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Reportaje publicado originalmente en la Revista Tiempo

Grandes intelectuales reflexionan sobre la situación del texto crítico en España

El martes 9 de julio murió Manuel Fernández-Cuesta, que fue el editor de Península hasta que Planeta los absorbió. En los últimos años han sido legión las editoriales que han ido a parar a la panza de los grandes grupos mediáticos. Editoriales modestas económicamente pero muy ambiciosas en sus proyectos, que lo tenían mucho más difícil para afrontar la crisis económica. Beatriz de Moura, de Tusquets, declaraba hace un mes que la venta del 51% de su editorial a Planeta era la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.

En este ambiente crítico hay numerosas víctimas colaterales y, en el caso de Península, la venta tuvo como consecuencia el despido de Fernández-Cuesta, que estuvo al frente durante seis años. Diez días después, el editor moría de un infarto en su domicilio.

La editorial Península apostó por títulos de análisis social profundo y cercano a la actualidad como Kate Moss Machine y Storytelling de Christian Salmon o Belén Esteban y la fábrica de porcelana de Miguel Roig, y también rescató textos históricos de muy diverso pelaje ideológico: desde la benevolente biografía de Trotsky de Joshua Rubienstein a los diarios y artículos de Dionisio Ridruejo recogidos en Casi unas memorias.

El novelista Montero Glez explicaba a Tiempo que “es difícil encontrar un disidente con tanta valentía como Manuel a la hora de contratar obras de combate.” Imprevisible, el editor alternó en su catálogo textos de izquierdas con cierto elitismo intelectual, pero siempre lejos de las corrientes comerciales. Según decía él mismo y recoge Peio H. Riaño, su catálogo representaba un género “incompatible en nuestra sociedad, porque el conocimiento de la realidad no encaja en el consumo”.

La noticia de su muerte ha tenido anonado al sector durante la última semana. Mario Muchnik, fundador de Aleph y colaborador de Fernández-Cuesta en numerosas ocasiones, confesó a Tiempo que era incapaz de hablar por el gran dolor que sentía. Por su parte, Desirée Rubio de Marzo, jefa de prensa y brazo derecho del editor, explicó que el empeño de Fernández-Cuesta fue “arengar a través de libros combativos al lector, con honestidad, a veces con erudita sutileza y otras abriendo debate con libros que vienen con un cuchillo entre los dientes.”

España: pensamiento en crisis

Si obviamos libros de autoayuda, panfletos del estilo ¡Indignaos! y biografías como las de Aznar, la Reina Sofía o Mario Conde, el ensayo es un género marginal en el mercado editorial español. Rubio de Marzo reflexiona que “editar ensayo es una tarea compleja, sobre todo porque no hay editores como Manuel, que apuestan, más allá de la lectura de entretenimiento, por libros para mirar aquello que no está en el foco.”

Algunos expertos han limitado el esplendor del ensayo crítico en los años posteriores a la Transición. Miguel Roig opina que “España está por debajo de cualquier intento serio de pensar el mundo. Hasta el pensamiento débil es un opción estimulante. En este escenario, Península, bajo el criterio de Manuel Fernández-Cuesta, era, junto a Debate, Paidós, Trotta o la colección de ensayo de Tusquets, una zona franca en tierra baldía.”

Pero Jorge Herralde, editor de Anagrama, también lucha a brazo partido por la pervivencia de los ensayos de calidad. Declara a Tiempo que “los textos críticos están especialmente penalizados en este época ramplona que degusta glotonamente ensayos ramplones. Es decir, lo que está culturalmente en declive, como demasiado bien sabemos es la época presente. Contra la que tienen que luchar, como samuráis, los editores responsables como Fernández-Cuesta.”

Sobre el oficio del ensayo hay un decano en Occidente, a quien Fernández Cuesta publicó varios libros en Península. El editor André Schiffrin, afincado en París, que estuvo al frente de la mítica Pantheon Books y creó The New Press, editorial pensada para funcionar al margen de las corrientes del mercado. Schiffrin se mostró muy consternado al recibir la noticia del fallecimiento y declaró a esta revista que había estado “encantado de trabajar con Fernández-Cuesta.” El gurú de la edición independiente explicó que “en estos días de grandes conglomerados, el papel del editor se ha vuelto aún más importante. Como escribí en La edición sin editores, el papel de la edición es esencial en un momento en que los conglomerados están tan cerca de poder. Manuel entendió la importancia de esta lucha.”

Pero en un mundo vertiginoso y sobreinformado, donde la realidad cambia tan de prisa sin tiempo para asentar la reflexión, ¿cuál es la pertinencia del ensayo, que requiere tiempos más lentos y lectores más pacientes? ¿Hay lugar en esta tesitura para el editor que dice al lector lo que debería leer? Pascual Serrano, otro autor de Península, se muestra tajante: “hace falta recuperar el libro como elemento de información. El periodismo se está twitterizando, los medios se están volviendo pequeños y jibarizados y el único modo de comprender la actualidad son los libros porque la imagen está dopada de espectacularidad y frivolidad, y el lenguaje está herido de muerte por su brevedad e inmediatez.”

Miguel Roig delimita este mundo del ensayo en el equilibro precario entre lo sesudo, lo incisivo y lo banal. Explica que “la línea que separa el ensayo que interroga al mundo y las obras de divulgación que reparten respuestas a diestra y siniestra es cada vez más débil. Tanto que incluso conviven en un mismo sello editorial con una clara ventaja de las segundas.”

Un poco de tiempo

Desirée Rubio de Marzo dice que Fenández-Cuesta ya pensaba en nuevos proyectos en el momento en que aceptó su despido de Península. Christian Salmon, autor destacado de la casa y finalmente un amigo del editor, aclara que Fernández Cuesta “quería escribir una novela con su historia familiar, historia de la España dividida, con el lado paterno con Franco y el materno comunista. Una familia francomunista.” Salmon dice que había presionado a su editor para que la escribiera esa historia en los últimos tiempos, y él rechazaba la idea con un gesto de cansancio. Entonces añade: “Me llamó el día antes de su muerte para decirme la aventura con Península había terminado. No se quejó. Me dijo que por fin tenía un poco de tiempo para pensar en lo siguiente”.

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