionaron del polvoriento despacho franquista a una efervescencia incontrolada de sueldos y camarillas. Desde esta base, en lugar de construirse un sistema político democrático se abrieron las puertas a una libertad especulativa y se levantaron múltiples bambalinas a la corrupción. Si la patria era el centro generador de riqueza en el discurso franquista, el suelo se convirtió en la prosaica moneda de cambio de la España de las Autonomías. La costa despuntó como tierra prometida del progreso. Se marcó esta línea de crecimiento y pasaron los años y se sucedieron los gobiernos.

El enriquecimiento era innegable. Dice Muñoz Molina que “el dinero tiene la cualidad de borrar cualquier duda sobre su procedencia. Había mucho dinero y no había control; o los controles eran tan débiles que sin dificultad los rompía la fuerza del dinero.”

De alguna manera, habíamos llegado a la prosperidad soñada. En 2007 había superávit y todo era sólido. En 2008 empezó oficialmente la crisis, pero aquí no era una crisis, era una recesión. Variable. Ligera. Un simple problemilla temporal por una coyuntura internacional adversa. Las murallas, dijo Zapatero con sus ojos verdosos serenos, quedarían apenas heridas tras la tormenta. Seguiríamos creciendo, las previsiones internacionales daban muy buenas perspectivas a este país que hoy día se aplasta bajo sus deudas.

Más adelante Zapatero empezó a emplear tímidamente la palabra crisis. Aunque las murallas se derrumbaran por algunos sectores debido al ímpetu del temporal, los cimientos aguantarían. Los cimientos de España eran muy sólidos pero en 2010 habíamos empezado a ahogarnos y en 2011 hubo un cambio de gobierno, llegó para salvarnos un Partido Popular de sólidas convicciones y sólidos planes para potenciar el empleo. Tranquilos, decían, pues los derechos fundamentales como la sanidad y las pensiones, todo eso es sólido y no se moverá. Y pasaron los meses. Y lo que era sólido estaba prácticamente desmantelado antes de llegar este año de 2013 donde muchas otras cosas van a caer.

En julio de 2012, con el país ardiendo en incendios forestales a los que a duras penas podía hacerse frente por falta de fondos, Antonio Muñoz Molina regresó de Nueva York y se encerró en la hemeroteca del diario El País. El escritor había decidido volver atrás en el tiempo. Para este viaje no usaría una máquina fantástica sino la memoria impresa de los periódicos. Con el resultado de sus investigaciones y con una profunda reflexión sobre los problemas de fondo de la personalidad española ha armado Todo lo que era sólido.

La enumeración de los titulares que en 2007 eran habituales se convierte en la parte más delirante del libro: Ribatejada quiere multiplicar su población por 11 y construir 2.200 chalets sobre 1.290.000 metros cuadrados de suelo rústico. Las perspectivas económicas para 2007 son aún mejores que las de 2006. El Fondo Monetario Internacional pronostica un crecimiento de la economía mundial del 4,9%. Almuñécar (Granada) prevé construir 34.933 viviendas y cuatro campos de golf, pasando de 26.000 a 90.000 vecinos. El bautizado como el Manhattan de Cullera, en la desembocadura del Turia, se levantarán 35 rascacielos. El beneficio del grupo Prisa creció el 50% y su facturación publicitaria el 45,8%. La Caja de Ahorros del Mediterráneo publica una extensa campaña de anuncios a toda página de elevado tono poético: 10 años creciendo contigo, por ti, y para ti. Por ti seguimos.

Reflexiona Muñoz Molina que “hay que tener cuidado con aceptar distraídamente la normalidad porque puede que se descubra retrospectivamente que era una normalidad monstruosa. Cómo es que ese ruido no nos atronaba. Qué veíamos, en qué estábamos pensando. Si mi oficio es mirar el mundo para poder contarlo cómo es que no me fijé en lo que sucedía, en lo que tenía delante de los ojos.”

Pero nadie se deba cuenta y, a quienes sí lo hacían, se les silenciaba. Muñoz Molina recuerda que una de las pocas personas que en aquellos tiempos de bonanza advertía del reverso tenebroso de la prosperidad era El Roto, quien “cada pocos días, en enero y febrero de 2007, publicaba viñetas alusivas a la escalada inmensa de la corrupción que se alimentaba con la burbuja inmobiliaria y exageraba sus efectos.”

El lenguaje pervertido

Los economistas que auguraban crecimiento se comportaban como nigromantes, y la ciudadanía tendía a creer sus vaticinios. Los políticos empleaban fórmulas cada vez más estandarizadas, metáforas como vainas vacías sin sentido. Durante los años de la burbuja, explica Muñoz Molina, se hizo patente una perversión del lenguaje y de los fines de las acciones emprendidas por la política.

Se ensalzaba la fiesta en sí misma. La inauguración era más importante que la finalidad de una obra. Los altos cargos de las comunidades autónomas viajaban de la Zeca a la Meca inaugurando exposiciones, buscando tráfico de influencias, poniendo primeras piedras para auditorios faraónicos, para inútiles ciudades de la justicia en mitad del yermo madrileño. Muñoz Molina, como perrito de testigo mudo de estas migraciones corruptas en su Instituto Cervantes de Nueva York, cuenta en su libro algunos de los casos de flagrante despilfarro de dinero público a los que asistió. “Querían salir en el periódico y escenificar inauguraciones fastuosas en vísperas de alguna campaña electoral. Lo importante era comunicar bien. Que un verbo hasta entonces transitivo se convierta en intransitivo es un indicio gramatical de la trapacería que ocultaba.”

Articula a lo largo del libro una monumental denuncia no sólo contra el poder corrupto, sino contra grandes lacras de la personalidad española, desapasionadamente pero desde el dolor intelectual. La historia del libro no es ajena a su contenido. Poco antes de la publicación estallaba la polémica al concederse a Muñoz Molina el Premio Jerusalén, que una serie de intelectuales de izquierda como Luis García Montero le exigieron rechazar so pena de convertirse en una especie de vendido al oro sangriento sionista. Resultan reveladoras las palabras del autor, escritas unos meses antes:

“En España quedarse solo o sentirse solo pede ser terrorífico; quedarse solo por haber llevado la contraria a algún mandamiento en la ortodoxia del propio bando sin la menor intención de pasarse al bando contrario. El resultado es que muchas personas que habrían debido hablar han callado y siguen callando, y que en España sea tan común decir una cosa en público y la contraria en privado.” Para el autor ocurre con los credos ideológicos lo mismo que en tiempos de Cervantes con la limpieza de sangre: hay que asegurar que se está viendo el Retablo de las Maravillas, pues es la única manera de demostrar que la sangre está limpia.

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