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Mi viejo Mac blanco y lleno de mierda observa a su sucesor desde el Photo Booth. Es 16 de septiembre de 2013, parece el futuro y es presente, casi pasado, hemos pasado el momento en que el nuevo, un MacBook Air metalizado, potente y flamante, le hace la última foto. Noto cierto orgullo en el sucesor y cierta vergüenza en el viejo, que ya no puede más.

Me da mucha pena desprenderme de mi ordenador. Lo compré en 2006 y con él he escrito todas mis novelas. “Siberia”, “La conjetura de Perelman” y “Ajedrez para un detective novato” han salido de aquí después de mucho esfuerzo. Con él escribí emails a un montón de ligues y recibí muchos mails donde los ligues me mandaban al carajo uno detrás de otro.

Ha viajado a Marruecos, Bélgica, Alemania, Francia, Estados Unidos, Islandia, Italia, Portugal… Con ese ordenador me apunté a Facebook cuando éramos cuatro gatos, trabajé en una empresa de publicidad, empecé mi andadura en la revista Tiempo, que fue el primer sitio donde me publicaron reportajes, y con él fui ganando y perdiendo trabajos. Con ese trasto que ahora necesita cables para vivir y tiene el ratón estropeado he escrito más de 300 artículos, he grabado entrevistas a Vicente del Bosque, el Gran Wyoming, Nacho Vigalondo, Julieta Venegas, Jordi Hurtado, Juan Carlos Ortega, Christina Rosenvinge, Antonio Muñoz Molina, Vila-Matas… Le he presentado a un montón de gente. También ha grabado en vídeo sesiones guarras sin que nadie se enterase, ha tragado con las fotos más locas de fiestas en las que no recuerdo haber estado, y tecleando con él me he convertido en escritor y antes de eso he tecleado soñando que algún día sería un escritor.

Ha sido una parte de mi memoria y una parte de mi creatividad.

Mi viejo ordenador blanco pasa hoy oficialmente a mejor vida. La transferencia de archivos al ordenador donde escribo estas líneas ha terminado. He pasado todos los archivos de artículos, relatos, novelas y proyectos inconclusos, las fotos de una época divertidísima, la música que he escuchado y la que me pasaron y nunca escuché.

Pasa el tiempo y un ordenador marca el final de una época de la vida y el inicio de otra: basta con echar un vistazo a sus archivos para ver tu propia evolución. Cuando empecé a teclear en este ordenador era un inconsciente, era todo proyectos, y ahora que lo cierro por última vez sigo teniendo proyectos pero muchas más responsabilidades.

Amigos: cuando os deshagáis de un ordenador pensad en todo lo que habéis hecho con él. No os ceguéis por la novedad y lo flamante. El sucesor es un aparato frío y despersonalizado que no ha dado nada todavía. Es sólo potencial, es pura juventud, como yo cuando empecé a teclear en el blanco.

Alarguemos la vida de nuestros ordenadores y hagámonos dignos de ellos cuando tengamos que jubilarlos. Vivimos en una época en que no eres nada sin un ordenador cerca. En este sentido no son aparatos, sino seres, robots de compañía.

Me siento como John Connor cuando Terminator baja al plomo fundido agarrado a su cadena. Bueno, tampoco es para tanto. Me pongo sentimental porque ha sido una época cojonuda. Así que ¡adiós, robot!

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