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Del plagio de Pérez-Reverte sólo se pueden sacar conclusiones aterradoras. Leído todo, valorado todo, la conclusión que saco yo es que cualquier mediocre hijo de puta con un texto registrado puede denunciarte por plagio. Alguien que lea con una mínima retentiva se dará cuenta inmediatamente que las ideas, motivos, personajes e historias conviven en muchos libros sin que eso quiera decir nada. Más de una vez he visto cómo Camilo de Ory o Ajo escribían cosas muy parecidas a las que he escrito yo en Facebook, y estoy seguro de que a ellos les pasará lo mismo conmigo. Con las novelas y guiones pasa igual. Un plagio es una copia, no un parecido. El tipo que ha perseguido diez años a Pérez-Reverte sólo tiene una obra conocida: la sentencia de plagio contra Pérez-Reverte. La enseñanza que extraigo de este asunto es que nadie visible está a salvo de que un anónimo haya escrito y registrado cualquier cosa que se parezca a su obra. Creo que en la figura de la protección al derecho intelectual debería haber una protección al consagrado ante la maledicencia de quien lo está denunciando. En un país tan envidioso como España, en un país que odia tanto el éxito, hay que andarse con pies de plomo antes de creerse cualquier acusación contra un escritor consagrado.

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