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El nombre propio hace a la persona. Eso pensaba Lawrence Sterne y así lo escribía en Tristram Shandy, probablemente la mejor obra satírica de toda la literatura inglesa. Pensando en el poder que ejerce el nombre sobre la persona llego yo a Paco Gómez. Me dirá usted:

-¡Pues vaya nombre!

Eso mismo dije yo. Me recuerda a una actuación de Faemino y Cansado:

-Vamos a ver, tú inventas un aparato cojonudo capaz de atravesar la carne y hacer una fotografía del esqueleto… ¿y le llamas X? ¡Haberle puesto tu nombre!

-Es que yo me llamo Gómez.

-Pues Rayos Gómez, con dos cojones. Mira si no a los alemanes. El mejor coche y el más caro y cómo se llama… ¡Mercedes!

Así, con estas tonterías, es como empiezo a acercarme a nuestro protagonista. Estoy hablando con unos amigos libreros y me recomiendan un libro. El autor se llama Paco Gómez y lo que se cuenta en el libro es una historia real. Llamarse Gómez en España es un mal punto de partida pero los libreros me convencen de que me lo lleve. Si el teorema de Sterne fuera infalible, de Paco no estaríamos hablando aquí. Pero ocurre al contrario porque Paco Gómez se convirtió en el protagonista de una aventura tan alucinante que hará que los siguientes Gómez de la historia de la humanidad lo miren como referente. Y los McDouglas dirán:

-¡Qué envidia llamarse Gómez!

Durante una época de su vida, Paco Gómez fue basurero. Iba cada noche agarrado a la trasera del camión liberándonos a todos de los despojos del día. En su oficio se hizo experto en calibrar bolsas de basura. Con sopesarlas y verles la forma ya podía determinar si esa bolsa escondía un tesoro, porque en la basura no hay sólo desperdicios: en la basura está una parte de nuestra memoria.

Tiempo después, cuando Paco se soltó del camión de basura y se dedicó a la profesión de la fotografía, encontró junto a unos contenedores unas fotos que le iban a cambiar la vida.

Las fotos halladas en la basura representaban a una familia que llevó en Madrid una vida extraña. Eran americanos, eran elegantes e indudablemente excéntricos. En una foto vemos al padre, desnudo, mostrando a cámara sus calzoncillos agujereados; en otra ese hombre está crucificado; en otra vemos al hijo, un Adonis, posando con actitud aristocrática; en otra está la madre, altiva, pintando un retrato de Franco.

Paco veía las fotos, su botín, y se preguntaba lo mismo que nosotros: ¿quiénes habían sido esos? Y lo más importante: ¿cómo es que todo aquello estaba en un contenedor de la calle Pez? Y es que no había encontrado un tesoro: había encontrado una obsesión.

Aquel día, Paco Gómez se convirtió en detective. Le esperaban diez años de pesquisas para averiguar toda la historia escondida en pistas variadas e inverosímiles. Los Modlin aparecían como figurantes en películas del destape, habían tenido tratos con Henry Miller, habían perseguido a Franco, viajaron a la Alcarria, a pueblos de Extremadura y dejaron su impronta magnética en los lugares más disparatados y las personas más diversas. Javier Marías mencionaba a un Modlin en un artículo y un sordomudo les rendía admiración. Agustín Fernández Mallo fantaseaba con los Modlin en Nocilla Dream y la camarera de un bar castizo les recordaba con cariño. Muchos habían sido rozados por su poderoso influjo y nadie parecía saber con precisión quiénes habían sido.

Paco Gómez emprendería un viaje hasta el fondo del asunto a costa de su propia estabilidad mental. Sus personajes, los Modlin, le convertirían a él en algo cercano a la ficción: un detective sensible, tozudo, legendario: el instrumento de unos fantasmas empecinados con darse a conocer.

El resultado es Los Modlin, un libro que viene autoeditado, sin apoyo de ninguna editorial.

Existen obras de arte y existen obras de amor. Los Modlin vivieron convencidos de que Margaret, la madre, la esposa, creaba con su pintura una obra de arte. Tras innumerables fracasos, la madre, la artista, la diosa, moría sin haberse dado a conocer. No sabía que Elmer Modlin, el padre, el esposo, el fanático, había creado con la adoración a su mujer una bellísima obra de amor. Una obra de amor que esperaba a Paco Gómez emboscada en forma de fotografías.

Murieron los tres Modlin sin saber que un ser concienzudo y bondadoso dedicaría todo su talento y su energía para contarnos su historia. Para convertir la obra de amor de Elmer en una obra de arte para los tres. Les recomiendo que sean ustedes curiosos como lo fue Paco, para que no les pase inadvertida, entre la montaña de basura de las librerías, esta historia genial.

 

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